PREGÚNTATE ¿CON QUIÉN ESTÁ TU LEALTAD?


 
 

"¿Sabes por qué me respetan? Porque soy capaz de todo por mi gente”.

 

Me quedé entre dos aguas, entre dos ambientes que se entrecruzan y me regresan a sensaciones que creí olvidadas y que más bien estaban agazapadas; mirándome acechantes, a la espera del momento oportuno para darme el zarpazo de muerte… Tuve que permanecer en silencio por un instante que pareció eterno, hasta que el pulso y la respiración volvieron a un ritmo medianamente llevaderos. Tengo en la boca una sensación amigable de sal y arena.

 

Este es el colofón de la experiencia que viví con la más reciente película de Ciro Guerra, una obra fílmica que nos regala la oportunidad de replantear el sentido del patrimonio cultural colombiano. Después de El abrazo dela serpiente, el director, en compañía de Cristina Gallego, nos transporta a otros parajes épicos. No se trata de una apología a los males endémicos de nuestra nación, ni una reivindicación de los héroes de papel que nos ha legado la cultura. Es más bien una obra estructura sobre la trágica epopeya de una estirpe condenada a cargar con el sino fatal de las razas condenadas.

 
 

Me refiero a Pájaros de Verano (2018), obra en la que se describe la entronización meteórica y posterior descenso infernal de un sujeto y su familia, gracias al advenimiento de la bonanza marimbera de los años setenta y ochenta en nuestro país. El sujeto en cuestión es Rapayet Abuchaibe, un wayúu que lucha por el amor de una mujer y quien tiene que sobrepasar las más duras pruebas para demostrar su valía ante la comunidad, representada en una poderosa matrona que no le dejará fácil la tarea de pertenecer al clan. Se trata de una obra en la que se pone de manifiesto la lucha del hombre contra el destino, una obra narrada en cinco cantos, como si fuera una epopeya griega, pero narrada por un juglar de origen indígena. Cinco cantos que componen una sinfonía de dolor y sufrimiento, matizada por la belleza de los parajes y los colores, por la música que envuelve y la exuberancia de las mujeres y hombres que conforman los cuadros que se montan en cada escena.

 
 

Dentro de la película se pueden entrever elementos narrativos propios de la cultura Wayúu y que se identifican con claridad en otros textos. El vallenato como estrategia narrativa, las parrandas y las notas mágicas de El gavilán mayor, o el inevitable encuentro de un hombre con el espíritu de su compadre a quien él mismo asesinó. Esta última, alusión directa al infinito encuentro de José Arcadio Buendía con su compadre Prudencia Aguilar, a quien dio muerte por un lio de gallos.

 

Todo es bello en la cinta, pero lo que cautiva es el uso de la lengua, y no porque sea el Wayuunaiki el idioma empleado en la mayoría de los parlamentos, asunto que ya la hace divina, sino que se reivindica el valor de la palabra como constancia suficiente de la honorabilidad y calidad del ser humano. Los ejercicios retóricos y argumentativos están a la orden del día, con lo que un personaje como El Palabrero se lleva toda la admiración y el amor del público asistente. Es algo así como una invitación a volver a mirarnos a los ojos y decirnos con franqueza, pero con sustento, todo lo que pensamos. La palabra se respeta pues es la manifestación del lenguaje. Somos seres humanos, culturales y sociales, somos lenguaje.

 
 
 

Quiero volver sobre algunos aspectos que me dejaron maravillado, tanto que vi la película dos veces. Pero es que la diégesis está tan bien montada que el espectador no quiere despegarse de la pantalla. Las imágenes son sobrecogedoras y las actuaciones están bien delimitadas; no hay un personaje que raye en lo paródico o grotesco. Vale la pena resaltar a Úrsula Pushaina, la pétrea mujer interpretada por Carmiña Martínez, que defiende el honor del clan y la familia sin darle importancia a los obstáculos que se deban enfrentar; es ella quien carga con los hilos de la historia.

Y serán los hilos, los tejidos, una metáfora de la construcción cultural que quiere mostrar la película. Éstos aparecen en las mantas de las mujeres, en los sombreros de los hombres, en la mochila que teje el porvenir de los niños dentro de la comunidad. Son una explosión de colorido que hiere dulcemente los ojos del espectador. Imágenes que quedan impresas en la mente de quien las disfruta y las recrea como posibilidades de su propia existencia.

 

Así que efectivamente me quedo entre dos aguas, la mirada del que quiere fungir como pseudocrítico de cine y la de quien se deja sorprender por la belleza de unos lugares que pude disfrutar de primera mano. Pero ahora los recuerdo son amables, la brisa que viene del norte pega con fuerza en mi rostro y entonces redescubro las formas olvidadas del desierto guajiro que me piden regresar. Quedo absorto, dolorosamente feliz y con ese sabor de sal en la boca.

 

Las imágenes son utilizadas sin ánimo comercial: https://laguajirahoy.com/2017/12/asi-se-vera-natalia-reyes-interpretando-a-zaida-pushaina-en-pajaros-de-verano.html https://www.shock.co/cine-y-tv/por-que-hay-que-ver-pajaros-de-verano-ie2561 https://www.cinecolombia.com/pelicula/bogota/pajaros-de-verano/


DEL AUTOR: Antonio Moreno Q. es Licenciado en Español – Inglés de la Universidad Pedagógica Nacional, Magister en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo, Maestro de literatura, investigador en pedagogía y didáctica; curioso por el cine, el arte y el futbol en todas las categorías y formatos. Contacto: amorenoquiroga@gmail.com Twiter: Amoreno @amorenoquiroga Intagram: @aqmoreno


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad