Escape hacia el sonido perdido


El ruido del mundo duele, martiriza. Es verdad, el mundo produce demasiado ruido, es un ruido que nos empuja a buscar la huida, y para conjurarla, el ser humano se ha encargado de elaborar pócimas, sucedáneos sonoros que alejen esa bulla que induce al embotamiento y agiganta las desventuras individuales del vivir. Trasegamos por la vida en búsqueda del sonido liberador, y en el camino, nos encontramos con experiencias redentoras, en ocasiones trascendentales, de tal misticismo que cuanto más se alojan en nuestro interior, mayor es el impulso que se genera para experimentar de nuevo esta sensación de ausencia del mundo, el sonido es un asunto existencial.!

Algunos escritores a los que me he acercado concuerdan con que al nacer se genera una ruptura, el sonido original con el que convivíamos en el vientre materno es el que nos separaba del ruido que genera el mundo, para Sloterdijk es un continuum que se fractura con el nacimiento y que al tener uso de razón empezamos a extrañar, nos embarga la melancolía de la morada original donde aun dentro del mundo permanecíamos ajenos a él, ese es el sonido que añoramos y por el cual empieza esa búsqueda en la que, si somos afortunados, nos resguardamos en un no-lugar, en un espacio apacible en el que somos uno con ese sonido que nos acoge y hace que el mundo no exista, somos-en-el-sonido.
 
 
 
Ciorán se refería a este sonido original como música: “Poseemos con nosotros toda la música: Yace en los más hondos estratos del recuerdo. Todo lo musical pertenece a la reminiscencia. En el tiempo en el que no poseíamos nombre, ya debíamos haber oído todo”. Sonido o música original no son excluyentes, el asunto reside en la búsqueda de lo sonoro como refugio del ser. Cuando recuerdo ciertos pasajes de “Que viva la música” me dirijo inmediatamente a los recovecos existenciales en los que un ser humano ansía el distanciamiento del mundo, María del Carmen Huerta simboliza la pugna constante a la que usualmente nos enfrentamos porque necesitamos silenciar todos los altavoces que nos atormentan, el oído no distancia al ser del fenómeno sonoro como el ojo o el tacto lo hacen con el objeto, el sonido ingresa en nuestro ser. Cuando María del Carmen escucha salsa su voluntad se ve raptada, se unen las partes fragmentadas que la componen, su experiencia es la entrega al sonido que es la “solución” y los músicos son quienes “llevan las riendas del universo”.
 
Este pasaje en particular me arroja de inmediato a quien elevara la música a su más noble connotación, Schopenhauer decía que sobre todas las artes, la música, es la única que no representa ideas sino la voluntad misma, y que al ingresar al ser a través del oído, genera una rendición absoluta que incita a una experiencia de enajenación sublimada. Las demás artes para él representan sombras, la música representa la esencia, y tal como María del Carmen asegurara lapidariamente: “…el libro miente, el cine agota, no dejen sino música”, giramos nuestros sentidos hacia la luz verdadera y dejamos atrás ese muro que refleja figuras borrosas, nos adentramos en la experiencia, al principio hiriente pero siempre placentera, y escapamos de esa caverna platónica a la que fuimos atados al nacer.
 
Por supuesto, el filósofo hablaba de otra época, de otra música, sin embargo, el componente sonoro presente en ciertas creaciones de este tiempo lucha por mantener la concepción primigenia que se le atribuye, Que viva la música, la canción de Ray Barreto, induce dentro de sí misma, con su letra, a una representación de su objetivo como arte, “…la música es el arte de expresar con emoción los sentimientos sinceros del corazón”. El ser enajenado dentro de la música se ausenta de su presencia en el mundo e ingresa a un asidero de plenitud, cuando escuchamos música rememoramos la melodía olvidada tras el trauma del nacimiento, nos devolvemos al estado de aislamiento de un ruido perturbador y terrible que nos ataca desde todos los flancos, cuando escuchamos música consumamos nuestra angustiosa búsqueda ratificando que somos animales metafísicos de la ausencia.
 
 
El ser humano es un psiconauta sin remedio, está siempre inmerso en la exploración de la experiencia reveladora, Mariángela, amiga de María del Carmen, terminó cediendo a la desesperación al no hallar el sustituto de su continuum roto, por eso se lanzó de cabeza de un edificio tapándose los oídos, naufragó en el intento, los demás flotan, o tratan de hacerlo tomando eventuales bocanadas de música que les brinde un recodo sosegado. La travesía no es fácil porque infortunadamente música también ha sido violentada, convertida en ruido, en una pavorosa extensión del ruido del mundo, alejada de su labor de romper el hechizo embotador de la realidad, dislocada de su propósito de llevar al oyente a una presencia vivible en ausencia mundo, hay que ser cautelosos. No podría finalizar esta crónica sin hacer mención a la banda que ha contribuido invaluablemente a varios de mis ausentamientos, lo voy a hacer simplemente citando unas líneas que precisan todo aquello que he venido señalando:
 

“When the music's over

turn out the lights

for the music is your special friend

dance on fire as it intends

music is your only friend

until the end”

 
 
 
 
 
 


Las imágenes fueron tomadas sin fines comerciales de:
Todas las imágenes de Raúl Gómez Jattin: El Heraldo https://goo.gl/r5EgJe
Cabeza de Nietzsche: sitiocero.net https://goo.gl/BTcU8N
Medio cuerpo de Artaud: saquenunapluma.wordpress https://goo.gl/oGAH4X




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad