Leer a las escritoras: Parte I.

Las bibliotecas son organismos vivos: se expanden, se contraen e incluso sobreviven a sus usuarios. Cada una —es justo decir— tiene su propia personalidad. La mía, como descubrí no hace mucho, es machista. Tiene libros clásicos, modernos y posmodernos; narrativos, líricos y académicos; comerciales, independientes y de autor. Pero la abrumadora mayoría, inmutablemente, fueron escritos por hombres. Por supuesto que, como en toda biblioteca decente que se precie de serlo, hay alguna obra de Woolf, Mistral, Allende, de Beauvoir o Szymborska, pero más como decorosas excepciones que como parte estructural de la colección.

 

De eso, claro está, la pobre no tiene la culpa. Solo tuvo la mala suerte de dar con este insensato bibliófilo que, al pensar en Literatura, caprichosamente los ha privilegiado a ellos y las ha invisibilizado a ellas. Sentí pena por mi biblioteca y vergüenza por su dueño, dos sentimientos que me llevaron a tomar una radical decisión: implementar mi propia política de cuota literaria de género, que no es otra cosa que el compromiso personal de, al entrar en una librería, buscar siempre primero a las autoras. No se trata de obligarme a comprar libros de mujeres como quien se exige a darle una limosna a un pobre diablo con la esperanza de que con esas pocas monedas acalle su culpa; es modificar ligeramente el criterio de búsqueda que, como lectores, solemos tener usando variables tan arbitrarias como fascinantes: a veces escudriñamos en las estanterías por literatura latinoamericana, otras veces solo por ganadores del Nobel, en ocasiones nos dejamos guiar por lo atractivo de una carátula y, en otras, por la recomendación del librero de turno. ¿Qué nos impide agregarle a esta curaduría de comprador la variable “mujer”? Lo peor que puede pasar —pensé— es que nos enteremos de lo que están publicando las autoras, e igual eso sería una invaluable ganancia.

 

En mi caso, el beneficio superó con creces esta modesta expectativa y no tardé en hallar fascinantes obras escritas por autoras hasta entonces desconocidas para mí, una cornucopia de cuentos, novelas, crónicas y poemarios que no hubiera dudado en comprar independientemente del género de su autor pero que —y he aquí la cruel paradoja— solo pude notar cuando me di a la tarea, consciente y sistemática, de buscar escritoras. Así me topé con Mariana Enríquez, Tatyana Tolstaya, Leonora Carrington, Clara Obligado, Victoria Lébedeva, Chimamanda Ngozi Adichie, Doris Lessing, Ludmila Ulítskaya, Penelope Lively y un largo etcétera.

Aprovechando el espacio que amablemente me ha abierto Días Temáticos en su Viernes de Lectura, desde hoy empezaré una serie de crónicas sobre libros escritos por mujeres, como una forma de visibilizar lo que nunca debió estar en opacidad, de sumarme a la más que oportuna iniciativa #LeamosLectoras y de, con algo de suerte, lograr que otras bibliotecas como la mía dejen de lado su machismo.

***
 

Alguien camina sobre tu tumba.

 

“Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”, le dijo José Arcadio Buendía a Úrsula. La sentencia penetra mi cabeza como un balazo cada vez que camino por el Cementerio San Pedro o por el osario de Calasanz, recordándome que, a pesar de la tendencia nómada, mi familia y yo seguimos siendo de allá.


Mientras leo uno de sus libros, me pregunto si Mariana Enriquez conoce aquella macondiana frase. Quiero pensar que sí, que es tan consciente de ella que incluso se obligó a sacar de su obra cualquier referencia a sus propios muertos, a aquellos que la hacen realmente bonaerense. Prefirió quedarse con quince crónicas muy personales pero difícilmente familiares, las quince que componen Alguien Camina sobre tu tumba, un recorrido histórico, arquitectónico y humano —de su propia humanidad— por igual número de cementerios del mundo: La necrópolis de Colón en La Habana, Colonial Park en Savannah, el Panteón de Belén en Guadalajara, Montparnasse en París, Presbítero en Lima, Staglieno en Génova y algunos otros.

Leer este libro, en ese sentido, no es una de esas experiencias en las que el lector siente que camina junto a la autora por en medio de las tumbas viendo lo que ella ve, oyendo lo que ella oye, oliendo lo que ella huele; Alguien Camina sobre tu tumba se asemeja realmente a un diario, uno lleno de placeres elegantemente voyeuristas, al sabernos lectores de las percepciones de una persona que se atrevió a escribirlas ante la certeza de que nadie las leería. Pero lo hicimos, atraídos primero por la promesa de conocer a través de sus páginas algunos de los cementerios más cautivadores del mundo, seducidos después por la descripción carente de pretensiones pseudointelectuales de sus panteones y esculturas, y atrapados finalmente por las honestidad en que ella, Mariana, estampa los sentimientos más íntimos que estas visitas le produjeron: el erotismo que le generó la tumba Ribaudo, el pánico que le causó un perro callejero interesado en proteger a los muertos de los vivos, la excitación de saberse un ladrón de tumbas anónimas…




 

Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra, escribió Gabo. Siendo así, la forma en que somos enterrados habla más de quienes nos quedamos atrás que de quienes mueren. De eso se trata el libro de Mariana Enríquez: una forma de desentrañar las motivaciones y ansiedades no de quienes yacen bajo tierra, sino de quienes los pusieron allí. La próxima vez que visite a mis muertos y esté parado enfrente de sus bóvedas marmoleadas y ordinarias, concentrado obstinadamente en ese guión que separa el año de sus nacimientos y de sus muertes y que refleja nada más y nada menos que sus vidas vividas; reflexionaré sobre ello y gritaré en silencio que “el mundo se creó para los muertos (...) Son un millón más que los vivos y el tiempo que pasan muertos es un millón de veces más que el tiempo que los vivos pasan vivo”.

Sobre el autor:


Juan Felipe Cardona Cárdenas es analista político por formación, lector por vocación y escritor por pasión y frustración.


 
 

Fotografías tomadas de:
http://www.catedraabierta.udp.cl/mariana-enriquez-la-escritora-joven-como-empece-catedra-udp/



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