Sangre de poeta: celebración de la palabra. Calor a las 5 en punto de la tarde.

Sangre de poeta: celebración de la palabra. Calor a las 5 en punto de la tarde.


 
 

- ¿Un vinito? – Pregunta la actriz de la camisa color vino tinto.
- ¡Un vinito! – Responde el actor de la camisa color granate.
- ¿Quieren un vino? – Nos pregunta la actriz de la camisa color escarlata.

 

Y los tres actores van pasando por el público que previamente habíamos tomado una de las copas ubicadas a la entrada de la sala del segundo piso de La Maldita Vanidad. Nos sirven vino: “Sangre de poeta”. – ¿Se puede tomar? – Pregunta una mujer del público. – ¡Claro que sí! Es para eso. – Responden los actores, mientras ya el sabor del poético tinto sanguíneo se deslizaba por mi garganta en sentido descendente y yo lo disfrutaba ignorante del carrusel de sensaciones que vendría en Calor a las 5 en punto de la tarde, del grupo Móvil.

 

Dos actrices, un actor, un escenógrafo, un director. Las paredes están llenas de facsímiles de muchos periódicos a blanco y negro con noticias de muertes. No son muertes, son asesinatos, eso es diferente. No hay reflectores, hay bombillos amarillos; también eso es diferente. Hay una lamparita de muchos colores que la actriz de la camisa de color escarlata o la de la camisa de color vino tinto encienden a veces. A veces los actores, sin importar el color de la camisa, encienden linternas bajo sus mentones cuando los bombillos y la lamparita multicolor están apagadas.

 
 

En el escenario hay guacales usados de Paloquemao – Me lo contó César –, hay nueve sombreros colgados en la pared y la fotografía de tres hombres: Federico García Lorca, Federico Taborda (Sibius) y Julio Daniel Chaparro – Me lo contó Liliana. Solo la de Sibius es a colores, las otras a blanco y negro. Hay algunas botellas de vino, ruanas dobladas, una pelota roja de trapo lineal que no veo, pero que aparecerá en algún momento y se irá desenrollando.

 
 

Las sillas rodean el escenario, de modo que los veinticinco asistentes circundamos a los actores. Por eso, ellos nos miran. La mayor parte del tiempo los actores mantienen contacto visual con los espectadores, de tal forma que si bien la cuarta pared se rompió hace mucho tiempo, aquí esos muros que solían encerrar la escena dejan de existir: los espectadores somos el confín, pero no la periferia; somos el núcleo para quien se erige el drama.

 

Esto quizá parece obvio, pero en Calor a las 5 en punto de la tarde, la obra no está hecha para un público que está “allá” en las sillas separado por un borde de escenario y una barrera invisible, si no que la obra fue construida para una verdadera concurrencia participante. Cuando la cuarta pared se rompe en el teatro “convencional”, el público “aparece” por un instante para los actores; aquí “existimos” todo el tiempo: la obra es para nosotros: tomamos vino, nos miramos con los actores y hasta podemos declamar alguna improvisación poética. Por eso, Lécter, si te gusta el vino y una obra de teatro en la que tú – mi lector imaginario y tú el lector real también – puedas ocupar un lugar, esta obra dirigida por César Badillo y protagonizada por Liliana Montaña, Marcia Cabrera y Vladimir Giraldo, es para ti.

 
 

Ve, escúchalos cantar, escúchalos recitar fragmentos poéticos de Lorca, Sibius y Chaparro. Ve, en serio, ayúdalos a desmadejar la bola de trapo hasta formar una encrucijada roja como el rastro sangriento de las balas, las balas, las balas, las balas. Bebe vino, es “Sangre de poeta”, y si eres osado recita con los versos de Chaparro, Sibius y Lorca; recita con tus versos; escúchalos cantar; canta tú también. Ve.

 

“Esta obra es la reivindicación de la oralidad. Es la palabra hecha cuerpo. Hoy hay un desprecio por la palabra. La palabra enseña, la palabra tiene matices, la palabra vibra” – me dice Liliana, siendo ella y no la actriz de la camisa color vino tinto. Y mientras lo dice con cierto tono poético, caigo en la cuenta de que Calor a las 5 en punto de la tarde es sin duda una oda, es poesía dramática cuyo leit motiv es la palabra. No gratuitamente en el escenario hay una tabla tosca con letras rojas que advierte sobre “La palabra amenazada”. Y no gratuitamente con su lenguaje descomplicado y poético – ¡Oh coincidencia? – Coco (César Badillo) me expresa algunas preguntas retóricas: “¿Qué es lo que pasa con la palabra en nuestro país? ¿Qué es lo que pasa con la palabra en el teatro? ¿Cómo con la palabra podemos explorar la realidad, nuestra realidad?”.

 

También la palabra acallada de los poetas – Lorca, Sibius y Chaparro – es el motivo aquí de una celebración. Sus muertes asesinatos por causa de las balas son el motivo por el cual actores y público nos reunimos a celebrar la vida de la palabra: los poetas fueron muertos a las malas, pero aquí celebramos la palabra a las buenas: la palabra entre los actores, la palabra entre actores y público, la palabra entre el público. Se trata entonces de una celebración por la poesía, por la muerte, por la vida, por la palabra.

 
 

Pero para llegar a todo lo anterior Coco, Liliana, Marcia y Vladimir pasaron por varios procesos. Uno de ellos fue pensar en relacionar a Lorca con algo con lo que ellos se sintieran a gusto (Esto, por la propuesta de Jorge Hugo Marín, de la Maldita Vanidad, de crear una obra a partir de este escritor español). Otro proceso fue intentar responderse algunas preguntas ¿Lorca y nuestro país: qué tienen que ver? ¿Qué tiene que ver toda esa hiperpoesía con la tosquedad nuestra? ¿Cómo conectar a Lorca con nosotros? – Me dicen Coco y Liliana. De modo que tras días y días de investigación llegan a la coincidencia de la muerte a las cinco de la tarde de Lorca en Granada (España); y del periodista Julio Daniel Chaparro, en Segovia (Antioquia, Colombia). Y un día caminando por el Park Way Coco se encuentra con Juan Manuel Roca y conversando de cosas y de casos Roca le cuenta a Coco sobre Sibius, Federico Taborda, un exseminarista, casi aceta, iniciador del hipismo en Bogotá, gurú de muchos, cuyo pensamiento influenció también al grupo de rock Génesis, de Bogotá. Y – ¡oh, las cosas! –, este poeta, muere en Granada (Meta, Colombia) a las 5 en punto de la tarde.

 
 

De modo que estos cuatro miembros del grupo teatral Móvil investigan fuentes y retazos de periódicos y revistas viejas y encuentran historias sobre, Lorca, sobre Chaparro, poco sobre Sibius – pero encuentran. Y comienza pronto ese proceso creativo colectivo en el que la palabra y la voz no se calla, expresa, grita, vibra y nos hace sentir – al publico y seguro también a los actores – que nunca es tarde para celebrar la sangre de los poetas.

 

Yo Lécter, la voy a ver de nuevo. Ven conmigo esta vez, ve sola, ve dispuesto a participar en esta celebración. Lleva vino, compártelo con los actores, con el público, con el director, con el escenógrafo. Vamos a celebrar. Vamos a sentir cómo la muerte y la sangre, pueden engendrar tanta vida. Vamos a que la poesía y el teatro se haga uno con todos, con ellos, conmigo, contigo, con la que está a tu lado, con el que está frente a ti. Déjate vibrar con la palabra y podrás reír y podrás llorar y podrás sentir el estupor de la diatriba y podrás intentar salir del sopor de la angustia y podrás participar de esa “acrobacia emocional”* y podrás celebrar que la vida persiste también gracias a la “Sangre de poeta”.

 
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* Me dice Liliana.

Calor a las 5 en punto de la tarde se presenta hasta el 17 de diciembre en el teatro La Maldita Vanidad, Cra 19 # 45 A 17. Es una creación colectiva dirigida por César (Coco) Badillo, interpretada por Liliana Montaña, Marcia Cabrera y Vladimir Giraldo. La escenografía es de André Sztutman. Las funciones son de jueves a sábado a las 8:00 pm, y el domingo a las 6:30 pm. Tiene un costo de $30000 y $20000 para estudiantes. Si llevan vino no habrá descuento, pero favorecerá el disfrute de todos.




Algunas imágenes fueron cedidas por la producción de Calor a las 5 en punto de la tarde.
Otras fueron tomadas por W. Julián Aldana.




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