Poin Poin: el juego está perdido

 
 

Juego primero



Y empieza la primera partida de tenis. Todo está listo para que en este gran espectáculo, donde la crema y nata de nuestra nación, que está congregada para presenciar una partida entretenida, se juegue el todo por el todo, el futuro, las prioridades y las riendas de una realidad cada vez más apabullada por la injusticia, la corrupción y la deshonra de un país al que se le olvidó su pasado, reniega del presente y nunca piensa en su futuro. Prácticamente dependemos de un grupo reducido de jugadores quienes, dispuestos a hacer lo que sea para conseguir el triunfo esperado, utilizan sus estrategias más oportunas y sagaces para justificar la realización de su propósito. Es un juego constante donde solamente participan dos contrincantes, al parecer es una pareja. Una mujer cuyo equipo es el que representa los intereses y el futuro del país, y un hombre a quien se le ha ocurrido protestar desde las cómodas vertientes de su indiferencia y egoísmo; simbolizan la magna corriente de un poderío al que le fascina presenciar todo desde la inmensidad de sus riquezas y la tranquilidad de su enojo disimulado.

 
 

Como cualquier partida, se requiere la presencia de un juez o, para no generar espanto en los más fieles seguidores a este deporte, un “umpire”. Su autoridad siempre debe prevalecer en cuanto a sentido de honestidad, transparencia e imparcialidad se refiere, aún para los momentos más complejos: una jugada dudosa o una decisión determinante para definir a un ganador. Y para complementar el digno espectáculo que vamos a presenciar, no podemos dejar a un lado a las dos caddies así su labor sea mínima, con más tendencia a lo insignificante. Ellos cumplirán a cabalidad y con admirable sumisión la ardua labor de facilitar las pelotas y también de lamer las suelas de los zapatos de sus amos (hasta el punto de abandonar sus esperanzas, su rabia interior y su sed de justicia, con tal de complacer los deseos más mínimos). Son perfectas vasallas que están condenadas (como muchos) a verlo todo desde la bajeza de su miseria.

 

Después de una difícil partida, finaliza el primer juego. El hombre, que aparentemente muestra un carácter noble y compasivo, se va derrotado y furibundo del campo junto con su caddie. A este insignificante personaje se le da por jugar a la rayuela en el campo durante uno de los descansos y de repente se le antoja revelar un impulso de locura gritando las ofensas más extrañas, que resultan incómodas para el público que pagó una fortuna por entrar al juego (y que a lo mejor, este dinero ha salido de nuestras las arcas del erario, llámese infraestructura, educación o cualquier otro objeto de insignificante manufactura). Y como es claro, a este público solamente le interesa presenciar una disputa mutua que satisficiera su interés de diversión y, de ninguna manera, para soportar los arrebatos inútiles de alguien que le ve todos los días la cara a la desgracia y a la injusticia. En cambio la mujer, aquella que maneja los hilos del país, abandona el campo eufórica, acompañada de su caddie “Botas” quien no piensa, no refuta, no siente, tan solo se deja guiar por el carácter autoritario y drástico de su admirable superior.

 

Juego segundo



Hasta para los que no son simpatizantes del tenis, esto puede parecer un acto curioso: ¡Se han robado las pelotas! Es increíble que hasta en un campo de juego ocurra lo mismo que en la actualidad del país. El hombre está rabioso, y no es para menos, el destino de sus pelotas lo ha arrebatado un conjunto de anónimos “caconios” amantes de lo ajeno y enemigos de lo honroso, que han arruinado las expectativas del cotejo.

 

Al llegar la mujer, (ya saben, la que maneja los hilos del país) dispuesta y sumida en la confianza más alentadora por la victoria anterior, luego de firmar autógrafos a su leal caddie y de saludar al público en un gesto de asombrosa sencillez, se dispone a jugar. Sin embargo, se entera de que se han robado las pelotas de su contrincante. En medio de una acalorada reyerta y por determinación del hombre, deciden jugar sin pelotas, lo que hace que esto sea una partida bastante peculiar e inaudita. Finalmente, las caddies se quedan y al igual que muchos de los espectadores, se muestran confusas ante semejante idea. Como si fuera poco, el hombre ordena llamar al umpire, en muestra ineludible de su impulso frenético por querer jugar a como dé lugar.

 
 

El umpire muestra un carácter imparcial, aun cuando acaba de recibir una generosa suma por parte de la mujer en acuerdo mutuo por favorecer el triunfo a tan dignísima gestora de las buenas costumbres. El juego finaliza: en el imaginario acordado entre todos y por decisión acertada del umpire, el hombre esta vez es quien ha obtenido la victoria. Parece ser que no le ha servido en absoluto las estrategias monetarias a la mujer quien, en muestra de su inconformidad y rabia, esta vez ha abandonado el campo ignorando a todos y comportándose con berrinches estrepitosos, sin siquiera tener en cuenta a su leal y admiradora caddie.

 

Juego tercero



Parece ser que nos hemos acostumbrado al innovador y, por lo tanto, curioso juego invisible, donde la realidad no es como parece sino como ellos prefieran darle un rumbo de acuerdo a su antojo. Llegan los mismos jugadores, que al parecer también son los sucesores selectivos de anteriores participantes y que al igual que ellos, se han encargado de disputarse los intereses de ese amplio campo llamado país, cuya seguridad depende de cuán óptimas estén las condiciones para llevar a cabo cada partida.

 
 

Pese a que la caddie del hombre tuvo un accidente que la ha dejado lisiada y, pese a que su esfuerzo por llegar con unos cuantos minutos de retraso a nadie parece importarle, se han dado a la tarea típica de ignorar hasta su idea de plantear otra idea que les puede facilitar sus vidas frente a las riendas de esta nación. Su insistencia se torna tan exasperante que no solamente causa lástima por su nueva condición de lisiada sino también repudio por interrumpir en los momentos más decisivos de la partida.

 

En cuanto ese grupo reducido de jugadores disputen el porvenir de nuestras esperanzas en una partida que colme sus intereses creados, todo parece marchar sobre ruedas. Tanto así que nos hemos quedado embelesados en la cómoda tribuna permitiendo que en cada instante, se regodeen en una victoria ya planeada o, en el más irónico de los casos, hagan uso de su poderío para lograr sus objetivos más importantes que contribuyan a su acomodo, sin importar qué tan peculiares parezcan sus estrategias. Esta vez, la mujer ha ganado. Ha sido un juego muy sencillo, donde el umpire, corroído por la persistencia de la dama, ha definido un triunfo más que suficiente y necesario para englobar los intereses íntimos de su prestigio.

 

Juego cuarto: ellos ganan, nosotros perdemos



Ha sido un juego tan reñido que, en un momento de semejante presentación, los jugadores, los caddies, el umpire, los espectadores, corren, cambian de lado, lanzan las pelotas imaginarias, conversan de vez en cuando, todo como si fuera una película hollywoodense donde hay escenas en cámara rápida. Parece ser que este arrebato es una demostración más correspondiente a una monótona distracción, que podría considerarse como una mera burla hacia una millonésima de espectadores que no están enterados del afán de aquellos contrincantes por arrebatarnos cada ilusión de surgimiento, de anhelo por pretender una transformación auténtica. ¿Qué importa quién de los dos gane? Al fin y al cabo, y durante los próximos juegos, se van a distribuir ellos mismo el triunfo, dejando, en fidelidad a su mínimo sentido de conmiseración, las sobras que serán para quienes las oportunidades, ya sea por su condición limitada y su carencia de progreso, están sometidos a recibirlo con perruno agradecimiento por esa magnánima comprensión.

 

El grito inútil de irrelevante rebelión



De nada servirá que a la caddie le amputen su alma soñadora. Si bien su valentía constante durante todos los juegos le valió para perder miembros de su cuerpo, el torrente de injurias con que se desata ante el público son clara muestra de inconformidad. Será inútil que ese recorrido lento, a veces pausado, como si estuviera vacilando para generar una rara impresión en los espectadores indiferentes, se convierta prontamente en el incomprendido símbolo de aquellos que piden a gritos una justicia o, por lo menos, una mirada a su condición de mártires. A nadie le importará que sus palabras hirientes y monótonas, se envuelvan en una horda de reproches y sátiras para esos jugadores que se encargan todos los días de entregarse al placer del hurto y las malas prácticas para alimentar su sed de gloria, poder y heroísmo falso. Será pelea perdida lanzar un grito de protesta, porque tanto a ellos, que se regodean en sus riquezas y miran a los incomprendidos con soberano desprecio, como a nosotros, los espectadores que solo nos quedamos contemplando la realidad del juego, con falso compungimiento que se manifiestan en rostros confusos y tristes, nunca nos van a interesar los cambios que se pretendan hacer, así la idea de ella parezca una elocuente y sensata decisión que favorezca a todos.

 
 

Escrita y dirigida por Sebastián Uribe Tobón, Poin Poin se estrenó en el teatro García Márquez, el original, el 3 de octubre y continúa brindando un grato espectáculo. Este dramaturgo, director y actor, continua fiel a su trayectoria prolija y de gran temática a la que tan acostumbrados nos tiene a aquellos que disfrutamos del teatro riguroso, novedoso y a la vez crítico. Esta obra es interpretada por Sebastián Uribe Tobón, Fernanda Rodríguez Sánchez, Vilma Sánchez Llerena, Alexander Moreno Ariza y Estefanía Pacheco Sáenz (la gran dama).

Imágenes cedidas por la producción de la obra.



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