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Puede que te abra alguno de los artistas

Quien sabe qué piensan los transeúntes cuando caminan por una acera y en una vitrina como de almacén ven unas laminas de papel adornadas con una historieta a blanco y negro que muestra a un fulano en una aventura medio espacial, medio sombría y medio real. Yo no me lo esperaba pero como mi plan era visitar Flora [arteflora.org], pronto comprendí que allí comenzaba mi experiencia artística y no había entrado todavía. El vecino del barrio San Felipe acostumbrado a lo que pasa en esta casa quizá espera el cambio de vitrina cada mes, el desprevenido quizá ni la ve o la ojea de rapidez y pone un chulo mental para fijarse con detenimiento la próxima vez que pase por este lugar. La experiencia artística puede ser inexistente para algunos, profunda para otros, ¿cómo será para ti cuando visites este lugar que me gustó?

Tan solo llegar a Flora implica algo adicional: apoyar el dedo en el timbre y esperar a que alguien venga a abrirte. Puede ser Estela, Juan Miguel o el propio José si todavía no ha subido la escalera antigua de caracol. Puede que te abra alguno de los artistas residentes o uno de los pasantes. Quien llega por primera vez, no intuye que timbrar es su segunda interacción con las obras de arte. Yo tuve la suerte de que 30 segundos después de mi ingreso, otro visitante accionó el timbre: escuchas a dos pájaros carpinteros intercambiando trinos; es un paisaje sonoro realizado por la artista bogotana Beatriz Eugenia Díaz.

La Fundación Flora ocupa una casa de tres pisos en el barrio San Felipe, cerca de la estación de Transmilenio de la 76. Fue creada a mediados del 2013 por José Roca, y a pesar de su corta existencia hoy es un lugar reconocido en el ámbito artístico: no sólo funge de galería, biblioteca y centro artístico, también ofrece varias residencias a artistas nacionales y extranjeros.

Cuando voy a los museos muchas veces lo hago solo porque me gusta que sea un experiencia sin prisa. Por eso puedo pasar minutos largos observando la forma en que 22 acantilados a blanco y negro dejan acariciar sus faldas por las olas marinas con todo y su agua y su espuma. Por eso es que decido observar desde lejos las tres filas de fotografías de tamaño tabloide: 7, 7 y 8. La roca aparentemente desnuda de cada imagen contiene una frase. Doy un paso al frente sin perder de vista los acantilados, uno más y otro y alcanzo a leer: es un poema de Raúl Zurita, sabré luego. Por eso sé que

"VERÁS UN MAR DE PIEDRAS/ VERÁS MARGARITAS EN EL MAR/ VERÁS UN DIOS DE HAMBRE… VERÁS EL MAR EN EL DESIERTO/ VERÁS TU ODIO/ VERÁS UN PAÍS DE SED… VERÁS AMORES EN FUGA/ VERÁS EL POCO AMOR/ VERÁS FLORES COMO PIEDRAS… VERÁS UN DÍA BLANCO/ VERÁS QUE SE VA,/ VERÁS NO VER/ Y LLORARÁS"

No lloré aunque soy llorón. Sólo siento. ¿Vas sintiendo?

Uno de los objetivos de Flora es la relación entre arte y naturaleza. Eso justifica los dos jardines con especies autóctonas. El del segundo piso es casi un bosquecito, es el Solarium. En el techo, muy alto, verás a Walden 13, de Luis Fernando Ramírez: un panal de abejas sintético que contiene cera y miel real. Es la continuación de la saga literaria Walden, la vida en los bosques, de Henry David Thoreau, seguida por Walden 2, de B. F. Skinner. En la pared encontrarás un cartel viejo amarillento que cuenta esta historia: ¿Cuánto pueden vivir los seres humanos en lugares tan simples con apenas lo necesario, en lugares estrechos como celdas de panal, en pasillos donde solo cabes con tu cuerpo, en lugares apenas iluminados? Mucho quizá, quién sabe, pero no es lo que parece decir la experiencia de Walden 7, complejo habitacional diseñado por Ricardo Bofill realizado en Barcelona, en el cual Ramírez se inspira para la creación de su panal sintético. Sin embargo, yo no me esforcé en pensar cómo sería vivir allí, ya que me ganó el recuerdo de la siniestra coincidencia que me ocurre cada siete años: la danza de la muerte que cinco o seis abejas hacen para mí en el transcurso de una semana: llegan a mi presencia, revolotean, brincan y se retuercen para luego de varios minutos morir a mi lado.

Si vas por estos días a Flora verás a la entrada la escultura de concreto, cera y panela, parte de Inspección rutinaria, obra de Tobias Putrih. Es el complemento de la instalación en madera que simula el interior de la cueva prehistórica Potocka zijalka, que queda en la frontera entre Austria y Eslovenia, en la montaña Olseva. La instalación se acompaña por un video elaborado por Putrih sobre esta exploración. Así mismo, te será posible asistir a otra experiencia sonora, en el Archivo Audible, espacio exclusivo para obras auditivas. Allí Óscar Santillán presenta un corto video realizado en un bosque ecuatoriano en el que junto a otros músicos espera la caída de una hoja para hacerle un Acompañamiento en su viaje descendente hasta tocar el suelo. Y finalmente, te encontrarás la instalación Esto no es una papa, que en un ambiente de supermercado se ofrecen a $100.000 la unidad de unas papas terrosas elaboradas en porcelana.

Cuando visites Flora, chévere si te compras un cuaderno, una bolsa ecológica, una camiseta o algún libro. Seguro será un agradable recordatorio. Puedes pasarte por allí a consultar la biblioteca. Si te encuentras con Juan Manuel Velasco, artista en formación, te va a contar más detalles sobre esta fundación y sobre estas obras de arte. Quizá hasta intente invitarte al tercer piso a los talleres de los artistas residentes si la cadenita de la escalera no está cerrada. Seguro va y te cuenta del “Chocolate con los vecinos”, evento en el que la fundación invita a los vecinos de alguna cuadra del barrio San Felipe, para conversar con ellos y enterarse un poco cómo ha sido su experiencia estética en diversos momentos. No te creas que Flora es un lugar para alardear del arte: desde la vitrina que da a la calle el objetivo es otro: permitir que muchas personas hagan uso de su facultad creadora para que la experiencia artística no sea solo cosa de intelectuales.


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