Identidades enlatadas


Hay muchas formas de escribir la historia. Una de ellas es evadirse, otra es buscar un pasado para recordar los momentos trascendentes del pasado. Otra vía consiste en buscar los amigos que nunca te van a recordar una vida llena de halagos. Esos son los amigos que valen la pena. Esos que te muestran una realidad descarnada, como el oxímoron que se experimenta cuando uno se asoma a la obra de Oswaldo González (Valdivo). Entender la historia contemporánea implica estar dispuesto a entender las contradicciones propias de un sistema económico que nos devora mientras lo consumimos. Comprender nuestra cotidianidad también nos lleva al abismo del aburrimiento que se entorcha en la fila del banco, y tratamos de soportarlo tragando una colombina que nos transfiere un efímero placer azucarado. En esos momentos en que percibes el tiempo arrastrarse por la conciencia, admites que los pocos minutos de vida se te van haciendo una consignación en un banco. Es el mundo del consumo moderno que todos los días nos arrebata el tiempo humano de la contemplación.





El vacío de nuestros tiempos nace de una insatisfacción a la cual nunca le vamos a ver la cara, la forma, el color, el tamaño, ni el peso, pues un concepto abstracto sólo es traducible a un elemento concreto mediante el uso de las metáforas. Tal vez por eso es que el arte moderno genera horror, por el vacío explicativo que produce la abstracción conceptual. Contemplar ese vacío inconsciente y abstracto, se traduce en vivir atrapados en el mundo contemporáneo del consumo desenfrenado, inmediato y sin rostro. Ese es el problema, que terminamos, sin advertirlo, alimentándonos y buscando el placer en objetos y productos que se nos metieron en nuestra vida mediante el disfraz de las apariencias construidas a partir de los empaques. Sin darnos cuenta nos convertimos en individuos enlatados, encerrados en una realidad empacada en la cual nosotros también nos vendemos al mundo mediante realidades distorsionadas y mediadas por las redes sociales. Por eso, siempre que busquemos ser felices mediante la acumulación de mercancías, desembocaremos en la virtualidad de una felicidad superficial.



Las fotografías de Valdivo nos remiten a ese complejo mundo cotidiano de la alimentación, el discurso publicitario y el deseo. Esto nos lleva a concebir la comida como un elemento ligado al mundo de los empaques, con lo cual creemos en que debemos nutrirnos de lo que vemos y envasar los sentidos en una era del vacío, en la cual nuestro ego grita su soledad. Y sí, nos convencemos de que lo más pertinente es moldear tu cuerpo y tu alma a partir de lo que debes comer. Pero, no. No siempre la belleza se fundamenta en la dietética. La belleza también se puede encontrar en la repugnancia hacia el imperio de las marcas y de los carteles publicitarios.
A mí siempre me enseñaron que si veías a una serpiente con colores iridiscentes no te le podías acercar porque era un animal venenoso. Y creo que viendo este trabajo plástico he perdido el miedo a esos animales que te tientan con la brillantez de la fluorescencia. Detrás de esos amarillos, azules cianóticos, verdes infinitos, o rojos que parecen rosados, que juegan con tu ojo, está la ironía metiéndole mordiscos a la política, el hambre, el tedio de ir a un supermercado, o simplemente el vacío aterrador del sexo incompleto.






Sí. Pocas veces uno siente el vacío al pensar en que los alimentos están despedazando nuestra identidad. Es solo a través de la ironía estética que podemos hacer visibles esas contradicciones normalizadas por vía de la producción en serie. Las cadenas de producción de las fábricas se han inmiscuido en nuestra intimidad y han transformado nuestra visión del mundo, al punto de que cada día somos más romos y menos humanos. Es el sentimiento de que nuestros orígenes y nuestra esencia humana, se difumina en medio de una modernidad volátil y desarraigada.
De ahí que no puedo dejar de imaginar los momentos en que fueron concebidas cada una de las fotografías y las esculturas. Por eso le pregunté a Valdivo por el origen de su obra, él se remitió a su esposa. Sus ojos brillaron y los de ella también, porque es en esta serie de fotografías en donde confluye un periodo de silencio artístico, con el interés de su esposa por la actual problemática de los trastornos alimenticios que se presentan en la actualidad. Ahí entendí que el genio del arte romántico alemán y el concepto de la inspiración eran sólo unos mitos inventado por los europeos para hacernos creer que el arte era una magia que no necesita de elaboración y trabajo. Pero al escuchar a Valdivo entendí que una obsesión de la esposa se puede volver arte mediante la reelaboración del concepto, y el cuidado del detalle al momento de escoger los objetos, los colores y la luz. Eso no es evidente en sus fotografías, pero sí en los guiños que nos hace desde sus latas, o desde las frutas corrompidas por una perversidad explícita, rodeada por los intertextos que nos remiten al arte pop de Warhol, la música de The Velvet Underground y que en medio de esa combinación de múltiples discursos y referencias a la cultura popular, nos eleva hasta los sueños de un dios que inventó el arte.

Cada una de las latas está diseñada desde su misma etiqueta, y tanto la escogencia de los colores como la disposición visual del concepto en la fotografía, está pensado para que cada una de las latas sea una escultura. Así, el concepto de toda la obra está influenciado por el arte pop de Warhol, para servir como un medio de denuncia de las problemáticas políticas como la inmigración en Estados Unidos, el Proceso de Paz colombiano, los falsos positivos, los secuestrados, la cosificación del deseo sexual y los alimentos convertidos en una mercancía fetichista. De hecho, es sobrecogedora la anécdota sobre el proceso de construcción de una de las latas Campbells que tiene una etiqueta en la cual se lee: “Frontier. Don´t Pass” y está rodeada por una alambre. Lo curioso es que este alambre fue rescatado de un campo de secuestrados y, por una serie de azares encadenados, Valdivo resultó comprándoselo a un campesino, quien a su vez lo consiguió en la finca de un militar.
Nunca me habría imaginado que un concepto tan cotidiano como alimentarse podría deshumanizarse. No todos los días pensamos en que tomarte una sopa, o nutrirte de hechos cotidianos como ver un noticiero o un partido de fútbol, o simplemente, tener sexo, fueran un disparador tan potente como para perturbar la conciencia de cualquier espectador inocente, que aún cree en que una lata de atún puede salvarle del solitario almuerzo de un domingo a las 6 de la tarde.




En definitiva, las protagonistas de esta serie de fotografías son las latas, porque son elementos cotidianos que buscan convertir a los alimentos en entidades no perecederas. Cada una de las series de fotografías construye una realidad estética que busca significar la industrialización y virtualización de la comida, entendida como el síntoma de un sistema que en todo momento está buscando la deshumanización de la cotidianidad, con el fin de aumentar las ganancias a partir de la mercantilización del humano y de la alimentación. En este universo artístico, los objetos tienen una historia singular, para que la foto y el objeto escultórico generen una carga significativa que derive en una mayor densidad del discurso para que el espectador se desestabilice.
En síntesis, la obra de Valdivo recoge la cotidianidad superficial, frívola y homogenizada, en la cual los alimentos, la belleza, el sexo, y los humanos hemos sido cosificados. Nuestra identidad ha sido enlatada en una radical soledad propia de la deshumanización y el consumo.
Todas las imágenes de la obra de Valdivo fueron tomadas de su página oficial, en la cual se pueden encontrar más fotografías que componen su obra plástica. Website: www.valdivo.com



Si tienen comentarios, sugerencias, felicitaciones o reparos sobre esta crónica, o quieren comunicarse con el autor escriban a contacto@diastematicos.com

 

Las imágenes fueron tomadas de www.valdivo.com



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