Un furioso delirio en "El frenesí del mundo"

 
 

¡Sturm! Estornudé fuerte al comienzo de la obra. Los estornudos puedo controlarlos, LectEr, si me tapo la nariz, pero este me sorprendió, fue súbito. ¡Drang! Estornudé de nuevo, justo cuando un Fausto viejo se empeña en mostrar el hastío que le produce la vida, el deseo por la muerte, la náusea nauseabunda que abunda en su vida y puede que en la tuya, la de tu vecino, la mía. ¡Sturm! ¡Drang! Otra vez. Incontrolable, nauseabundo y todo, pero el actor no se alteró y siguió interpretando al Fausto viejo del comienzo de la pieza. Tampoco lo hicieron las Margarita, ni las Emperatriz; César me codeó una vez, pero creo que por casualidad antes que por mi Sturm y mi Drang que me llevaron a acompañar el comienzo de esta pieza teatral.

 
Te estoy hablando LectEr de El frenesí del mundo. Es una adaptación libre de Fausto, de Johann W. Goethe, realizada por Liliana Montaña y César Badillo, e interpretada por actores de la Casa del Teatro Nacional de Bogotá.
 

Hay varios aspectos que me cautivaron de esta pieza. El primero de ellos son algunas genialidades que se distribuyen a lo largo de la obra. No los nombraré todos aquí ni en el orden cronológico porque mi interés LectEr es motivarte a que vayas a verla antes que contártela. Pero verás en el escenario una torre gigantesca que me hizo pensar de alguna forma en el monarca autócrata que aparece en tantas portadas del Leviatán, de Hobbes. Se trata de una torre piramidal en el que vemos a la Santísima Trinidad. Entonces allí está Dios, Hijo y Espíritu Santo. Desde esta torre que se desplaza por todo el escenario en algunos momentos, Dios y los suyos parecieran verlo todo, controlarlo todo con ese Poder descomunal de un Estado absoluto. Sin embargo, esta pirámide se verá desacralizada cuando Mefistófeles la aborde y desde ella regente la vida de Fausto; cuando diferentes personajes alejados de toda santidad la ocupen, la copulen, la perviertan.

 
 

(¡Sturm! Nuevamente) Quizá recuerdes LectEr que la obra de Goethe uno podría leerla desde el Bien y el Mal; el montaje que verás por supuesto tiene en cuenta estos aspectos, pero el asunto va más allá de la simple polaridad entre lo bueno y lo malo. Lo malo, lo sabes, puede tener cosas maravillosas: quiero que te fijes en la bruja de dos cabezas; grotesca y breve verás a esta mujer con joroba y fea y bruja y bicéfala dar un brebaje a Fausto que le permitirá recobrar su mocedad mientras la mujer canta: Del uno al diez,/ Métela bien…/ Deja el dos/ Y hazlo con tres…/ ¡Pierde el cuatro!/ Como un perro, como un gato…/ Del cinco al seis/ El doctor murió en el cuarto./ Así dice ‘la Brujas’… Y esto último, por qué ¿cómo te refieres a una persona con dos cabezas en un cuerpo? ¿Pueden ser “las brujas” si solo tienen un cuerpo? ¿Puede ser “la bruja” si tiene dos cabezas? Quizá por eso “la brujas” cala perfecto LectEr a este personaje inverosímil que aquí es veraz. ¿Te atreverías a pedirle de este brebaje? (¡Drang! Malditos estornudos).

 
 

¿En serio bien y mal LectEr? Qué decir entonces cuando en el montaje de El frenesí del mundo, ves que los actores que interpretan a Dios, Hijo, Espíritu Santo y el séquito de ángeles, son en una de las escenas finales los demonios que acompañan a Mefistófeles en la pugna por el alma de Fausto. Quizá no importe tanto este aspecto, pero cuando el bien y el mal son inseparables, y son encarnados por los mismos actores, estamos ante la vida de todos los días de la mayoría de seres humanos que no somos sólo buenos o sólo malos. El trasegar en esa dicotomía es la que nos permite ser falibles, caer y levantarnos, mirarnos en el espejo sabiendo que somos perfectibles, que nos estamos construyendo y convirtiendo en un “ser-algo” que consideramos adecuado para nosotros, al menos momentáneamente.

 

¿Bien o Mal? Hay una analogía sensacional. Recuerda que Fausto(s) seduce a Margarita(s) gracias al trabajo de Mefistófeles(s): ocurre que en el momento de la cópula Fausto extrae de la entrepierna de la mujer virgen una manzana: la ingiere, la devora con deseo, con sevicia la come, con maldad ha quitado a Margarita aquello que era asaz valioso en épocas lejanas. La manzana, la virgen, el pecado original, el dolor, el castigo, el arrepentimiento, el destierro, la muerte. Una fruta insípida como la manzana, marca en esta versión de Liliana Montaña y César Badillo un acontecimiento que pone sobre la espalda de Fausto(s) una carga que a pesar de Mefistófeles(s) pareciera no abandonarlo del todo.

 

El segundo aspecto en el que quiero que te fijes LectEr tiene que ver con el género, con el tuyo, por ejemplo, que no eres Lector ni Lectora sino LectEr, a partir de lo cual puedo inferir que estás sentadA en un café leyendo esta frase, o estás paradO en una fila leyendo esta letra “E”. ¿Importa? Quizá no, cuando ves que en pleno Frenesí del mundo un hombre interpreta a Fausto. Eso es lo normal quizá creas, pero ¿por qué? ¿Qué es lo normal? Porque desde esa perspectiva de siempre, nos imaginamos a Fausto como hombre, a Mefistófeles también y a Homúnculo igual. Y ¡qué decir de Dios, qué de los ángeles, qué del demonio! Pero aquí, en este frenesí, en este delirio furioso, Dios, Espíritu Santo y Homúnculo son mujeres. Dios, desde lo alto de su construcción piramidal, con su voz propia femenina encara a Fausto y le recuerda falsamente que Ella es la única que da y quita la vida (ignorando que Fausto ha creado a Homúnculo mujer). Y qué decir del hijo de Fausto con una Margarita-Elena encarnado por una actriz de torso desnudo: la mujer que es hombre; el hombre que tiene senos; el cabello falso del hombre sobre la cabellera real de la mujer.

 
 

(¡Sturm, Drang!) Y Fausto, ese intelectual que en el más amplio sentido de la palabra, y desde la etimología latina, se preocupa por el discernimiento de las cosas y la comprensión con criterio de las cosas del mundo, es interpretado por un hombre y una mujer. Y Mefistófeles, visto desde una probable etimología griega como “enemigo de la luz” o “destructor” y “mentiroso”, y que en El frenesí del mundo logra arrebatar el alma de Fausto para el infierno, también es interpretado por una mujer y un hombre. De modo LectEr que Fausto y Mefistófeles, son en este montaje una encarnación ejemplar del frenesí: nos llevan a una “perturbación del ánimo” y trastocan los imaginarios de lo masculino y lo femenino en la interpretación de personajes clásicos. (¡Sturm, Drang! ¡Qué cosa!) Con Judith Butler sabrás que mi masculinidad de cronista obedece al performance que he ejecutado siempre y que me fue impuesto por la cultura: me refiero a mí en masculino siempre, y soy también el hombre que soy por la reiterativa puesta en escena que en mi masculinidad se “garantiza” con el lenguaje.

 
 

Mira LectEr nuevamente las definiciones: frenesí, desde el latín nos ubica en el delirio, la locura, o un estado excitado de la mente. De manera que Fausto(s) no es el único afectado por la (des)gracia de Mefistófeles: somos todos: dramaturgos, actores, director y espectadores. Nuestra mente, la mía en este caso, se descubre asombrada cuando se alternan las dos actrices que son Margarita y luego mueren; o cuando la primera actriz que interpreta a la Emperatriz, en plena escena se despoja del personaje y entrega sus atributos reales a otra actriz; o cuando la y el Mefistófeles circunda a la y el Fausto. Dos que son uno. Fausto dice a Mefistófeles: “Te llamas una parte y ¿sin embargo te presentas ante mí como un entero?”. Dos que son uno en Mefistófeles; dos que son uno en Fausto; dos que son uno en Margarita y dos que son uno en la Emperatriz: quizá nos pensamos como un entero y no nos damos cuenta de que en realidad somos sólo una parte de nosotros mismos.

 

De modo que El frenesí del mundo me induce a la violenta exaltación. La vivo sentado en la silla de este lado o la vivo en la silla del otro lado, mientras los actores se pasean con su armatoste piramidal frente a los que estamos acá y los que estamos allá. Tal exaltación que me perturba el alma y me motiva al delirio, lo experimento con todas estas cosas que te he contado LectEr, pero también con cuestionamientos básicos sobre lo que somos y lo que estamos viviendo. El final de la obra, que no voy a contarte, es una clara muestra de ello. Vivimos en un hoy casi definido por el afán de progreso y el afán de poder sin importar el costo y sin algún interés por el otro. Por eso tienen poca importancia la muerte por fuego de los ancianos Filemón y Baucis, tampoco importa la muerte de Margarita(s), la pérdida del hijo vástago de Fausto, el daño que se causa al imperio de la Emperatriz. La importancia nula de estos aspectos es insípida pues son un obstáculo para el progreso.

 

Mientras observaba esta pieza, recordaba la idea aquella en la que Adorno y Horkheimer condenan la modernidad por hacer del hombre una pieza del engranaje intercambiable a capricho del manipulador de la máquina. (¡Sturm, Drang! ¡Diantre! Los estornudos no me abandonan). Somos una pieza más de la máquina que puede anularse con un movimiento, con una posverdad, con un meme que ridiculiza tu trabajo. Somos una pieza a la que a veces solo le importa una fotografía con la estrella del momento, con el cadáver de turno, con la cara bonita de la miseria que nos engaña y no nos deja ver que estamos tocando fondo (¡Sturm, Drang! ¡Ya basta!).

 
 

LectEr, El frenesí del mundo sólo en un aspecto termina como termina Fausto, la muerte del hombre protagonista que “¡Ay! ha estudiado ya filosofía,/ jurisprudencia, medicina, y luego/ teología también… y pobre loco/ sigue sin saber más que al principio”. El aspecto en que difiere el final lo dejo para cuando vayas a verla. Sin embargo, quiero contarte que hay una imagen fabulosa cuando el Fausto y la Fausto han muerto y sus cuerpos yacen en el piso uniendo su “dos que son uno” por las cabezas: la Mefistófeles y el Mefistófeles riñen en pugna con los ángeles por el alma de este sujeto que siendo dos es uno.

 
 

El frenesí del mundo fue el trabajo de grado de los estudiantes de La Casa del Teatro Nacional. Fue estrenada en junio de 2017 y tiene una corta temporada en este mismo lugar del 27 al 30 de junio de 2018. Actúan Luisa Salamanca, Amadeo Pulido, Darinel Pineda, Leyla Gutiérrez, Sonia Torres, Miguel Malaver, Camilo Castañeda, Laura Mejía, María José Agudelo, Paula Montenegro y Melisa Gracia. La dramaturgia es de Liliana Montaña y César Badillo. La dirección es del mismo Coco Badillo. La música original estuvo a cargo de Vladimir Giraldo.
Ve LectEr por este Frenesí del mundo, si fueras tú quien estuviera en la piel de Fausto ¿qué sería suficiente para ti y venderle tu alma al diablo?

 
 
 
 

Las imágenes fueron cedidas por la producción de la obra.



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