Una planta cae: la obra continúa. Noche oscura, lugar tranquilo.

Una planta cae: la obra continúa. Noche oscura, lugar tranquilo


 
 

Hoy vengo a contarte que los ovnis no son lo que parece. Menos cuando hablan y hablan de ellos, cuando nos cuentan historias sobre ellos, pero no aparecen, aquí no aparecen. También te contaría de perros, pero ocurre que los caninos aquí tampoco aparecen (para nosotros). Un hombre habla con él, con el perro, le hace señas, le hace caritas de consentido y quizá te cause gracia eso, pero el perro no nos aparece. El sujeto que habla de ovnis y de perros que no aparecen (y que no soy yo porque yo escribo crónicas pero no actúo) es el mismo sujeto: es Manuel. Ignacio no le cree (él se cree y posa de racional) y a Magda como que no le importa lo de los ovnis, pero sube una noche con Manuel a la montaña para verlos (no sabemos si lo logra), pero se lamenta cuando el perro no aparece tampoco en la ficción (que para ellos es realidad) y tiene una sospecha asesina sobre Ignacio (su esposo): Manuel sufre por el perro que después para ellos tampoco aparece. Yo te contaría más de la historia, pero imagínate qué bobada, para qué si puedes ir a ver la obra en el Teatro La Candelaria. Se trata de Noche oscura, lugar tranquilo, dirigida por César “Coco” Badillo.

 
 

LectÉr, a mí no me había tocado un ensayo con público. Participé cuando joven universitario en un par de obras en las que hice apariciones y trabajé en la trasescena (condenado por mi mala memoria), pero ensayo ensayo, lo que se dice ensayo con público, nunca. Y menos todavía de un grupo de actores como estos que vas a ver: profesionales con estudios y obras y años de experiencia encima. Sin embargo, un ensayo de este tipo no es lo que yo había imaginado (¿qué te imaginas tú LectÉr?). Se me ocurrió que de un momento a otro en un gazapo actoral, entraría el director a dar recomendaciones para mejorar la obra. No señora, si eres actor y estás en plena escena del ensayo, y por las cosas del azar ¡Plaff! una planta que está sobre un butaco se cae, habrás de arreglártelas. Allá tú cómo te acomodas al espacio, allá tú si pisas la tierra con tus pies de hombre, allá tú si juntas los trozos rotos de cerámica con tu acento de extranjero, allá tú si haces con tus manos de mujer montoncitos de tierra mientras sigues con tus líneas y la trama y el drama y la risa. La obra sigue, sin importar el ruido de la convención nocturna de ciclistas que hay afuera en la calle y el pito de los buses para no atropellarlos.

 

Lo más sorprendente para mí fue que al final aparece por fin el director y nos explica que este no es el escenario real, que aquí sólo ensayan. Y este hombre con sus años de experiencia va poniendo una silla y otra y otra y otra más y se va acomodando frente a los 11 asistentes y llama a Manuel, Ignacio y Magda (que se acomodan en las otras sillas), y con su voz de Quijote nos dice: “Ahora sí, cuéntenos que tenemos que cambiar de esta obra”.

 

LectÉr, hubo un silencio rotundo. No exagero si te digo que los carros de la calle no pitaron y los ciclistas nocturnos y dicharacheros de ParkWay guardaron compostura a pesar de ignorar lo que pasaba en el tercer piso de la casa. Treinta segundos o cuarenta, más o menos, que en una situación de estas parece una noche oscura, pero para nada un lugar tranquilo. César nos miraba con ojos temerosos. No eran los ojos del director que es ni del actor que ha sido. César; Badillo, sí, ese mismo: “Coco”. Aquel de La sombra del Caminante, el de El Carro, el de Locos. A pesar de la sabiduría de “Quijote” o de la clara visión del ciego “Tiresias” (que también ha encarnado), sus ojos nos miraban expectantes. No imaginé nunca ver a este Hombre de Teatro con susto de aquello que sabe hacer tan bien, pero al mismo tiempo fue genial ver a ese hombre como el ser humano que es.

 

Algo parecido ocurrió con los actores. Claro, una vez sentados frente a nosotros, no fueron más Manuel ni Ignacio ni Magda: desterritorializados de su rol de actor y sin protección alguna del escenario ni de la trama ni del guión, fueron Santiago Londoño, Felipe Vergara y Liliana Montaña. También ellos salían de la ficción y se mostraban ante nosotros como los seres de carne y hueso que llegan a casa y se sirven un whisky (o un jugo de guayaba) para celebrar lo bueno o puñetean una mesa (o hacen una rayita en la pared) para expresar su inconformidad. Nunca he dudado LectÉr que detrás de cada actor hay un mundo que no es ficcional, pero verlos a ellos descubiertos y vulnerables, me permitió presentir en sus rostros a los seres humanos; a los hombres y a la mujer cuya piel se oscurece cuando se golpean fuerte contra un borde y cuya alma también se contrae cuando las materas de cerámica caen accidentalmente en plena escena y la descompostura de los actores atenta contra el desarrollo de la obra.

 
 

Yo experimenté tres sensaciones diferentes: abyección, sorpresa y júbilo. Sentí abyección (deseo y repulsión al tiempo según Kristeva), porque en medio de escenas memorables por su belleza en la composición, se llegaba a niveles de tensión que me hacían querer escapar. No quería huir del lugar de ensayo, pero en esas escenas, ese yo que soy perdía la compostura y quería salirse de mí. Pero la trama, el diálogo y la interpretación de los actores no me dejaban escapar, deseaba permanecer aunque rechazaba. Quería quedarme y al no escapar la abyección se convirtió en gozo.

 
 

También sentí júbilo; algo como un arrancón de felicidad porque noté en la obra elementos que me fueron muy gratos: las alusiones a elementos importantes que nunca aparecieron (por eso los ovnis y los perros del comienzo de esta crónica); la voz en off (curioso y sensacional recurso) que anunciaba la composición del escenario: “una cocina, dos puertas, una mesa, una botella de vino y una de aguardiente, dos hombres, una mujer…”; la pugna entre la razón y la superstición, lugar común que por fortuna aquí está elaborado de tal manera que nos muestra una faceta cotidiana que a veces se quiere negar; y algunas escenas en las que los actores y el escenario están diseñados majestuosamente (como la de la toma de yagé y los tres sobre y bajo la mesa).

 

Y LectÉr, sentí una sorpresa inusual al comienzo, cuando llegué antes de la hora de inicio y me presenté. Hola, soy (W.) Julián Aldana, busco a Laura Nepta. Y ella sale llena de gracia y César Badillo, se para de su silla y se acerca a mí y los dos me reciben y me saludan como si no hubiera otro Julián Aldana sobre la tierra. Al final, una vez terminada la obra, se despidieron luego con la misma calidez. Hasta creí que se habían confundido. Constaté entonces que antes que ser esto o lo otro, actores o directores, productores y asistentes, cronistas o espectadores, hay una humanidad allí que delata a gritos lo que somos. Que nos dice que el teatro, que el arte, existe también para mostrarnos la gratitud en un apretón de manos. Para dejarnos sentir que lo que experimentamos ante un montaje como Noche oscura, lugar tranquilo nos muestra a unos seres humanos abyectos (que repudian y aman al tiempo), pero que aun tienen la esperanza de matar al tedio del día a día para no matarse. Ese tedio que nos cambia de modo que no nos gusta, pero que es perfectible y factible de ser dejado atrás: basta decidir aunque los ovnis nunca aparezcan y al perro sólo podamos imaginarlo.

 

Noche Oscura, lugar tranquilo, se presenta en el Teatro La Candelaria del 9 al 12 de noviembre a las 8:00 pm (jueves a sábado) y a las 6:00 pm (domingo). La dramaturgia es del colombiano Enrique Lozano, la dirección de César “Coco” Badillo. La actuación de Santiago Londoño (El cartel de la papa, Perro come perro), Felipe Vergara (actor, dramaturgo y director) y Liliana Montaña (N.N. obra unipersonal). La producción y asistencia de dirección de Laura Nepta.

 
 
 
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Las imágenes fueron cedidas por la producción de Noche oscura, lugar tranquilo.




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