Por el divino derecho a la idiotez.


 
 

Muy estimado príncipe.


Reciba usted estas líneas con mi más sincero sentimiento de pesar por su recaída, sé que la epilepsia ha sido un demonio que lo ha disminuido como ser humano, pero no menos que su tormentoso contacto con la verdadera naturaleza del hombre. Lo que he conocido de usted confirma mi convicción de considerarle uno de los más insignes idiotas en la historia, y no me entienda mal, se lo ruego, aduzco en mi interpretación de su esencia una idiotez que desde ninguna apariencia es sinónimo de estulticia, es simplemente una representación de la más refinada bondad y compasión.

 

Permítame usted mencionarle que no conocí tanto de usted por sus acciones sino por lo que los demás seres humanos con los que interactuó pusieron al descubierto, el cerebro detrás de su historia proporcionó tal velocidad en la consecución de catástrofes que sus más íntimas virtudes quedaron en evidencia y, aun sabiendo esto, no podría asegurar con certeza que conozco la totalidad de la naturaleza de su ser, es usted un héroe inconcluso erigido en un dialogismo de conciencias. Generó usted en quienes le rodeaban una percepción de ambivalencia en la que el tonto y el sabio asomaban, pero siempre he tenido la certeza de que usted es un hombre poseedor de su propia verdad, de una verdad que no va en desmedro de la integridad de ningún otro ser humano, su inmunidad ante lo mundano y dañino no puede menos que causarme asombro.

 
Me impresionó de forma profunda cómo su actuar se convirtió en una manifestación de lo que puede ser la vida minutos antes de un final inminente, como aquella historia que usted le contase a la Familia Yepanchin, la del hombre que estuvo cerca de la ejecución por un error judicial, cada minuto antes de su perentorio plazo de existencia tendría que ser vivido de forma excepcional, y ese, precisamente, ha sido el fundamento de cada instante de su presencia en este mundo. Su ingenuidad, candidez y amabilidad generó que todos abusaran de usted, pero yo solo puedo quedarme con la sensación de que usted es moralmente superior a cualquiera de los mortales que le rodearon, usted es una persona intelectualmente capaz, su inteligencia es integra, pero su ingenuidad al actuar hizo que la mezquindad de quienes lo rodeaban lo etiquetaran con el epíteto de idiota. Y es que usted, príncipe Myshkin, nunca encajó en los estándares de esa patética y decadente sociedad burguesa, usted representa lo insólito e inconveniente siendo la muestra de una alteración de los estándares que a todas luces era inaceptable, solo su presencia y su ser fueron necesarios para desenmascarar la maldad en quienes le rodeaban.
 

El talante de su bondad es inimaginable, siempre vivió con un sentimiento de culpa y una angustia por borrar los errores de los hombres, como si fuese un redentor, su desasosiego fue permanente y creo, honestamente, que esta fue la cruz que cargó, un detonante más hacia la locura que le ha embargado. Si este sentimiento hizo de usted un idiota, déjeme decirle entonces que Cristo, en nuestro tiempo, sería entonces el más venerable de los idiotas, y en ese caso la idiotez, como lo aseverara Plutarco y posteriormente Diderot, no es ni más ni menos que un epíteto para un hombre extraordinario, fuera de lo común, una particularidad de quien se ha retirado a una vida alejada de asuntos políticos, la cualidad de un verdadero sabio, por algo Rogoyin le señaló como “un bobo de Cristo, de esos a quien Dios ama”, el que pone la otra mejilla y perdona una y mil veces.
 

Afortunadamente, mi estimado príncipe, su enfermedad no se aloja en el alma, usted es simplemente un epiléptico, mientras que quienes se cruzaron por su camino están pútridos en su interior: Rogoyin es enfermo de celos, el general Yepanchin está enfermo de indiferencia y su esposa de ceguera, Aglaya padece de arrogancia mientras que Nastasha sufre de orgullo y, todos, absolutamente todos, abusaron de su buena fe, lo que hace más admirable su incorruptibilidad.

Por último, mi nunca bien ponderado príncipe Myshkin, quiero enumerar un par de ilustres idiotas históricos, Don Quijote y El caballero pobre, acerca de quienes Aglaya le leyera fragmentos son ya conocidos por usted. Conozco un idiota contemporáneo llamado Forrest Gump aunque, en efecto, verdaderamente idiota en la acepción de deficiencia mental, también poseía una exacerbada bondad y una convicción inquebrantable para hacer lo correcto pero, para el mundo, solo era un imbécil más con suerte, mi última idiota con menos suerte fue Selma Ježkova, la inmigrante checa quien bailaba en la oscuridad e infantilmente llego a creer que la vida podía ser un musical, que las máquinas de la fábrica donde trabajaba no emitían ruido sino música y que la belleza y la bondad se extendían a la realidad cuando lo cierto fue que la perversión humana se encargó de destruirla, de aniquilar su tan puerilmente ingenua humanidad.

 

Por último, mi querido príncipe, le deseo que siga inmerso en el marasmo de la locura antes de tener que seguir sufriendo la crueldad de un mundo que nunca le va a perdonar su extraordinaria candidez y bondad, los idiotas nunca sobrevivirán en un mundo como este, ya crucificaron a uno, y el hombre no tendría ningún reparo en aniquilar a cualquiera que con un asomo de ingenuidad pueda prescindir de la corrupción y de la maldad rampantes.



Su amigo incondicional,

Carlos Andrés
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Imágenes tomadas sin fines comerciales
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Carlos Andrés Manrique
Me gusta escuchar lo que otros dicen sobre libros que he leído, sobre todo lo que las nuevas generaciones tienen que decir sobre los clásicos, o la poesía. Soy profesor de literatura, por lo cual, esta necesidad de escuchar otras perspectivas se ve compensada continuamente. Me interesa encontrar conexiones entre los mundos generados por las obras, los contextos de quienes las escribieron y sus vidas. Una de las prácticas mas importantes de mi ejercicio como lector es rastrear la extensión de las voces narrativas como conciencias encarnadas, de allí que se convirtiera en el eje de muchas de mis lecturas y en el tema de mi tesis de maestría. Creo que hay que leer lo que queramos, cuando queramos; la lectura es la posibilidad que nos abstrae de los ejercicios cotidianos y nos hace más humanos, más proclives a maravillarnos en un mundo en el que los límites del asombro se han desdibujado tanto y parecen tan lejanos. Escucho, entre otros, a Django Reinhardt, soy fanático furibundo de The Doors, Les Luthiers y Star Wars. También, en reuniones familiares, toco boleros y villancicos con mi guitarra.



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