Super-vivencia 1: breves comentarios de un lector de bus

Super-vivencia 1: breves comentarios de un lector de bus

 
 

LectEr, he notado que en Ulsan, esta ciudad de Corea del Sur, pocos leen libros en el bus. No es que no lean, las personas van leyendo no sé qué cosas en sus teléfonos celulares: quizá Facebook, quizá noticias o artículos, tal vez cuentos, no lo sé; pero van interactuando con sus aparatos de comunicación. Pero libros libros, lo que se dice libros, pocos. Estoy en esta ciudad desde el 12 de septiembre de 2018 y habré tomado bus más de 80 veces; en todo este tiempo no he visto más de 10 personas leyendo libros. Lo cierto es que una noche salí de la universidad y tomé el bus 401 para ir a casa. Ocupé una silla y saqué Eres Hermosa, de Chuck Palahniuk; retomé la lectura sobre Penny testando aquella infinidad de productos de satisfacción sexual, cuando el bus llegó a la siguiente estación. Subieron varias personas, una de ellas ocupó el asiento delantero y me sorprendí gratamente al ver que comenzó a leer un libro. Intrigado, como buen lector de bus que soy, quise saber de qué se trataba, seguramente sería algún libro en coreano, pero mi curiosidad quería certezas y me llevó a realizar varios atisbos. Cuando logré observar, confirmé que el texto estaba escrito en el alfabeto inventado por Sejong el Grande (세종대왕) en el siglo XV, pero lo que más me llamó la atención es que parecía ser una obra de teatro.

 

“¡Leer teatro en un bus!” Me dije. Se me ocurre que la mayoría de lectores de bus, lectores de libros en bus, ocupan los minutos de sus viajes en novelas o en cuentos: literatura. Seguro hay quienes leen ciencia, tecnología, leyes, otras cosas; pero quien lee literatura, muchas veces lee narrativa. Algunos, como Roberto Segrov, no dudo que lean poesía, yo lo hago rara vez, pero si leer teatro en cualquier contexto ya es poco común, mucho más escasos son los lectores de bus que dedican sus viajes al teatro.

 

Por eso LectEr me vino a la mente Instinto de supervivencia. Aquel texto que Argenis Leal me obsequió y que contiene nueve obras de teatro producidas en la Clínica de Dramaturgia de Bogotá en 2017. Es un libro poco apto para leer en el bus, ya que sus 428 páginas cansan el brazo del lector. Pues bien, yo fatigué mi brazo durante muchas horas de viaje; sentado o de pie, devoré una a una esas obras entre mayo y agosto de 2018, e hice pequeñas notas sobre cada una de ellas. Hoy al releerlas para escribirlas algunos meses después, sonrío. He aquí mis notas informales sobre las primeras cinco obras; las cuatro finales vendrán en una nueva crónica…

 

Ciudad en fragmentos, de Manuela Vera Guerrero.
De pie. Estación de la Av. 39. Ruta H20. Termino de leer la primera obra de teatro. Me debato entre la felicidad y la tristeza: una obra grata que juega con la linealidad del tiempo; un tema que me desgarra un poco el alma. El bus sigue su recorrido. He guardado el libro. Estación de la Cl. 26. Salgo del letargo, abandono el bus y la estación. Camino algunas cuadras para ponerme frente a La Rebeca, a ver si me dice algo, Ojalá me hable. Quizá me diga cómo ve, qué ve en mí que yo no percibo. Llego. Había imaginado que la tendría frente a frente, pero el agua no me deja acercarme. Igual me quedo unos minutos porque, sobre todo, recuerdo a Agripina.

 
 

¿Cómo nos ven los monumentos? Depende, si es uno como el Monumento a los Héroes, quizá nos vea con instinto de edificio y vea en cada uno de nosotros cuando pasamos en el bus, que nada tenemos de héroes o que los héroes nunca han existido. Pero si es una estatua, si es La Rebeca, quizás es cierto lo que escribe Manuela Vera, que se ha cansado de ver las barbaridades de los bogotanos. Quizá ella con su desnudez femenina ve y nos ve como cualquier mujer abusada: cualquier abuela que es regañada cuando recuerda su mocedad y que tiene miedo a la calle donde aprendió la amistad; cualquier niña que no ve la desnudez de mármol si no una mujer solitaria a la que quiere regalar su muñeca; cualquier prostituta que quiere compartir el rubor de sus mejillas con la blancura maculada del rostro de mármol; cualquier mujer a la que todavía le es vetada la facultad de decidir qué vestir, cuándo decir, dónde gritar, cómo reír… Si algún día las estatuas pueden hablar, quizá no digan nada. Seguro guardan el secreto de su lengua porque saben que por todo su conocimiento, como a las brujas, las vamos a quemar.

 
 

Las bestias invisibles, Mauricio Arévalo Arbeláez.
Sentado, después de una fila de 20 minutos en Las Aguas. Carrera 7º con 76. Ruta 18-3. Hay un hombre sentado en las escaleras de la puerta de salida; en toda la mitad. Un usuario intenta bajar y tropieza sin caer con el hombre sentado:“Tenga cuidad imbecil. ¿Es que es ciego? ¿No ve que voy sentado?” ¿Quién es la bestia? Me pregunto. Las bestias están entre nosotros. Somos nosotros las bestias invisibles.

 

Ya Lovecraft decía que el miedo más grande que puede existir es el miedo a lo desconocido. Con frecuencia tememos a la noche, a la oscuridad, a la soledad, a lo sobrenatural que pueda “aparecernos” de repente en cualquier contexto. Pero olvidamos fácilmente que en nosotros mismos puede estar el peor enemigo. El monstruo que podría salir del closet o de debajo de la cama, podría congelarse de terror al vernos. A veces pareciera que sabemos tan poco de nosotros… Si viéramos con detenimiento la figura que reflejamos en el espejo podríamos llegar a detestar lo que verdaderamente somos: humanos. Por ello en esta obra de Mauricio Arévalo no vemos otra cosa que seres humanos falibles, perfectibles, susceptibles. En el mundo de todos los días, en la verdad de nuestro cuarto solitario estamos indefensos ante aquello que somos: humanos. Todos podemos llorar, todos tenemos miedo, todos queremos ser valientes y todos queremos no fingir más. Somos tan cobardes como valientes, tan adultos como niños, tan ignorantes como sabios. Si nos despojamos de los roles, del género, de las creencias, de los prejuicios, de lo que sea, quedaría una cáscara vacía y a eso también tenemos miedo. Por eso nos quedamos con las bestias invisibles, eso somos: humanos.

 

Recuerdos del futuro, de Andrés Lopera Sánchez.
De pie. Estación de la Calle 57. Espero la ruta J24. La implacable tecnología de un sistema de transporte imperfecto que el alcalde, que no lo usa, considera perfecto. Las puertas de la estación intentan cerrarse sin lograrlo por causa de otros esperantes. Una alarma insaciable se dispara: alerta de colados, alerta de ladrones que escapan, alerta de usuarios molestos por la espera que supera los quince minutos, alerta de funcionarios cansados por la larga jornada, alerta por la ausencia policial, alerta por el vendedor de chitosmanicaramelo. Alerta.

 
 

Quizá sea cierto que estamos condenados a repetir la historia. Por eso lo que ocurre en ese “9 de diciembre de 2017”, en el mundo apocalíptico de Recuerdos del futuro, no es extraño y lo es al tiempo. Por un lado, no hay duda de que los seres humanos se destruirían en un contexto hermético como el que presenta la obra: cinco personas encerradas inesperadamente en un Centro de Atención al Ciudadano, en un 2017 de otro mundo altamente tecnificado. Tres de esas personas lucen su “cabal ciudadanía”: ejemplo para todos de “la gente de bien”. Serán estos tres personajes los que muestren la verdadera ralea que tienen dentro: el egoísmo característico del que juzga al otro. Pero de otro lado, el cuarto personaje es un “desadaptado” que ha logrado burlar los controles estrictos de un sistema perfecto que a pesar de que nunca falla, es un desastre. Este personaje silencioso al comienzo es vapuleado y humillado, y aunque una vez liberado amenaza de muerte a los otros cuatro, no mata una mosca y observa cómo los ciudadanos ejemplares se devoran unos a otros hasta la muerte. Así mismo, este individuo es quien decide dar la vida para que otro – otra, el quinto personaje – logre salir del encierro y ser la única en continuar viviendo. Esta obra de Andrés Lopera está creada en un ambiente de encierro que logra que el lector – el asistente – se sienta encerrado también. Los diálogos ayudan completamente en un ambiente que casi produce hastío. Lo que somos y lo que hemos hecho y lo que seguiremos haciendo, es lo que me produce Recuerdos del futuro.

 
 

Cangrejo, de Sirley Martínez Santos.
De pie. Avenida Caracas entre Profamilia y Av. 39. Ruta D24. Pg. 188. Me sostengo con la mano derecha. En el pecho un morral rojo. Con la mano izquierda sostengo
Instinto de Supervivencia. Aunque Pablo – el protagonista – quiere escuchar “Simpathy” (for the Devil, de los Stone, deduzco), yo voy escuchando “Space Oddity” the Bowie. Y cuando el hombre de los ojos de diferente color "are sitting in a tin can / Far above the world", sube al bus un habitante de calle con un valde. Se tira en el piso de la puerta e intenta reproducir sonidos percutivos en el valde. Algo tropical que nunca termina, interrumpe, acomoda y reinicia, interrumpe, acomoda y reinicia, interrumpe, acomoda y reinicia…

 

Hay una botella pequeña de soda en mis piernas. Las burbujas suben a estrellarse con su arriba y no se pueden engañar por más que gire la botella. Las burbujas distorsionan un poco el título del quinto acto “Bonus Track”. Es la página 196. Lucía se fue y dejó a Pablo con su cáncer, con su bicho; él se cura y le canta una canción rabona. En esta parte final me inventé una melodía para la canción. Todos los actos de esta obra tienen una canción y esa musicalidad y el tarareo o el umjujuneo con el que acompañé la lectura me permitieron disfrutar mucho de esta obra. Es una genialidad que el personaje imaginario de Lucía tuviera voz y que le hablara al público. Yo hablo solo con frecuencia, pero cuando no es conmigo mismo, es con alguien que me molesta o que amo o con algún político corrupto de estos de moda. Casi siempre le peleo con disertaciones altamente argumentadas que son perfectas en mi mente, pero que no fluirían jamás si tuviera al interlocutor al frente. Esta obra me resultó altamente melódica, por la música, por la poesía, por el ritmo, por el bicho, por el final de la que se atreve a marcharse.

 

Déjame ser hombre, de Anderson Balsero.
De pie, en el fuelle que uno las dos partes del bus. Algún lugar de la carrera 30 hacia el Portal de la 170. Ruta B12. Trancón. No son estudiantes ni trabajadores ni campesinos ni indígenas. El paso de un solo carril del Transmilenio está inmóvil y la fila de buses rojos parece larga. Los pasajeros alegan; todos queremos llegar a casa. Otros bromean o maldicen o duermen. Un grupo de amigas relata su día en la U que terminó con algún concierto en el auditorio León de Greiff. Después de fisgonear un rato y enterarme por twitter de que cerca a la calle 80 hay un accidente, vuelvo a la lectura de
Instinto de Supervivencia. Casi estallo en risas cuando una de las estudiantes le dice a otra “Tan marica” justo cuando Camilo le dice lo mismo a El-resto (Ernesto).

 
 

"¡Tan marica!" Ese estribillo que repiten los personajes a lo largo de la obra. Esa frase me resulta genial porque en cierto contexto bogotano (no sé si colombiano) se ha perdido la carga ofensiva que antiguamente tenía esa palabra. Se usaba cuando se consideraba reprochable el amor entre dos hombres. Hoy en algunos contextos todavía se entiende así, pero muchos hombres y mujeres bogotanos la usan incluso para expresarse cariño. Es lo que ocurre en Déjame ser hombre. Es claro que estos dos amigos se quieren y a la larga se aceptan a pesar de la aparente diferencia en sus formas de ser. Además, es muy gracioso en la obra cada que uno va leyendo y se encuentra un ¡Tan marica! Porque es la forma en que dos hombres heterosexuales se expresan amor. Aunque de fondo no hay un miedo a la homosexualidad, la aparente adustez de esa expresión camufla el cariño. Sensacional la estructura de viñetas de caricatura con que se presentan las escenas. Espero algún día ver la puesta en escena de esta obra de Balsero.

 

Ser un lector de bus dificulta muchas veces las lecturas rigurosas; esas en las que uno saca papel para hacer comentarios, busca en diccionarios, consulta páginas virtuales para ampliar información o corroborar o desmentir. A veces saco un lápiz y subrayo o escribo palabras, pero no es cómodo cuando uno va de pie, y tampoco lo es tanto cuando se va sentado. Alguna vez el profesor Guillermo Martínez y Carlos Rodríguez, en una de las salidas de campo que hicimos con su grupo de arte rupestre, decían que era normal ver personas leyendo en el metro de New York o de París, pero que muchas veces leían novelas rosa. En los sistemas de transporte de Bogotá, Porto Alegre, Lille o New York he visto lectores casi siempre de literatura: no recuerdo si de novelas rosa, negra, amarilla o verde. Pero cuando coinciden dos o más lectores en el mismo artefacto de transporte, se genera una sensación de complicidad que casi nunca se comparte. Es una sensación de pertenencia, de identidad, de estar del mismo lado. Pero quizás te ha pasado LectEr que nos ignoramos casi siempre y a veces fisgoneamos lo que el otro está leyendo y luego fingimos no vernos. El lector de bus suele ser silencioso; quizá por eso callamos un grito al ver al colega lector cuando sentados o de pie nos regocijamos en la coincidencia. Seguro nos hemos perdido conversaciones interesantísimas, amistades entrañables, amores pasajeros o eternos… Es tal vez el sino del lector de bus, pasar la página y seguir la historia.

Continua próximamente...

 
 
 


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2 Comentarios

  1. Sirley Martínez Santos. dice:

    Julian, muchas gracias por tus palabras. Animan el ejercicio no solo de la lectura, sino de la escritura, porque motivan a seguir haciéndolo. Abrazos Miles.

    • W. JULIÁN ALDANA dice:

      Hola Sirley.

      Qué bueno que te haya gustado la crónica. Nuestro objetivo en http://www.diastematicos.com es motivar a los lectores a que desde lo simple se acerquen al arte; el mío, que disfruten del teatro, que vuelvan a las salas, que se dejen envolver por la tramas de las obras, por la construcción de los personajes… Y por supuesto, que se permitan ver en la dramaturgia el arduo trabajo que realizan quienes están detrás del texto. Muchos éxitos y sigue firme con tus obras. Un abrazo.

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