Por ahí anda el Diablo: Mal paga el diablo



Un fragmento de telenovela argentina (Manuela, con Grecia Colmenares a quien recuerdo en Topacio), un corto riff y luego: “Mujer, mujer, el diablo te viene a ver, trae en el pecho un clavel, trae en la mano un coctel para ti…” decía la canción de Fobia que muchos coreábamos en los 90 y que tenía un componente ineludible para la perspectiva de otras generaciones que no entendían la dinámica del rock: música del demonio. “Escucha cómo canta el diablo en tu corazón” coreábamos también al ritmo de 1280 Almas, quienes bautizaran su banda usando el nombre de la novela de John Thompson, quien, hilando delgado en su vida en relación con el propósito de esta historia, tuvo una gran fortuna que perdió cegado por su afición por el juego, una mezcla peligrosa: hombre alocado y jugador compulsivo; pero siempre hay la opción de que el diablo socorra a quienes lo pierden todo por el vicio, o al menos eso creo. Me acuerdo de estos pasajes, pero entran otros en el juego de reminiscencias que me arrojan a una conclusión: el Diablo siempre ha sido señalado de malvado, pero nunca ha dejado de ser necesario y, en consecuencia, popular.


Yendo mucho más atrás recuerdo en esas memorias empolvadas una historia que me fue enseñada en clase de religión, en mis años de primaria era obligatoria la clase de religión, más exactamente lo que correspondía a la religión católica. Es la historia de Job. Satanás y Dios se dan a la tarea de poner a prueba a un ser humano; mientras que uno le quiere probar al otro la fortaleza de la devoción de Job le permite que éste reciba todos los vejámenes y sufrimientos posibles, ¡vaya negocio! Y el pobre Job como marioneta, si bien no sucumbe ante la adversidad, por lo menos tiene que pasar un muy mal rato a razón de que el de arriba posteriormente compense su fe con toda suerte de premios, un incidente tormentoso de todas formas.


Dios cumple, pero qué tan buena paga es el diablo? Por lo menos, en lo que encontré en la historia de Laura Rincón, personaje principal de Mal paga el diablo, del bogotano Álvaro Vanegas, me doy cuenta de que en efecto este cumple con lo que promete, pero me asalta una pregunta que estoy seguro se le ha cruzado en la cabeza a todo ser humano cuando piensa en subjuntivo: si yo fuera o tuviera…. entonces…, pongámoslo en términos más concretos: ¿qué le pediría al Diablo a cambio de mi alma si estuviera dispuesto a vendérsela?



La historia se desarrolla en los rincones de Bogotá e inicia con el último segmento en la vida de uno de los personajes, este ya había hecho el trato y ese día se cerraba su cláusula perentoria, era hora de morir, a cambio, por supuesto, de todas las bondades que el rey del inframundo habría de otorgar por ese suspiro, esencia, espíritu o lo que sea que fuera que lo mantenía vivo. A Mario Urrea le cumplió el Diablo, como se podría pensar también que le cumplió a Laura, una ludópata sin remedio (como JhonThompson) quien al bordear el despeñadero de la desesperación tiene un encuentro con un personaje que le presentaría una propuesta irrechazable, por lo menos así creo que lo reconocería el grueso de los mortales. ¿Qué más podría pedir un ludópata que poder ganar en el juego? El Diablo cumplió de nuevo. Pero da la casualidad de que lo más deseado y acaso inalcanzable pierde su esencia cuando finalmente es obtenido, hasta un adicto al juego le pierde interés a la práctica cuando ya sabe lo que sucederá en la siguiente movida. Pero Laura estaba destinada para planes de más alta confiabilidad mefistofélica, ella tiene que fungir como representante de la empresa de Lucifer y ofrecer vidas plenas y felices en la tierra por la módica suma de 21 gramos de éter, o de lo que sea que esté compuesta el alma, ya que tengo entendido es su peso en el cuerpo según el médico Duncan McDougall.


No se pueden evadir las cláusulas de un contrato ni su severidad, mucho menos cuando trae la firma del maligno. Con el diablo no se juega y si él cumple hay que cumplirle. No es un asunto de palabra, cuando se trata del Diablo él mismo se encargará de recordarnos que hay algo pendiente, y Laura no fue la excepción, cumplía o cumplía.


Me viene otro caso conocido a la cabeza, el de aquel anciano sabio que encerrado entre sus volúmenes y conocimiento es visitado por Mefistófeles. A Fausto también le ofrecen algo que no pudo rechazar, el conocer ciertos placeres de los cuales no tuvo la oportunidad de deleitarse por su férreo compromiso con el conocimiento. Como en el caso de Job, Dios y el Diablo se reúnen para apostar por esa alma. Ya sabemos lo que sucede y, entre otras cosas, podríamos pensar que el entregarse al conocimiento priva de ciertas delicias terrenales de las que Fausto al fin tuvo su bocado. El Diablo cumplió, y Margarita sería la razón por la que el académico finalmente terminara experimentando lo que le faltaba, su alma ya tenía dueño, aparentemente. Se necesitaría un segundo Fausto en donde precisamente Margarita apareciera y a través de su intercesión y de otras entidades etéricas se salvara su alma y lo más importante aun, se burlara al diablo; como con Job, hubo recompensa, pero Fausto salió mejor librado.


Volviendo a Laura y su contrato me encuentro con un desenlace parecido al que hice referencia en el anterior párrafo. Me enfrento a una serie de eventos inesperados que me arrojan imágenes parecidas a las escenas más aterradoras de la película el exorcista (de William Friedkin), escucho el escalofriante eco del primer minuto de Tubular bells, su banda sonora, y termino por no entender del todo algunos giros inesperados. Sin embargo, me queda algo claro, se podría burlar al Diablo, se le podría vencer, pero hay que probar de su medicina para por lo menos intentar entrar en su juego y terminar sabiendo si es posible.


De manera que, si su curiosidad los incita, muy probablemente ya estarán pensando en invocarlo para escuchar qué les ofrece, pero si ese no es el caso, les propongo que se sumerjan en una narración urbana cuyo hilo conductor es el temido ángel caído del que muchos han sacado provecho, no solo firmando sus contratos sino como eje de creación, porque todos, de alguna forma, siempre hemos buscado aprovecharnos del diablo.
Carlos Andrés Manrique
Me gusta escuchar lo que otros dicen sobre libros que he leído, sobre todo lo que las nuevas generaciones tienen que decir sobre los clásicos, o la poesía. Soy profesor de literatura, por lo cual, esta necesidad de escuchar otras perspectivas se ve compensada continuamente. Me interesa encontrar conexiones entre los mundos generados por las obras, los contextos de quienes las escribieron y sus vidas. Una de las prácticas mas importantes de mi ejercicio como lector es rastrear la extensión de las voces narrativas como conciencias encarnadas, de allí que se convirtiera en el eje de muchas de mis lecturas y en el tema de mi tesis de maestría. Creo que hay que leer lo que queramos, cuando queramos; la lectura es la posibilidad que nos abstrae de los ejercicios cotidianos y nos hace más humanos, más proclives a maravillarnos en un mundo en el que los límites del asombro se han desdibujado tanto y parecen tan lejanos. Escucho, entre otros, a Django Reinhardt, soy fanático furibundo de The Doors, Les Luthiers y Star Wars. También, en reuniones familiares, toco boleros y villancicos con mi guitarra.


Las imágenes fueron tomadas sin fines comerciales de:
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http://www.anotherdaygames.com/den-slot-faust-runterladen/
http://tooscarytowatch.blogspot.com.co/2012/09/best-religious-horror-films.html

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