El hombre de los espárragos marchitos

 
 



-“A Alfredo Iriarte no se le puede considerar un artista menor en Colombia solo porque no ha ganado un premio Nobel, ni ha logrado la aceptación de aquellos que se consideran lectores de la élite popular”.- Recuerdo que se lo dije alguna vez a alguien que me vio con el libro de tapa azul, cuya portada ostentaba un hombre miope, barbudo, de aspecto rechoncho y aparentemente bonachón, que miraba con indiferencia natural hacia un horizonte imaginario. Ese alguien, en un tono de hipócrita solemnidad, me insinuó, con cierto desdén, que era un escritor desconocido y, por lo tanto, incomprendido.



Confieso que no tenía los argumentos suficientes para sustentar semejante disparate lleno de subjetividad. A duras penas había leído unas cuantas crónicas sobre la historia de Bogotá (que por cierto provocaron en mí una obsesión particular por conocer detalles del pasado de la ciudad) y un vasto libro llamado Rosario de Perlas, en el que, con humor fino, Iriarte corregía los errores ortográficos de celebridades nacionales del periodismo y la farándula noventera. En esa ocasión era la primera vez que me enfrentaba a una auténtica novela y, como todas las veces, resguardaba algo de culpa y, al mismo tiempo, de inquietud: primero, por no haberme dado a la tarea de consagrar el tiempo necesario para escarbar más obras de Iriarte, cuando era un admirador incipiente de su escritura y, segundo; porque no sabía si en el rigor de esa novela mantendría fiel su pluma fina y minuciosa, como se vislumbra en sus obras ensayísticas y periodísticas.


 

Al inicio de la lectura no solamente me di cuenta de que Iriarte persistía en su estilo, sino que también estaba describiendo, con un humor bastante peculiar, a una sociedad inmersa en la monotonía, en el arte del desprestigio y en los intereses económicos. Pude notar también, a primera vista, que el privilegio del poder en medio de la orfandad forma el carácter de Trimegisto (héroe principal de la novela) de una manera tan determinante, lo obliga a adoptar una actitud entre impasible y heroica frente a circunstancias de poder, tradición y vanidad, sin importar la magnitud de su dolor y tragedia. El personaje siempre actúa con elocuencia, refinación y cordura, consecuentes con la misma severidad que su ilustre estirpe demanda, de tal forma que las desgracias resultan ser tan solo un mero acontecimiento muy fácil de superar.

El destino de Trimegisto es como el de muchos que pertenecen a ese “selecto grupo” llamado “la gente de bien”. Desde la cuna ya tiene una vida asignada e ineludible que debe conservar, a toda costa, más por tradición familiar que por convicción, cuyas ínfulas de poder lo han llevado a los círculos más altos de la nación prolongada durante varias generaciones. Es la figura de alguien políticamente correcto capaz de asumir todas las responsabilidades diplomáticas con seriedad e inteligencia, los valores impuestos por doña Amalusanta-su madre-con sumo rigor.

Pero no solamente pude vislumbrar el imaginario del hombre cachaco acartonado y místico, Iriarte también me mostró el ambiente delirante de una ciudad tan parecida a nuestra actual “Atenas Suramericana”. Describió, con ingeniosa finura, el ambiente de una época en la que aún existía cierto entusiasmo por las tertulias en cafetines lúgubres, a la que se concurría a misa los domingos y luego, aún con la devoción percibidas en sus miradas, los ciudadanos huraños se iban de paseo por los parques y al mismo tiempo protegían con recelo la imagen honorable que los caracterizaba frente a sus contertulios.

Se regresa a la ciudad delirante donde empieza el siglo XX, cuyas imágenes hoy se exponen, como torrentes nostálgicos, en las fotografías a blanco y negro de los museos o en los viejos álbumes de los santafereños de antaño, pero bajo un nombre imaginario: San Antón de Tibzaquillo, epicentro político y capital de la gran nación llamada pomposamente Palumbia. ¿Se trata, quizás, de un recurso necesario para agudizar el carácter de su ironía como autor? A lo mejor.

Poco a poco se va revelando los mismos lugares comunes en la capital, conservando, con cierta extrañeza, los mismos nombres de aquellos lugares que hoy por hoy todavía están vigentes: la iglesia de Santa Clara (cercana a la casa donde residía Trimegisto con su madre, la viuda Amalusanta), el Capitolio Nacional (esa inmensa construcción a punto de terminar para ese entonces), la iglesia de Lourdes (en cuya calle cercana vivía Brunilda Gadeazzo, la futura mujer de Trimegisto), el Cementerio Central (donde se presenció el más importante entierro que paralizó a toda la ciudad y a gran parte del país).

 

Lo que me impactó definitivamente, luego de terminar de leer la obra, fue la necesidad del hombre por traicionar su esencia con tal de alcanzar una gloria carnal e imprevista. Sin importar los escándalos que provocó posteriormente; el honorable Trimegisto deja a un lado el poder, la gloria prestada y los arrebatos de su madre, para acceder a un instante, de locura injustificada. Ese carácter de pusilánime reprimido permite encasillarlo, al lado de otros burgomaestres, de una nación que ocultan sus picardías vilmente bajo la impunidad de su honor familiar y siguen, con el mismo descaro, las manías de sus antecesores; en ese cliché de quienes, de igual manera, practicaron el viejo resabio de la hipocresía y la falsa moral, obviamente sin ser acusados, ni mucho menos escarnecidos como se lo merecían, por la sencilla razón de pertenecer a una estirpe capaz de lidiar con argucias ingeniosas el rigor de la ley y, por lo tanto; de cualquier vestigio de culpa: “Gracias a este hombre ilustre, casado, como ya lo viste, con una Ponce de Alfaneque, eres el más opulento y aristocrático de los palumbianos-replicó doña Amalusanta”.

 

-“No es que sea un escritor incomprendido, solo que sumercé es un lector elitista, algo así como un esparragoso intelectualoide. Algo así como un Trimegisto o, en el peor de los casos, como una doña Amalusanta.”- Dijo el interlocutor de ese entonces.

Evidentemente ese alguien no entendió lo que dije, solo me miró entre sorprendido y rabioso tal vez porque nunca se imaginó recibir de golpe semejante respuesta después de varios meses de silenciosa paciencia. Me valió el tiempo necesario para demostrarle que, con méritos notorios, Alfredo Iriarte es también considerado un artista mayor en la literatura colombiana.


Las imágenes fueron tomadas sin fines comerciales de:
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· civico.com http://alturl.com/koi5k
- http://es.classora.com/units/q54675104/comparisons/alfredo-iriarte-nunez

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