Perderse en Ulsan (o cómo ignorar ser adulto)

 
 

Irse implica dejar. Quien asume la ida, deja. Aquél que se va deja a las personas, deja las cosas, deja las calles y los edificios, deja los parques y las plazas, deja la sombra y la luz de la ciudad que lo ha acogido. Hay muchos irse: dejar el país, uno, implica dejar la ciudad (a veces natal); retirar el cuerpo de la urbe en la que se ha crecido (o de lo rural); apartarse de la comodidad de lo conocido, de lo seguro, de la certeza de pisar las calles que enseñaron a caminar.

 

El que se va tiene una valentía diferente a la de quien se queda. Su espíritu se regocija en la aventura que está en el fabuloso “além” del portugués. El que se va corre el riesgo de ser extranjero, de ser el personaje siniestro que despierta al nativo un breve miedo a la muerte (como diría Kristeva). El que se va (el que acostumbra irse) a veces vuelve a su ciudad. Y cuando lo hace, la siente suya porque comprende que aunque estuvo lejos, nunca pudo irse, porque nunca nadie se va del todo, porque “La ciudad irá en ti siempre”.

Aquí Kavafis es sabio cuando afirma que quien se va, aunque no regrese revisita en la ciudad que habita las mismas calles, los mismos suburbios, la misma casa… Esos andenes donde de niño jugué con los amigos, con menos peligro del delincuente; los suburbios donde me hice adolescente, enamoré y lloré desamores; las manzanas de casas en las que creí “hacerme hombre” por el fragor de la primera cópula; las calles que errabundé y en cuyas vitrinas me vi siendo el otro, el mismo, el mismo y el otro, dejando de ser eso para ser aquello que hoy soy a medias y no soy, eso que hoy soy y no seré mañana, o seré a medias para no serlo más después.

 
 

En esas calles bogotanas de un antaño ya a color, quizá mi primer lustro me ve todavía caminado por el centro de la mano de mi padre. Voy entonces con el luchador, contento y con la seguridad de su presencia. Camino poniendo en práctica la hilación de letras que mi profesora Teresa me estaba enseñando. Arriesgo sonidos, confundo vocales, acierto en la RR y pronunció un “Cerveza del Barril”. Mi padre, que escucha mi parloteo infantil, celebra mi gracia con rostro contento. Yo, diminuto, me siento feliz porque voy con él y voy aprendiendo a leer.

 
 

Cuarenta años han pasado desde que caminé esas calles con un pantalón verde oscuro y zapaticos “de material”. Ahora trasego las calles de Ulsan y no abandono el ejercicio de leer los anuncios de la calle. A veces me detengo intentando comprender las letras del Han-gul. Esta vez voy de la mano de Laura y arriesgo sonidos, confundo vocales, acierto en la ㅎ y pronuncio con todos los errores posible quizá, un 울산 대학교 (Ulsan Dejakkiu - ulsan daehaggyu). Laura escucha mi parloteo, hace el suyo y juntos celebramos la lectura incierta del coreano con rostro contento. Yo, diminuto, me siento feliz porque estamos juntos en Corea y voy aprendiendo a leer Han-gul.

 
 

Y como es lógico, simplemente saber los sonidos de los caracteres coreanos sirve solamente en breves eventos comunicativos. En un restaurante que nos gusta mucho pedimos 김지, y ellos entienden nuestra pronunciación extranjera y nos llevan la sopa picante que nos gusta, pero mi cerebro automáticamente transforma esas letras de Han-gul en “kimchi” (si pidiéramos 김진, por ejemplo, les parecería muy raro que quisiéramos un “novio” para la cena). Lo mismo me pasa con el 만두, con el 오뎅, con el 거피 y con las pocas palabras que digo en esta lengua. Después de algún proceso que imagino complejo, el cerebro recurre a los conocimientos ya almacenados y relaciona las imágenes mentales de esos alimentos con mandu, oden y café. Si bien mis labios pronuncian algo parecido a un 네 para afirmar o a un 안녕하세요 para saludar, yo sé que digo “ne” y “aniojaseióoo”; ni siquiera llego a la romanización del “annyeonghaseyo”. De modo que con Laura no corremos en el 대공원 si no en el Degon-uon (romanizado Daegongwon y conocido en inglés como Ulsan Grand Park); tampoco cogemos el bus en 문수로, si no en Munso-ro (que esta vez se romaniza igual).

 
 

Pero todo esto es poco cuando se trata de asuntos más complejos: preguntar dónde se coge el bus para volver a casa, pedir incienso para quemar en el cementerio por la muerte de la tía Inés, o comprar la crema para el herpes labial que ya se posó en mi labio superior aquí en Corea. “Lo complicado de lo simple”, canta Bunbury, y para mi no se trata de distinguirlo, si no de vivirlo.

 

Entonces se me viene a la mente con algo de gracia, la forma en que un coreano entra a la droguería y dice algo como “¿Veci, tiene de esa crema para los fuegos?”; o va a Daiso (다이서) y entra diciendo “¿Veci, inciensos?”; o interpela a un coterráneo en el paradero “¿Un bus para la Universidad de Ulsan?”. Porque todo eso que hacemos tan fácil en nuestra lengua o en otra que hemos estudiado, resulta engorroso en un idioma en el que nunca se pensó estudiar y en el que ni siquiera las letras son las que conocemos.

 

Y por esas cosas del lenguaje, no resulta insulso pensar que un adulto como yo, de 45 años, de barba cerrada y cabeza rapada, de zapatos 39 y talla M, profesor de español para coreanos y con sueños frustrados de seguir su investigación en escatología, pueda perderse en una ciudad. Ingenuidad, sin duda, por creer que tomar un bus es haberlos tomado todos. Ponernos, por ejemplo, una cita con Laura en Samsan-dong (basta de Han-gul por ahora, me quedo con la romanización) y obedecer a la guía de buses olvidada deliberadamente en mi oficina por el profesor de español anterior. Entonces salgo con todo el tiempo del mundo para llegar antes de las 7:00 pm. Decido tomar el primer bus que pase por Daejak-ro: 307, 401, 417 o 432; abordo el 307. Me siento y saco mi libro de Crónica marcianas, de Bradbury.

 

Abordo la lectura cuando, muy a lo “Amontillado”, Stendahl empareda al inspector de Climas Morales, Garrett, pero cinco cuadras después noto que la ruta es diferente y el bus no gira por la primera a la izquierda del roundpoint sino por la tercera. Allí me exalto y abandono la lectura cuando en Marte Usher está por caer una segunda vez. Lo más seguro es que este bus haga otra ruta y llegue a Samsan-dong por otro lado, pienso, pero pasan 20 minutos y no llego; por la ventana veo que vamos pasando sobre el río Taehwa que está lejos del lugar al que debo llegar. Una última esperanza, que es miedo en realidad, me hace seguir en ese bus que poco a poco se va desocupando.

 

Aquí ya no dudo más, tomo la decisión de aceptar que tengo miedo; sé que si me viera desde afuera no vería al hombre de 45 años sin pelo y con barba. No me siento habitante de mis 66 kilos ni de mi 1,65 mts. Dudo de la experiencia con la que me he formado como individuo y que ante el mundo me muestra adulto. Entonces veo que en mi reflejo de la ventana hay el rostro de un niño y recuerdo que muchas veces me he preguntado qué es ser adulto, qué se siento ser uno, cómo se come eso. Pero yo no sé qué es ser adulto y acepto mi miedo.

 
 

Miro los rostros de otros pasajeros y su orientalidad es rotunda. Escucho han-gul por toda parte y como no he comprado un chip de celular para usar en Corea, no puedo solucionar esto fácilmente con una consulta en internet. Observo rostros e ignoro si ven al adulto o al niño. Quiero preguntar si voy en la dirección correcta, pero unos estudiantes de colegio no escuchan mi tímido inglés y descienden alborozados. La última esperanza es una mujer joven que escucha música mientras observa por la ventana opuesta. Excuse me, do you speak English? Se quita los audífonos y por su gesto indago nuevamente: ¿Habla inglés? Sorry – corrijo – Do you speak English? I go to Samsan-dong. La mujer señala la dirección opuesta en la que avanzamos y su gesto me demuestra que lo pasamos hace mucho tiempo.

 

Nos bajamos en su paradero y con señas – ella comprendía inglés, pero no lo hablaba – me indica tomar nuevamente el 307 en sentido contrario. Eso hago. Pero 20 minutos después sigo sin llegar al lugar. Es ahí cuando el miedo del niño se alza sobre él: en un arrebato que jamás tuve en Transmilenio ni en ningún otro bus urbano del mundo, me levanto de la silla que ocupo y en voz alta Some body speak English? Los rostros de todas las edades saben comunicarme la ausencia de anglófonos. Por el miedo insisto con un I need to arrive to Samsan-dong, y como es de esperarse, nadie iba a aprender inglés en ese instante. Por algún enunciado del conductor llego frente a él que quiere explicarme algo. Creo entenderle un Forty minutes, pero eso no tiene sentido, porque el paradero de la universidad donde tomé el bus, está a menos de ese tiempo. Nuevamente ocupo la primera silla cerca del conductor decidido a esperar.

 

Es sabido que emociones fuertes como el miedo nublan la razón. Quizá por eso cuando llego de nuevo a Daejak-ro no logro identificar hasta varias cuadras después esta calle ya conocida. Veo el Burguer King y el gigantesco Pez Globo de un restaurante por el que paso todos los días, pero no reconozco la calle ni el monumental edificio del Gimnasio de la Universidad en que trabajo. Sólo en ese momento caigo en la cuenta de que al tomar el mismo bus en que iba, sería probable llegar al paradero en que lo tomé. Y es justo ahí cuando el bus se detiene y muchas personas descendien y yo, que venía mirando por la ventana, reconozco súbitamente la entrada principal de la Universidad y antes de que se cierre la puerta, me deslizo raudo entre las personas que quedan todavía en el bus y me veo nuevamente en la calle, en un lugar conocido: me siento por fin a salvo. Ya en la universidad entro a un baño y me deshago copiosamente en urea. Sólo cuando comienzo la micción comprendo que el líquido estaba saturando mi vejiga desde hacía rato. Evacuo: soy feliz.

 
 

El resto es simple, uno de los mensajes que le escribí a Laura en mi celular sin internet había logrado colarse por alguna red y así pude comunicarle que no sabía dónde estaba. Te espero, era su respuesta de 30 minutos atrás. Esta vez tomo el 401* y en 15 minutos llego al lugar de encuentro; una hora y veinte minutos después de lo acordado. Cuando nos vimos sonreímos, nos besamos y subimos al último piso del Hyundai Department, abordamos la Gran Rueda de Ulsan y vimos desde lo alto la ciudad llena de luces, llena de gente, llena de carros. Un espectáculo agradable al sur de Corea del Sur. No siento más miedo ese día, pero todavía de cuando en cuando, a pesar de mi barba cada vez más encanecida, sigo preguntándome qué es eso de ser adulto, sobre todo cuando voy por ahí y veo bajo mi cuerpo la sombra de un niño.

6 de noviembre de 2018.

 

*Tiempo después observando las rutas de los buses por internet, me di cuenta de que el 307 sí me servía. Lo que pasa es que para llegar a mi destino debía cogerlo en sentido contrario. La mayoría de buses que pasan por la universidad para ir a Samsan-dong van en sentido suroriental; el 307 hace una ruta extraña y cuando pasa por la universidad en el lado de la calle que yo lo tomé ya ha pasado por dicho lugar, luego toma el sentido noroccidental. La tarjeta-guía del profesor de español anterior no advertía sobre este detalle, por eso cuando yo tomé el bus en el sentido habitual cometí el error y fue ahí cuando comencé a alejarme y alejarme y alejarme…

 
 


 

CODA

Cuando visito mares me inquieta pensar cuántas veces me ha lamido el agua que me baña. Conozco pocas playas, pero aún así me esperanzo pensando en que las aguas que salaron por primera vez mi mano en Blankenberguer pudieron solazarme luego en Copacabana y después en Tobago y repitieron su arrullo en Ipanema y también en Tramandai o Imbé; me buscaron luego en Boca Grande y fueron a parar ahora a Ilsan y Haeundae. Seguramente el agua marrón de Blankenberguer se evaporó en la playa a pesar de ese invierno, pero por esos asuntos de la física fue llovida luego en el azulísimo mar de Tobago y pasó por el espiráculo de un delfín y se hizo nube nuevamente y fue la que me supo a sal hace una semana en el verdor líquido de Haeundae.
El agua lo puede; esa agua de mar no se importa con la geografía, para ella no existen las distancias, de modo que carece de imágenes sobre “cerca” o “lejos”. Tampoco es que me vaya a buscar, sólo me encuentra y me refresca o me atirita y luego sigue su trasegar con el oleaje para coincidir conmigo la próxima vez.
El agua lo puede; yo le creo. Y siempre que llego a una playa, aunque conozco pocas, me dejo llevar mis pies hasta su orilla y me inquieto pensando cuántas veces los ha lamido el agua que los baña.

8 de octubre de 2018.

 
 


Algunas imágenes hacen parte de la galería personal del autor. Las fotos de portada fueron tomadas por Laura Bautista. Otras fueron tomadas sin fines comerciales de varios sitios relacionados a continuación:
Edificio Tequendama e iglesia de San Diego, Bogotá, Colombia: http://alturl.com/nn6ac / Plano y fotos de cuadras del barrio Bachué, Bogotá, Colombia: http://alturl.com/ihuix / Panorámica del barrio Bachué, Bogota, Colombia: http://alturl.com/oy6oz / Bogotá Centro año 1977 (Colombia): http://alturl.com/6qycu / Bogotá Chapinero, publicidad Star Wars año 1977 (Colombia): http://alturl.com/t7vx2 / Portavaso con logo de Cerveza del Barril: http://alturl.com/7wvom / Escudo, entrada principal y biblioteca de la Universidad de Ulsan (Corea del Su)r: http://alturl.com/huiyg / Mandu, oden y café: http://alturl.com/9odry / Bus 401, Ulsan, Corea del Sur: http://alturl.com/qiz83 / Bus 432, Ulsan, Corea del Sur: http://alturl.com/bdjvs / Ruta del bus 307, Ulsan, Corea del Sur: http://naver.me/FjqN8j28 / Ruta del bus 401, Ulsan, Corea del Sur: http://naver.me/FONXRmx7



1 Comentar

  1. Antonio Moreno dice:

    Gracias joven. Muchas de esas memorias las comparto pues son formas de construcción de lo que hoy somos. Lo del agua del mar lo asocio con la caricia y el abrazo de los que ya no están. Sigan siendo felices.

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