Cuando el infierno del tiempo nos condena a un laberinto plagado de odios

Cuando el infierno del tiempo nos condena a un laberinto plagado de odios

 

-A Rátiva

 

Seguramente te conmovió ver a Luzbel en traje de lino cuando dijo en tono determinante y frío (como puede ser cualquier ángel de la muerte) a los nuevos condenados: “les ofrecimos la vida de colores y prefirieron el blanco y negro”. Aunque no pude ver tu expresión de triunfo, sí tuve el tiempo suficiente para imaginármela y darme cuenta que esa obsesión por los colores y su significado está tan presente en el escenario de nuestras vidas, que hasta el mismo personaje que alguna vez tuvo el impulso de desafiar a Dios, también esa noche estaba de parte tuya. Siempre cruel e impasible, parecía barbotar palabras de desprecio, impregnado de ayeres ajenos que culpaban a aquellas almas que poco a poco estaban surgiendo de la muerte y adentrándose a una dimensión, desconocida para ellos, pero letal para el dedo acusador de la historia

 

Con ese leve carraspeo me pude dar cuenta que, al igual que yo (y tal vez para todos los que estuvieron ahí, perplejos, angustiados), te causó espanto ver encerrados en un mismo infierno a una mujer de sangre noble, perteneciente a la alta alcurnia bogotana, a un poeta ebrio, cuyas únicas armas siempre fueron la pluma y la botella, a una extranjera partícipe de la masacre de las bananeras, con un estilo particular de ocultar la vergüenza y a una desplazada por los tiempos crueles en los que solamente nuestra memoria alcanza a nutrirse por el imaginario de los libros.

 

A lo mejor recuerdes que, para escarbar el pasado y su memoria es necesario pasar primero por el infierno del tiempo. Y qué mejor manera para empezar con este espectáculo que exhibiendo a la mujer emperifollada de alhajas, cubierta por un largo y elegante traje morado (¿acaso podría representar el peso del luto que debía soportar durante la eternidad?), sobrellevando, todavía con el orgullo característico de una élite social a la cual estaba acostumbrada a discriminar con delirios de grandeza y ademanes soberbios a todo aquello que no representara su sangre noble, las penurias de su pasado. La pobre también tenía su pecado encima, o me vas a negar que detrás de la finura, las buenas costumbres y del rigor impuesto por la familia de bien, se escondía un fervor y odio enfermizos, a ese badulaque de ínfimas condiciones, cuyos ademanes contrastaban rotundamente con las de su círculo, pero aun así la seducían constantemente hasta el extremo de llevarla a la fatalidad

 
 

El poeta, el hombre, el dueño de las palabras, el que todo lo ve con los ojos de la metáfora y se pavonea con el lenguaje mundano, el perseguidor de los amores a medias y el aventurero que busca refugio en el cuerpo de las prostitutas para saciar la sed de amor y odio sin promesas de eternidad, el único capaz de bailar con la muerte y seducir a las huestes del infierno con versos, aquel que no condena su pasado sino lo glorifica con el juego de las nostalgias, te impresionó mucho. Sobre todo cuando fue el único que se atrevió a bailar tango con Luzbel y al mismo tiempo ofendía con gestos de burla a la mujer de sangre noble. Tuve que verlo ahí, en primera fila, para confirmar la vieja idea que, aparte de tener un don de la naturaleza, los poetas son capaces de codearse con la eternidad sin importar qué tan malditos puedan parecer. Sí, tampoco pude evitar acompañarlo con un susurro apenas audible cuando recitó al gran Porfirio: “juego mi vida, cambio mi vida, al fin y al cabo la tengo perdida”.

 
 

¿Hipócrita? ¡Completamente! ¿Confundida? ¡Jamás!. Aunque en algún momento de su discurso se mostraba arrepentida por el resultado de su idea, no se justificaba la muerte de los obreros. Esa masacre no solamente provocó indignación histórica, sino también un claro ejemplo de atraso. La extranjera, sumida en los estragos causados por la organización criminal, pareció ennoblecerse utilizando un lenguaje torpe, pausado y lleno de erres guturales que no dejaban de parecer una maraña de pretextos. Era reconocer el símbolo de la manipulación e hipocresía de alguien a quien no le conmueve un ápice el sufrimiento de una multitud ajena. Tal vez pienses que su personalidad se asemeje a muchos personajes que han pasado por los lares de nuestra casa grande llamada Colombia.

 

Noté una risita de complicidad cuando la mujer abandonada a la suerte, ascendía a la locura para demostrar de esta forma el resentimiento que se adquiere gradualmente cuando alguien es víctima de una guerra inesperada. ¿Acaso lo asociaste, con cierta ironía, al amplio material perdulario que con tanta devoción han desdeñado muchos olvidadizos de nuestra patria? Se mostraba imponente pese a traer el abandono del otro mundo a sus costillas. Estaba enalteciendo el odio, expresando su ira con movimientos acelerados, prolongando el silencio para provocarnos una rara expectativa mientras jugaba con el fuego de su pasado, que tan bien lo simbolizó con los movimientos circulares de su antorcha, y concluir con un magistral resumen de una época que abrió esa herida incurable que hasta nuestros días jamás ha podido cicatrizar.

 

¡Mataron a Gaitán! ¿Cuántas veces escuchando ese mismo eco cada nueve de abril? ¿Cuántas veces soportando el mismo sonsonete trágico de varios octogenarios que, por causas inesperadas vivieron ese momento único e infeliz? Pero esta vez adquiría mayor repercusión. Porque no solamente era enterarse desde el infierno de la nada la voz excitada del narrador anunciando la mala noticia, sino también recrear esa angustia que, por cuestiones de generación, nunca vivimos. Quizás también padeciste la misma desesperación, cuando la noticia expuesta por una vieja radio confirmaba un acontecimiento que partió en dos nuestra historia, seguramente experimentaste un revolcón de sensaciones que terminaron por coincidir con la locura del poeta y la mujer desamparada, deseando con todo el fervor posible que se muriera en su propia crueldad la mujer de sangre noble y la extranjera, quienes se habían mostrado impasibles ante tal hecho, al descubrir que ese vestigio de esperanza denominado popularmente “El Caudillo”, había fenecido al igual que ellos.

 

Recuerdo que, después de la función, en medio de nuestrasamenas e inconclusas conversaciones y todavía conmovidos, exaltados, eufóricos e inquietos por causa de la obra magistral que habíamos presenciado, tuve el descaro de preguntarte, como una forma de recrear uno de los momentos que me cautivó mucho: ¿qué recuerdos de amor y de odio te gustaría jugarlos a las cartas, sabiendo que si perdías la partida, el azar los borraría de tu memoria para siempre? Cosa difícil, ¿no? Y eso que olvidé preguntarte si también estabas de acuerdo con Luzbel cuando decía, con la típica frialdad de un insensible: “el que se enamora pierde”. A lo mejor, si es voluntad del azar que volvamos a participar de otra función, puedas favorecer o contrariar al Ángel de los muertos resentidos.

 

Eso mismo habrían pensado aquellos que la presenciaron y aquellos que lo harán, cuando asistan al teatro La Mama, a esta obra, originalmente llamada El laberinto del tiempo, dirigida y escrita por Édgar Martínez, el mismo que nos abrió las puertas y nos dio la bienvenida como público tanto al inicio comoal final de la función y representada por el elenco: Natali Barrero, Luis Acuña, Isabel Granados, Nataly Arias y Adriana Botero y exhibida a partir del 5 de agosto

 
 
 

Fotografías tomadas por: Lya Lenux. .



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