Elogio del leproso


 
 

Fue como en el año noventa y cuatro cuando empezó el asunto. Me quedó grabada esa bendita tonada que, desafinada, coreaba una mujer durante una escena de una película de detectives colombiana que se desarrollaba dentro de un bar de mala muerte; quedó flotando en mi memoria la corta pero constante melodía de ese acordeón que acompañaba su horrible voz y que a razón de un extraño encanto me llenó de curiosidad, tal vez por el tema, la siniestra imagen que de ella se desprendía o, de pronto, los juguetones sonidos que emanaba ese musical fuelle. Como imantado por una extraña fascinación, como suele suceder cuando se me mete algo en la cabeza, me di a la tarea de indagar de dónde demonios salía ese verso: “…yo sentí pavor y frío, al mirar la calavera, pareciendo que su esfera, como que se reía de mí, y yo de ella me reí viéndola tan calva y fiera…” .

 

Descubrí que hacía parte de una canción del folclor vallenato interpretada por Lisandro Meza y que era tan vieja como yo, es decir, que vio la luz en el año 1975 (más tarde sabría cuan vieja era en realidad) y que, como cosa extraña, era de una longitud excepcional para su género, diez minutos de rimas en las que se narra una historia de ultratumba. El entresijo de la desafinada mujer del bar en la película y la calavera empezaba a tener un sentido más complejo e interesante, acababa de hallar los versos de la canción vallenata La miseria humana.

 

Me vi inmerso en el atolladero de conocer el rizoma inspirador de las líneas de tan peculiar pieza y me encontré con que ese juglar que es Lisandro Meza se topó con ellas una mañana a través de su ventana cuando un decimero ebrio las declamaba por una calle contigua a su habitáculo en el pueblo Los Palmitos, en el departamento de Sucre; un sabio e inspirado beodo era el autor de tan hermosa lírica?, la vida nos da sorpresas. El cantante logra encontrarse con Pisciolo, el decimero, a quien halló en Chingale y quien aún embebido por la juma le escribió, a cambio de una dadiva destilada, lo que hacía unas horas repetía a viva voz.

 
 

Los decimeros, prominentes ejemplares de la tradición oral costeña, han sido responsables de la difusión de distintos contenidos y, entre ellos, de creaciones arraigadas en la cultura popular y fue a través de la alocución de uno de ellos que se conoció que La miseria humana contaba por lo menos con 55 años en 1975 y que fue originalmente un poema escrito por Gabriel Escorcia Gravini. Importante hallazgo para mí ya que finalmente me enfrenté a la totalidad del texto que me arrojaría a un cúmulo de inquietudes que partían de las imágenes necropoéticas del escrito hasta la vida misma de su autor. Empecemos por el comienzo. Escorcia Gravini fue un hombre atormentado quien muriera a los 29 años. Decía Vicente Huidobro “El poeta que sufre poco, a menudo miente” y el caso de este vate caribeño se escabulle de la norma sentenciada por el chileno, él no sufrió poco. A principios del siglo XX y por norma calcada de escolios bíblicos, la enfermedad de Hansen transfiguraba en abominable y maldito a aquel que la padecía, incluso por orden presidencial ( de Rafael Reyes) los leprosos debían ser aislados y confinados en leprocomios ya que los contagiados ofrecían una fea imagen que afectaba los negocios del país, como si la misma clase política no emanara suficiente pestilencia.

 
 

Así es pues como nuestro singular leproso es escondido de la persecución e inducido a otro tipo de confinamiento en su celda cristiana; vivió encerrado en una habitación construida en el patio de su casa, lugar desde donde pudo dar forma a los más excelsos versos de los cuales pocos sobrevivieron a la pira purificadora a la que le dieran ignición sus hermanas una vez acaecido su deceso. Gabriel es un hombre sin vida, vestido de blanco, que camina por los recovecos que la necrópolis santa deja divisar a altas horas de la noche; un leproso que se esconde de los vivos porque les teme y encuentra asidero en los muertos, que no juzgan ni hablan. El poeta encuentra en su desgracia el talante estético que imprimiría en su obra, su dolor más íntimo, físico y espiritual, se confabula con la etérea fuerza creadora que desgarra versos moldeados en delicados octosílabos dignos de un barroco fulgurante, de ornamentos recatados y de una oscuridad en la que se evidencia la impronta gótica que sólo con la luz de la luna, la oscuridad de la noche y la lobreguez de los recodos sepulcrales se puede orquestar.

 

Y como si esto fuera poco se suma el desamor. Este particular dolor motiva al bardo sufriente a buscar respuestas en el eco producido por los huesos de un cráneo que inicialmente se niega a responderle, como el desesperado hombre que perdió a su amada e increpa a un cuervo salido de la noche plutónica que se posa sobre el busto de Palas en el marco de la puerta de su aposento, nuestro héroe poético se adentra en una sucesión de cuestionamientos a la calavera que fuera el sustento de la carne de aquella que lo rechazó, Laurina Palma.

En una sucesión de interrogaciones que denotan una inquietud entendible de quien por leproso y abominable ha sido rechazado, nos encontramos con el desdén particular de quien quiere entablar una revancha, acaso justa, a favor de su propia dignidad; todo lo que en vida poseyó la ósea y oblonga contrincante de querella se ha esfumado al sucumbir al sino de la muerte y tras pregunta sobre pregunta, como si se tratase de una provocación que alcanza su propósito, la calavera, sin defenderse, se encarga de develar las verdades que a todos nos son propias, que son de común acervo, pero de las que nadie osa hablar y entre ellas la más hermosa de todas: la muerte acoge a todos en su seno llevando a buen término el más democrático ejercicio. Con el ímpetu inicial aplacado, nuestro exhumador entristecido ahora corre despavorido, asustado y temeroso del vaticinio final: habrá de regresar algún día al camposanto para convertirse en un cúmulo de huesos, al igual que cualquier mortal; al sufriente leproso le queda la esperanza de la muerte, él como todos hará del cementerio su morada final. .

 

El joven poeta Gabriel Escorcia Gravini se abstuvo de seguir escribiendo cuando su carne se desprendía en pedazos y quedaba adherida a las hojas y a la pluma que transformaban sus más íntimos sentires en poesía. Hubo quienes se atrevieron a acercarse para transcribir lo que desde su infame encierro emergía como una sucesión de lamentos hermosamente cromatizados. Poco se conoce de su obra ya que la mayoría fue incinerada por sus propias hermanas temerosas de un contagio post mortem, pero la gran miseria humana se salvó y, según se cuenta, fue gracias a un decimero a quien, cuando aun podía escribir, le entregó los papeles en los que fue consignado el poema diciéndole que los hiciera conocer, es decir, que los narrara por las calles de Soledad. Desde ese entonces, desde la segunda década del siglo XX, se narra esta historia en la que encuentro particular gozo, porque cada vez que la leo termino meditando que mañana, por firme ley de la parca, debo habitar la comarca de la gran miseria humana.

El poema se puede encontrar en: https://poesialatinoamericana.wordpress.com/2010/01/18/la-gran-miseria-humana-gabriel-escorcia-gravini/

La canción se encuentra en: https://www.youtube.com/watch?v=QKdi0XjG_V4

 
 

Imágenes tomadas sin fines comerciales de:
-Portada: https://www.youtube.com/watch?v=7Cs3oqnolkU
-El pais: http://www.elpais.com.co/feria-de-cali/2017/lisandro-meza-el-hombre-que-le-ha-puesto-sabor-a-la-feria-de-cali-durante-60-anos.html
-El espejo gótico: http://elespejogotico.blogspot.com.co/2009/05/poemas-de-cementerio.html
-Mágia inerior: http://magiainterior.com/que-significa-sonar-con-una-calavera/
-Revista el Heraldo: http://revistas.elheraldo.co/latitud/del-amor-y-la-miseria-humana-132443


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