Sobre Blancanieves y su universo macabro

 
 

A decir verdad no estaba tan convencido de padecer una obra que estaba programado en la tarde, pese a tener un título llamativo y enterarme de quien representaría el monólogo (nada más que el gran Sebastián Uribe). Por lo general esta clase de drama (que bien puede considerarse un drama macabro), suele verse bien en las noches, sobre todo porque la música de fondo, los murmullos de vértigo perfilándose al compás de un escándalo monótono e incómodo, abrían paso a un repertorio letal, interesante y, en cierto modo, repulsivo, para los que aún no nos tomábamos en serio la tarde de aquel horrendo sábado de agosto.

 
 

No fue precisamente una alusión fantasiosa a lo Perrault o, peor aún, al estilo caricaturesco de los hermanos Grimm. Aquella fue una invención más bien cruda de una Blancanieves sometida a las infamias más terribles, producto de su mundo insensible y recrudecido por una de las más bajas pestes que ha concedido el universo: el humano.

 

En ningún momento apareció la salvación para ella, siempre había una condena tanto simbólica como voluntaria. Estaba Blancanieves ahí, envuelta en su espacio reducido, soportando de nuevo las vejaciones que le concedían sus opresores como una recompensa a su ingenuidad, sin más alternativa que resignarse cada vez a ese silencio típico de alguien a quien los estragos de las penurias lo han condenado a una locura llevadera. Los globos, representando las muertes más despiadadas, provocaron un espanto desgarrador, no solo por cómo describía aquellos crímenes (porque hay que estar uno sentado y verse ahí, como un espectador atemorizado, para no dejar de sentir horror y pena por aquellas vidas que fueron vilmente arrebatadas), sino porque me pareció ver los cuerpos de múltiples ex mortales engañados hasta llevarlos al precipicio, reducidos a una vaga esperanza.

 
 

Fue curioso ver a Blancanieves siempre con la burka que le cubría el rostro. Lejos de cualquier interpretación cultural que se quiera dar, estaba ocultando lo poco que quedaba de cordura. Cuando se acercaba el momento de los castigos, cuando el peligro la acechaba, golpeándole a la puerta de su infierno, cuando estaba obligada a explorar cada círculo de aquellos infiernos, mantenía la expresión resguardada, quizás incomprensible y abierta a la impresión de un público consternado.

 

Por cada cambio de imagen aumentaba el vértigo. Pero lo que más me impresionó fue la escena de la mesa y los platos que, rodeados con elegancia, preparaban un banquete exquisito. Pero, lo que siguió, abrió pasó a otra escena mucho más trágica: las bolsas, cuyo interior resguardaban vidas pasadas, se exhibían de una manera solemne que bien pudo considerarse como un arte del horror. Estaban expuestos a todo el público y Blancanieves, la otra versión de ella, la engañada por las circunstancias, la entregada a la miseria diaria, la partícipe de la comedia humana, la que esperaba con ansias las voces lejanas de sus acosadores para entregarse en carne y alma magulladas a los placeres del crimen, se presentaba como una expositora cómplice de la muerte vil.

 

Olvidé de inmediato que era sábado en la tarde, ignoré por completo las escasas murmuraciones provenientes de alguien que estaba cerca de mí, dejé a un lado la historia típica de Blancanieves y su extraño vínculo con los siete enanos, prescindí -todo lo que se puede- de las fantasías de ayer y de antier que tanto nos han propuesto los medios comunes sobre el complot irreal con que algunos autores nos engañaron para mostrarnos otra versión mucho más absurda de ella, despabilé el sentido de la sensibilidad y, finalmente, pude hallar de gran manera los múltiples vestigios de aquella mujer confundida en el universo de su soledad, pude darme cuenta de que no estamos distantes de padecer del mal de Blancanieves y su universo macabro en nuestro despiadado siglo.

 
 

De ninguna manera me di cuenta de cómo había pasado tanto tiempo entre súplicas discretas, señalamientos de culpa, elogios a la miseria y encuentros cotidianos con la muerte, que, al finalizar, muchos de nosotros, todavía expectantes, esperamos unos segundos para asegurarnos que la obra definitivamente había llegado a su fin. El gran Sebastián tuvo que salir de los entresijos de su monólogo, despojarse de la burka y presentarse ante nosotros, con la particular seña en las manos que quiere decir que todo va muy bien, para regresar a una tranquilidad temporal y, convencernos de inmediato, que la alegoría al terror había terminado.

 

Adaptada de la obra de Angélica Lidell, Y como no se pudrió Blancanieves fue dirigida por Fernanda Rodríguez y exhibida durante el mes de septiembre en la temporada de monólogos. El teatro García Márquez abre sus puertas para que disfruten de esta y otras obras y sean partícipes de un gran repertorio, esta vez, y con mayor desafío, en los tradicionales horarios nocturnos.

 
 
 
 
 

Imágenes cedidas por la producción de la obra.



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