Cuando Thomas Bernhard mencionó que “un hombre crea a un hombre y a todos los hombres” al recibir el premio Georg Büchner en 1970, no había asomo alguno de la corrección que Roithamer (personaje principal de su novela Corrección) habría de ejecutar sobre su existencia, ni tampoco de la magnitud de este héroe, que en contra de su propio discurso habría de corregir al mismo autor. Si Bernhard acaso amasó las condiciones del estigmatizado hombre europeo de la posguerra, con estas mismas dotó a uno de ellos del poder de ser su propio héroe; el que reuniendo los requisitos fundamentales para soportar el delirio de la existencia, del condenado día a día, dentro del marasmo de la certidumbre que conduce a la búsqueda del bienestar fundamental para el ser, la no existencia, se rehusó a las palabras de quien le da vida y lo desafía a darle potestad para terminar algo; y fuera aun de la pestilente necedad de los que simplemente están muertos en vida se entrega a la consecución de escalones cada vez más distantes que le conducen a la obra maestra, esa que la existencia impregna en el ser y este simplemente no tiene el valor o la idiotez de llevar a cabo, es precisamente el fin de esta, el final, la perfección, la nada.

 
 

Sin internarse en los ejes vertiginosos de las ciudades complejas, la melancolía arremete contra esa pérdida que se arroga desde mucho antes de existir y contra la cual se lucha estoicamente alimentándose de la debilidad que solo un ser paradójico y profundo puede padecer; el verdor de los bosques y de la naturaleza ha sido ya corrompida inevitablemente por la pletórica infamia de la que el hombre ha contagiado a las cosas, a su semejante, señal inequívoca de sus raíces homicidas, auto destructoras, que no conducen a la muerte sino a la parálisis sensorial de seres que persiguen un destino plagado por el sino determinista, el ser autárquico ha desaparecido, el único asidero posible para el ser arrojado al mundo es la oscuridad del pasado, los desgarradores gritos que aun hacen eco en un continente que se mantiene inerme en su propia historia, en el tiempo.

 

La existencia es simplemente falsa, la hipocresía abunda y amenaza con seguir hegemonizándose dentro del extravío que la manipulación y la ciencia han originado en las que alguna vez fueron verdades; la verdad y las mentiras ahora son igualmente detestables, las palabras son catalogadas, vienen de la nada, no sirven para nada, sabemos simplemente que las emitimos por que divulgamos lo que al parecer se encuentra a nuestro alrededor, nunca Wittgenstein fue tan vigente, “los limites de nuestro lenguaje son los limites de nuestro mundo”, un mundo acomodado y perdido en la niebla de la ciencia, el cerebro del hombre ha sido manipulado, y por ende la creación, el arte. El hombre muerto crea lo equiparable al estereotipo, no se renueva ni se salva a si mismo con su arte, el otro hombre en cambio, el desacomodado, el aniquilado, lucha contra su existencia y la imposición de las formas establecidas, pero no las niega, las adopta, sufre la vida y delira con la muerte, juega con la dualidad, se erige como artífice de su propia desgracia plasmándola con sus manos desnudas, desprotegidas y lánguidas, es este el que contradice las mismas palabras de su creador.

 
 

Todos los antecedentes se confabulan para concederle a Roithamer su opción de corrección esencial, la vida es un constante tropiezo y posteriormente su corrección; los tropiezos se repiten una y otra vez desde que se tiene uso de razón. Una vez la percepción del mundo es la suficiente para sentirse consciente en el lugar en que se está, se graban sucesos y más sucesos en el alma, la atormentan, al parecer la preparan para el funesto destino pero no es así, el destino se repite, las experiencias de la temprana edad son memorias disfrazadas que se convierten en el curso de los hechos posteriores, el dolor retorna, es una proyección constante de sí mismo, la asiduidad de los mismos hechos marca la vida, la premedita, la somete a tomar su curso. Roithamer no le fue indiferente a este reto, asumió la avenencia.

 

La existencia del desolado protagonista y de tantos como él es amorfa, accidentada en forma, alejada de la fenomenología de lo redondo que Jaspers, Van Gogh y Rilke alguna vez defendieran, la existencia debería ser redonda porque se encuentra en el tiempo y en el espacio rodeada por el entorno, lo esférico es agradable al tacto, lo relajante, lo metafísico. El ser visto desde lo no físico pero desde lo existente abarcaría la felicidad de la redondez, pero el terco, el aniquilado Roithamer dedujo que la forma de su hermana era cónica, él desafió las normas estéticas de la arquitectura y construyó su segundo objeto intelectual, el cono que sería el hogar y el sepulcro de su hermana, segundo paso para su corrección esencial, brindarle esta a su hermana y así estar listo, haber vencido la estética, haberse corregido una y otra vez, y de igual manera no padecer del egoísmo de dejar lo que amaba solitario ni desprotegido en este mundo. Roithamer se ahorca, pero habiéndose preparado toda su vida para esto. Desde entonces permanece colgado, oscilando constantemente con su entorno, siendo parte de él, como ese péndulo que Foucault construyera un siglo antes para demostrar el movimiento de la tierra.

Bernhard describe al hombre como el que se queda en el camino, como el que nunca alcanza terminar la faena, pero su hombre, el que corrige constantemente hasta llegar a la corrección esencial, es la antítesis de sus propias convicciones, es su héroe personal; mediante la creación de su ser aniquilado pero decidido, Roithamer aparece como el redentor, como el disipador de los miedos, mostrando que sí es posible morir, acabar consigo mismo, finalizar la tarea para la que fuimos enviados sin esperar que la mezquina ciencia ni la misma muerte nos extienda la mano.

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Imágenes tomadas sin fines comerciales
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Carlos Andrés Manrique
Me gusta escuchar lo que otros dicen sobre libros que he leído, sobre todo lo que las nuevas generaciones tienen que decir sobre los clásicos, o la poesía. Soy profesor de literatura, por lo cual, esta necesidad de escuchar otras perspectivas se ve compensada continuamente. Me interesa encontrar conexiones entre los mundos generados por las obras, los contextos de quienes las escribieron y sus vidas. Una de las prácticas mas importantes de mi ejercicio como lector es rastrear la extensión de las voces narrativas como conciencias encarnadas, de allí que se convirtiera en el eje de muchas de mis lecturas y en el tema de mi tesis de maestría. Creo que hay que leer lo que queramos, cuando queramos; la lectura es la posibilidad que nos abstrae de los ejercicios cotidianos y nos hace más humanos, más proclives a maravillarnos en un mundo en el que los límites del asombro se han desdibujado tanto y parecen tan lejanos. Escucho, entre otros, a Django Reinhardt, soy fanático furibundo de The Doors, Les Luthiers y Star Wars. También, en reuniones familiares, toco boleros y villancicos con mi guitarra.



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