Otra vez la caverna

 
 

Sabemos de memoria que esos hombres estuvieron encadenados mirando hacia el muro donde solo veían sombras, esas sombras que eran su verdad y que les encadenaban también a la ignominia que solo puede proporcionar la ignorancia consensuada por quienes alentaban el fuego gestor de las borrosas imágenes que abrazaban como fehacientes. Tal y como esos hombres que viven inmovilizados físicamente en la caverna platónica conviven los personajes de la distópica sociedad donde reina el orden de la salamandra, un orden en donde la tergiversación de la historia y el poder sobre el individuo convierte a los seres humanos es imbéciles felices que conviven en sus hogares con pantallas de techo a piso en donde la fábula proyectada les da la satisfacción de sentirse queridos y, por qué no, parte de un grupo llamado familia en donde les son dadas las directrices para vivir una vida feliz y estéril, les es ofrecida la senda autómata en la que son acogidos en el confortable escenario de no pensar, de no cuestionar y les es inculcado, obligado, el hábito de no leer; les es inoculado el miedo a las letras y a las hojas impresas; una sociedad perfecta en donde la igualdad es soberana y la ignorancia reina, una sociedad que aterradoramente se parece cada vez más a la nuestra. Explicaré mi aseveración

 

El envilecimiento del ser humano pareciera ser el común denominador que se sustenta como política general de nuestro entorno inmediato. Vemos con tristeza cómo se desmorona la autonomía y libertad que nos ha sido otorgada por derecho al nacer, convirtiéndose en una lucha incansable por la inopia mental, la simpleza, la pereza y la comodidad de no tener criterio. Mientras que en Fahrenheit 411 los individuos son sometidos a la ignorancia a fuerza de la amenaza del castigo y el fuego, en nuestro entorno tenemos la plena libertad de elegir si queremos vivir vacíos o si cultivamos el ejercicio intelectual, con desazón encontramos que la mayoría escoge la estulticia como su forma de vida.

 

Un elemento que cuestiona las instituciones y duda del sistema siempre será riesgoso para una sociedad autoritaria, nuestro protagonista, Guy Montag, empieza a sufrir una transformación con el solo hecho de conocer a un ser humano que es distinto a los demás, Clarisse McClellan. Es paradójico como una mujer que vive el fin de su adolescencia tiene tanto que enseñar a un miembro activo del sistema represivo, Clarisse se pregunta constantemente sobre lo que hay a su alrededor y le hace una pregunta a Montag que es el inicio de su metamorfosis mental, es la pregunta que todos nos hacemos constantemente y la que es motor de muchas de nuestras decisiones: somos de verdad felices? La curiosidad de Montag por conocer lo que hay más allá de las preguntas necias de la jovencita lo encamina a la ambición que desde ese momento sería el objetivo de su vida: hacer que los demás entiendan que lo que consideran como real, como fuente de felicidad, no es más que la desgracia de vivir subyugados al status quo del obediente, del que nunca saldrán porque el precio es alto, podrían incluso enfrentar la muerte.

 
 

Como nuestro hombre de la caverna que es liberado de los grilletes que lo sometían a vivir dentro de ella y después de haber experimentado la hiriente sensación en los ojos que acarrea enfrentar la luz de la verdad con las vicisitudes que esta implica, Montag asume como personal el reto de compartir esta apertura al mundo con los demás, lo que resulta ser deprimente y pone en peligro su propia vida; ni siquiera su esposa se lo permite y termina delatándolo a las autoridades. Es triste para él, como para muchos de nosotros, ver como tantos miembros de esta sociedad tienen la posibilidad de salir de la vacuidad de la ignorancia en la que se han sumergido y simplemente optan por seguir alimentándose de insensatez, se entregan a la información sesgada, al entretenimiento vacío, a la secta del líder que los convierte en su séquito de idiotas útiles. Estamos rodeados de seres peligrosos para quienes el único afán es que les sea proporcionada la dupla de la felicidad que desde la sátira de Juvenal en tiempos del imperio romano ha recobrado vigencia: panem et circenses.

 
 

La amplitud del tema se extiende por otros nombres de quienes en su afán de abrir los ojos a sus semejantes intentaron plasmar el peligro del control absoluto y la coartación de la libertad, Orwell en 1984, Huxley en Un mundo feliz y Vonnegut en Harrison Bergeron se suman al esfuerzo del individuo sacado de la caverna quien se propone, como empresa dignificante, romper el yugo de los que solo ven sombras sometidos por los titiriteros detrás del muro donde brillan las antorchas. Sin embargo, en estos días reina una ironía, un alarmante cúmulo de seres humanos ha escogido la caverna. Si bien en la alegoría de Platón los hombres fueron forzados y encadenados a vivir en ese cruel remedo de la realidad, lo que actualmente vemos es que los seres humanos forjan sus propias cadenas, se aferran a ellas y se sienten realizados aun cuando tienen la noción de que la verdad está en otra parte. No hay necesidad de quemar libros ni de perseguir y penalizar a aquellos que los lean, estos no son considerados peligrosos porque el conocimiento no atrae al ciudadano de estos días, éste se ahíta con el acervo incipiente que la sociedad de consumo e información le proporciona. Ya no se escucha música sino un remedo de ruidos básicos que abanderan lo insulso e insultan la inteligencia y la dignidad; el futuro no es promisorio y el presente no puede ser menos que desalentador.

 

Bradbury convirtió a Guy Montag en un héroe futurista, el que quizás encontremos en algún paraje, en alguna esquina, desafiando la avalancha de levedad que lo superficial provee. Considero valido y vigente su esfuerzo, pero me temo que historias como estas no habrán de emularse en el futuro porque nos adentramos en tiempos verdaderamente alarmantes, nos estamos convirtiendo en la distopía a la que tanto tememos, la gran mayoría recibe con venias y beneplácito la castración de su inteligencia y la limitación de sus libertades, no se necesitan pantallas gigantes en las casas o bomberos que ignifuguen objetos para después ponerlos a arder, los propios seres en uso de su libre albedrío lo están haciendo, la ceguera y estrechez mental de la que se están apropiando y orgullosamente exaltan con su decadente actuar nos conduce con estrépito al aterrador destino que alguna vez solo hacía parte de la ficción.

 

Fotografías tomadas de: -https://1.bp.blogspot.com/dDQZT0TlRis/WIxz5JWsZ8I/AAAAAAAAmxc/nzi6JLs97SkdVFOhr9YTh1aCwMOkntyygCLcB/s1600/1984%2Bde%2BGeorge%2BOrwell.png -http://omnia.ddns.me:9100/wp-content/uploads/2014/10/el-mito-de-la-caberna.jpg
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-http://www.radiocable.com/analisis-de-fahrenheit-451-en-la-cafetera-una-sociedad-que-criminaliza-los-libros-persigue-anular-el-espiritu-critico.html



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