Cuando la muerte nos vuelve dignos

 
 

Todos morimos inevitablemente. Para poder morir hay que haber nacido y, como algo normal, muchas muertes quedan sumergidas en el maremágnum del olvido, de los recuerdos borrosos, de la desmemoriada mirada hacia el pasado que inclemente siempre termina por convertir en nada lo que en algún momento fue, el aquí y el más allá son separados por un último suspiro, por una última palabra, por el aliento que se desvanece. Sobre todos los vivos pesa el estigma de lo que significa su existencia, sobre algunos muertos también, pero, paradójicamente, algunos de los que desencarnan encuentran la dignidad cuando su cuerpo yace frío, cuando la neutral e indiferente mortaja los acoge.

 

El viejo Joaquim Soares da Cuhna partió cuando le dio la gana, porque quiso, sin las presiones a las que la muerte somete a quienes, aunque débilmente, todavía contengan en su cuerpo el hálito vital. Honorable anciano para sus nietos, fabulación ingeniada por sus padres para evitarles la vergüenza de saber que en sus venas corría la sangre de un borracho sin remedio; Joaquim ya había muerto, aun cuando todavía estaba vivo. A veces los seres queridos inventan historias para que prevalezca una mejor versión de los vivos que dejan este mundo o, peor aún, las inventan matándolos.


El campeón de las muertes, Quincas Berro D´agua triunfó porque murió tres veces: había muerto para su familia cuando fue consciente de la forma en que quería vivir su vida, posteriormente fue puesto en un cajón para fortuna de ellos y, por último cuando buscó la forma de vencer la muerte natural para hacerlo como le pareció. Siempre me impactó este vencedor de la defunción que decía: “Que cada cual cuide de su entierro; no hay imposibles”; pero lo que queda en el trasfondo de esta novela corta es la forma en que los muertos pueden recobrar su dignidad cuando, por un lado, los vivos se la atribuyen y, por el otro, cuando los mismos muertos la reclaman. Joaquim Soares da Cuhna (para su familia), Quincas Berrro D´agua (en el bajo mundo de los borrachos y las prostitutas) yacía tieso en un cajón.


No es difícil entender que los vivos se aferren al recuerdo de un muerto, pero cuando este es una reivindicación de su propia decencia a costa de una supuesta dignidad impostada al difunto las cosas se complican, sobre todo para el muerto. Quincas, el vagabundo, el “Filósofo harapiento de la rampa del mercado”, no encontró paz en su muerte física; su familia lo empezó a convertir en el hombre que había sido antes de haber compartido su vida con los que más amó, su propia familia habría de arruinar su muerte eliminando de tajo los diez años más felices de su vida, los que compartió al lado de borrachos y vagabundos, de prostitutas y de ladrones. Ni siquiera dentro del cajón su familia lo dejaría en paz, pero la terquedad sería su principal virtud tanto cuando estaba vivo como ahora que yace muerto.

 
 

Quincas me recuerda a Diógenes, el de Sinope; su tozudez le otorgó la placidez que alcanzara el filósofo del barril, el que osó responderle a Alejandro Magno que su sombra le molestaba porque le impedía recibir el sol. La embriaguez que alimentó la felicidad de Quincas no fue solo ocasionada por el delirio constante del alcohol, fue la embriaguez de la plenitud que solo una existencia embargada por el deleite de sentirse amado puede brindar. Berrito fue el padre de todos, o su hermano mayor, el desvergonzado que veía belleza donde otros solo percibían decadencia, el genio que descubrió que un traje, una oficina y una familia acartonada no eran suficientes para hacer una vida digna de ser vivida. Quincas fue un Bukowski en bahía, un borracho ejemplar, una deshonra para el rígido mundo corporativo, un salvador de los rechazados y de los indeseable; el rey eterno de un continuo carnaval.

 
 

Fue un héroe incluso en el cajón. Mientras que su familia, en contra de su inanimada voluntad, hacía hasta lo imposible para retornarlo al cascarón vacío de ciudadano de bien metiéndolo en un traje, afeitándolo e incluso perfumándolo; él, incómodo, pero siempre desafiante, esbozaba una sonrisa socarrona que les anunciaba que aunque estaba tieso no se daba por vencido. Su hija no podía creer lo que veía: ni siquiera en la muerte era posible que el viejo adoptara una pose de solemnidad, era incluso indigno de la muerte. Él lo tenía planeado -viejo zorro-, él quería aburrir a su insoportable familia para que también en la muerte lo dejaran en paz sin que lo convirtieran en el hazmerreír merecedor del funeral orquestado por ellos, si logró escapar de ellos para vivir su vida, hizo todo lo que estuvo en sus manos para alejarse de ellos y morir su muerte, Quincas el calculador, el gran muerto.

 
 

Si de algo me queda certeza cada vez que recuerdo la historia de un muerto con tan magníficas cualidades es que el valor de la verdadera amistad y el afecto desinteresado pueden propiciar cosas que para la ordinariez del mundo podrían ser catalogados como milagros. Mientras que el muerto intentaba escapársele a su familia mostrándoles cuan desagradables le eran los vejámenes a los que lo estaban sometiendo en su ataúd, su verdadera familia, los indeseables de la calle, lo lloraban y lo extrañaban de tal forma que solo cosas extraordinarias habrían de suceder una vez llegaran a la sala de velación, solo necesitaba sentir su compañía para que pudiera ejecutar el plan que llevaba urdiendo desde el mismo momento en que por segunda vez había estirado la pata. El impacto fue brutal en principio, quién habría podido reconocer al monarca de los beodos cuando lo tenían forrado en semejantes fachas?, nadie hubiera podido dar fe de que en realidad él fuera Quincas, parecía un remedo del hombre bueno que se había despedido la noche anterior para convertirse en un esperpento encorbatado al día siguiente; y aunque en un principio dudaron que fuera él se dieron a la tarea de vestirlo de nuevo con sus harapos y devolverle la dignidad que le habían arrebatado.

 
 

La vida y la muerte tienen cosas extrañas, a veces, la muerte nos procura la posibilidad de rescatar la dignidad que forjamos en vida como también el riesgo de convertimos en un recuerdo meritorio para otros, pero que en realidad no nos dignifica. Recuerdo uno de los cuentos de las jornadas del Decamerón en el que un temido criminal escapa de su ciudad y sin posibilidad de delinquir cae enfermo en otra; en sus horas finales pide un sacerdote para que su alma pueda descansar en paz, después de una sarta de mentiras lo convence de lo buen ser humano que fue y terminan otorgándole un funeral de santo patrono, incluso aclamando su canonización. Pero no hay que pensar que todos los vivos mienten para la muerte, porque también está Esteban, “El ahogado más hermoso del mundo”, el muerto que arrastrado por las aguas llega a una población que no conoce su historia, de dónde viene ni hacia donde se dirige, y así, sin saber nada de lo que fue en vida, se convierte en el muerto más querido, en el que transformó una región entera llenándolos del afecto que los vivos no eran capaces de ofrecer.

 

Vuelvo al excepcional Quincas Berro D´agua. Habiéndole sido conferida su dignidad de borracho harapiento se prepara una vez más para las andadas con sus compinches, un puñado de amigos y todos los dolientes que sabían de su deceso le increpan por haber muerto, pero regresándolo a la juerga ya no hay lugar para eso, todo es júbilo porque el gran Quincas está de nuevo con ellos, no puede ni caminar de la misma ebriedad que lleva a cuestas, lo tienen casi que cargar e incluso ocasiona una gresca en plena calle. Finalmente termina metido en una pequeña embarcación al lado de sus entrañables compañeros y es allí donde logro atar cabos y entender a lo que se referían sus amigos cuando decían que era un marinero sin océano, encadenado a la tierra, inteligente movida, Quincas dignificó su propia muerte (la tercera) muriendo como un grande, solo opacado por algo más grande, la inmensidad del mar.

 

Es conocido que la carnavalización de la literatura, como el carnaval en la vida real, es un ejercicio en el que el orden de la vida se ve afectado, se altera para convertirse en una manifestación genuina de la verdadera condición humana, cualquiera es lo que quiere ser, rey o bufón, rico o miserable y en el caso de Quincas vivo o muerto. No sin asombro termino por considerar “La muerte y la muerte de Quincas Berro D´agua”, el texto de Jorge Amado, una verdadera construcción de lo que la realidad no puede mostrar pero que permanece latente en el imaginario colectivo, hay tanto de ese magnífico borracho en cada ser humano que las historias serían incontables; ahora suena en mi cabeza la fiesta que alguna vez Joan Manuel Serrat convirtiera en canción y que exalta la esencia de lo que les he contado, nuestras ilusiones se ven compensadas en el ritual en el que podemos ser quien queramos, incluso, vencer la muerte.

 


...Apurad Que allí os espero si queréis venir
Pues cae la noche y ya se van
Nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
Que arriba mi calle
Se vistió de fiesta.


Hoy el noble y el villano,
El prohombre y el gusano
Bailan y se dan la mano
Sin importarles la facha.


Juntos los encuentra el sol
A la sombra de un farol
Empapados en alcohol
Abrazando a una muchacha...



La canción se puede encontrar en https://www.youtube.com/watch?v=jihrLbarXXE .

 
 

Sobre el cronista Carlos Andrés Manrique es profesor de literatura anglófona y de lengua Inglesa. Es licenciado en Español – Inglés y magister en Literatura. Le fue otorgada una beca del departamento de estado Norteamericano con la que cursó estudios en Literatura e Historia norteamericana, asuntos culturales y desarrollo de currículo..

 
 


 

Algunas imágenes hacen parte de la galería personal del autor. Las fotos de portada fueron tomadas por Laura Bautista. Otras fueron tomadas sin fines comerciales de varios sitios relacionados a continuación:
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