Gómez Jattin fuera de la crisálida


En el momento en que escuché algo de Raúl él estaba a pocos años de desaparecer. Un filósofo Sanjacintero, en un aula de clase por allá en el 93, nos recitaba varios versos de un completo desconocido, costeño como él y furibundo hedonista. Decía Numas Armando Gil: "Te quiero mi burrita / Porque no hablas/ ni te quejas / ni pides plata / ni lloras / ni me quitas un lugar en la hamaca / ni te enterneces / ni suspiras cuando me vengo…", la concurrencia estupefacta y curiosa se preguntaba: ¿Oda a la burra?, y continuaba el filósofo con su tono apasionado de juglar caribeño: “Raúl Gomez Jattin, poeta del valle del Chinú”. Quedó una incógnita muy grande en varios de los asistentes a la clase del filósofo, entre ellos yo, y es, si hay posibilidad de sinergia entre la lírica y la zoofilia. Este primer desencuentro con el poeta Cartagenero (criado en Cereté) me generó una excepcional curiosidad, se desdibujaba la idílica idea del verso poético y su poder revelador de insondables experiencias, acaso trascendentales, y de un tajo se abría una grieta que dejaba colar un puñado de imágenes que como un imán me atraían de forma estrepitosa. ¡Tenía que saber más de ese depravado del verso!

 
 

Curioso, me dediqué de vez en cuando a leer alguna que otra línea de este singular vate que para esa década ya era conocido, muy admirado y bastante temido por quienes se lo encontraban en la calles. De gigantesca complexión, en sus momentos de desvarío llegaba a ser intimidante, amenazante, insufrible y pedigüeño, todo menos poeta. No contaré los pormenores de mis furtivos acechos a la obra de Raúl Gómez Jattin: es que serían casi 25 años de contactos intermitentes en los cuales las memorias podrían ser poco interesantes y tediosas para quien no halla gozo en ellas como yo. Me concentraré en la experiencia más triste, la más aterradora y la más maravillosa, cuando me enfrenté al desgarrador testimonio plasmado en Esplendor de la Mariposa y El libro de la locura.

 
 
Lo primero que me llega a la memoria es un eco de la poderosa pluma de Nietzsche: "¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: '¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!'?" Esplendor de la mariposa es la antesala a una transición desoladora, el poeta que reside en una clínica psiquiátrica se embarca en la narración de su experiencia a través del filtro de una estética singular, como si los atisbos de locura que lo animan y lo atormentan fueran epifanías, como si la añoranza de este estado febril fuera el combustible para iniciar el descenso a lo más recóndito del alma humana, donde los miedos, las ilusiones y los sueños se entrelazan para ser exorcizados y así convertirse en verso. El poeta, desde una débil cordura manifiesta la escisión de su ser añorando la dulce locura, él es dos, el sí mismo que Paul Ricoeur presentara como la dualidad del ser donde el sí y el mismo tienen características distintas aun habitando en el mismo cuerpo, cuando el sí se repliega al mismo es otro.
 

Caigo de mí
Hacia mí
¿Dolor? No
¿Angustia? No
¿Qué pues?
vacío que me espera
anuncios de la muerte

 
 

Esta continua reflexión sobre el encierro en la clínica psiquiátrica vislumbra de forma casi profética lo que sería el albur del poeta, la locura vendría más temprano que tarde y haría de su existencia ese lugar de desarraigo y sufrimiento que puede notar quien descifra los lamentos de El libro de la locura.

 

La locura espanta el tedio
como el viento espanta las nubes
Ven oh sagrada locura
Y embriágame en el reino de tu fantasía

 
 
 

Si de Esplendor de la mariposa emerge la voz del hombre que experimenta una frágil cordura, en El libro de la locura retumban los quejidos del poeta poseso por la enajenación mental. Raúl Gómez Jattin (o los demonios que le hablan) escribe los versos a través de una lírica de la crueldad siendo acaso el émulo de Artaud, quien desarrolló la experiencia descarnada y visceral del sufrimiento en escena en el teatro de la crueldad. La voz que escucho al ingresar al oscuro pasaje de El libro de la locura me narra el laberinto infausto de los más desgarradores sufrimientos que atormentan al lacerado cuerpo y espíritu de aquel grandioso desdichado quien un 31 de mayo de 1997, de forma inusual, se bañara y vistiera ropas limpias para encontrar su destino arrojándose a un bus en una calle de Cartagena.

 

Y volviendo a Nietzsche, otro que perdió la razón y ganó la locura, me aferro a ciertas imágenes recreadas por Liliana Cavani en su película Más allá del bien y del mal en la que el filósofo, en una sin igual danza, se regodea con los acechos del bien y del mal, de la cordura y la locura, que lo encumbran por encima del maniqueísmo que usualmente embota al ser humano. Es una danza como en la que la poesía de Gómez Jattin ganó la inmortalidad y que a fuerza de encuentros furtivos y experiencias embebidas de gratitud, me enseñó que el cereteano bucólico de la burrita fue también un titán de la existencia, un héroe trágico de la lírica.

 

“No morirás” musitan los brujos negros
“Rodarás por las aceras mendigarás para comer”
Se ve tendido en una acera
Cubierto de moscas la cabeza sucia de fango
mastica unas raíces amargas
“Dios” suplica “¿Dime qué he hecho?”
Espera una respuesta
Mas parece que dios está ocupado
“Dios” insiste “Te habla el artista desdichado”
“¿Qué he hecho para merecer este castigo?”
Silencio

 
 


Las imágenes fueron tomadas sin fines comerciales de:
Todas las imágenes de Raúl Gómez Jattin: El Heraldo https://goo.gl/r5EgJe
Cabeza de Nietzsche: sitiocero.net https://goo.gl/BTcU8N
Medio cuerpo de Artaud: saquenunapluma.wordpress https://goo.gl/oGAH4X




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