Super-vivencia 2: breves comentarios sobre las experiencias de un lector de teatro

Super-vivencia 2: breves comentarios sobre las experiencias de un lector de teatro

Mi experiencia teatral es casi nula LectEr. “Casi” porque cuando hice el pregrado en la Universidad Pedagógica participé en un grupo de teatro e hice algo en la tras escena. Llegamos a participar incluso en un festival universitario de teatro, sin triunfo alguno. Recuerdo que la obra que montamos fue El sueño inmóvil, del cubano Carlos Alsina. Yo, escondido detrás de los telones, hacía juegos de colores con papeles y una lámpara, hacía unas llamas. También hacía ruiditos y llantos porque era “el niño grande” un personaje que nunca aparece en la obra. Lo que sí hacía es que en la escena del incesto yo aparecía detrás de una silla cubierta por un velo desde el techo: allí se sentaba la Joven (papel interpretado por mi amiga Mar Ortega) y en medio de una simulación orgásmica, con mis manos tras el velo acariciaba sus senos enormes, y su rostro y sus piernas. Mi rostro también se traslucía a través del velo, casi la besaba. Luego, en el incendio, pegaba un grito aterrador que causaba susto en los espectadores por lo espeluznante y por la sorpresa

Lo poco que sé de teatro lo aprendí en el Taller de Dramática del profesor Jorge Pardo durante la maestría en la Universidad Javeriana. Leímos textos sobre el teatro del absurdo, el teatro pobre, el teatro vacío… y algunas teorías sobre la escena y la escritura de obras teatrales. Y sin embargo, por cosas de la vida, resulté escribiendo crónicas sobre teatro, sobre mi experiencia estética en artes escénicas. Y aunque como estudiante debí analizar obras de William Shakespeare, Arthur Miller o Rodrigo Rodríguez, una cosa es escribir desde la teoría y otra ser un experto. Lejos de esto último lo mío es ir a la sala de teatro, ver la obra, tomar apuntes y a veces hablar con los directores o alguna actriz. Pero no había tenido la experiencia de escribir desde la experiencia de ser un lector de obras de teatro tan contemporáneas, que apenas han pasado por la lectura dramática de su presentación.

De experiencia estética sé un poco más porque me he interesado por estudiar algo de esto a lo que tantas personas se enfrentan cuando están frente a una obra de arte. Y aunque otras veces escribí sobre lo que yo experimentaba en la escena directa de las obras de teatro, hoy LectEr quiero que sepas sobre sensaciones que tuve en la lectura de las últimas cuatro piezas de Instinto de supervivencia: “No es el fin del mundo”, de Daniel Abril; “Esmero”, de Adelaida Corredor-Torres; “Abismo”, de Iván Gómez Gaitán; y “Cementerio de elefantes”, de Katalina Moskowictz.

 
1 No es el fin del mundo b

No es el fin del mundo, de Daniel Abril.


A mí los payasos no me producen miedo; no soy coulrofóbico. Me daban mucha risa en Animalandia: Pernito, Tuerquita y Bebé. Hoy sé que fueron pioneros en Colombia y hacían las rutinas de perseguirse, echarse agua, caerse, abofetearse… El blanco y negro del único televisor que había en casa es un recuerdo feliz también por ellos. Muchos años después quedé abrumado con el espectáculo de Slava’s Snowshow. Casi me había olvidado de los payasos, pero el ruso Slava Polunin me recordó mi gusto por estos personajes de aspecto grotesco: una combinación fantástica entre las rutinas payasiles de antaño y un despliegue aventurero en la calidez de un invierno teatral exento de las bajas temperaturas. Quizá por todo eso, tiempo después escribí una serie de cinco diatrigíricos, una combinación entre la diatriba y el panegírico. El primero de ellos hablaba de los tipos de payaso: blanco, augusto y contra augusto (para no ir tan lejos).

Este personaje de "No es el fin del mundo", vendría a ser, y que Daniel Abril me corrija, una clase de augusto: el payaso de soireé. La nariz roja correspondería a un augusto, al igual que cierta extravagancia, picardía y entusiasmo. No hay en él una verdadera torpeza, acaso terquedad e ignorancia en la dificultad de comprender el irremediable vacío de su voz. Además, actúa solo y aparentemente cumple la función de entretener al público mientras comienza la obra y se cambia la utilería.

Sin embargo, se trata de un augusto cuya terquedad manifiesta se resuelve con la inteligencia de un payaso excéntrico; es decir, con la habilidad para resolver los problemas en que sabe meterse. Una de las cosas que me llama la atención de esta obra de teatro escrita por Daniel Abril es la idea de que sea interpretada por un clown. A pesar del imaginario que tenemos del payaso, la seriedad del problema de fondo es contundente. El texto conserva la gracia del payaso, la inteligencia de una trama bien desarrollada y la habilidad cómica de las obras de clown que están lejos de ser la estupidez sin sentido presente en nuestros políticos de hoy. Además, pude experimentar esa sensación que de fondo siempre me dejan los payasos, la tristeza soterrada que conservan: lo grotesco de su actitud y su maquillaje desaparece en la normalidad que encierran una vez la pintura se ha ido de su cara y la cotidianidad perenne fuera de la actuación.

2 Esmero b

Esmero, de Adelaida Corredor-Torres

 


Hace muchos años comencé a imaginar que el ser humano era una esfera – como un planeta – al rededor del cual giraban esferas más pequeñas – cómo satélites naturales –, tres en total: la locura, la muerte y el amor. De modo que la esfera grande gira y gira y a su alrededor las tres esferitas lo hacen también. Hay momentos en los que la esfera que es el amor se aproxima a la esfera grande y giran tan cerca que parecen un solo astro. Entonces amamos; hasta que se separa. A veces vuelve; o nunca regresa. Y así ocurre con las otras esferas pequeñas: la locura se acerca y nos alcanza y enloquecemos por momentos o por siempre. Cuando esta esfera se acerca demasiado es difícil apartarla luego. Entonces de breves episodios neuróticos o psicóticos, pasamos a la locura en la que ya no sé quién soy o soy muchos al tiempo. Y con la tercera esfera ocurre igual; por momentos se acerca tanto que casi nos roza y creemos estar cerca de la muerte; en efecto lo estamos. Hasta que un día esta esferita pierde el control y colisiona con la esfera grande que somos y todo queda allí. Nuestra existencia cesa.
Pensar en eso me producía mucha angustia y me gustaba sentir en el cuerpo la desazón abyecta del deseo y el rechazo al tiempo. Esto me hace sentir este Esmero de Adelaida Corredor-Torres. Me angustia esa sensación de eterno retorno, de la madre que percibe la repetición incesante, que experimenta la languidez progresiva de su cuerpo y no quiere ya más.


Me desespera esa sensación de eterno retorno de la hija que parece ignorar la repetición incesante, que experimenta la languidez progresiva de su mente y quiere ser uno y otro una vez más. Tuve un deseo profundo por devorar esta historia y un rechazo absoluto por esa trama, por ese relato que voy leyendo y que quiero que termine ya, pero que no acabe nunca. Ahora que escribo siento en el cuerpo esa abyección. El drama de X o Y (de Dania o Flor – Usted o yo - Usted y yo): el sufrimiento, el deseo por la muerte, el temor a la soledad que siempre está con nosotros, el deseo por el amor, el ánimo de la cordura; el triunfo de la locura, el desprecio por quien amamos, la añoranza por compañía que no nos abandona, las ganas de vivir, el goce. Todo eso al mismo instante y en el mismo punto: en mí: lector fame e infame de esta obra fabulosamente enferma de Adelaida Corredor.

3 Abismo b

Abismo, de Iván Gómez Gaitán

 



Hace años me reencontré en las calles de mi barrio de infancia con un amigo que se había ido a prestar el servicio militar como soldado raso. Dos años como soldado. Era una noche bogotana en los bares de la “avenida” en Bachué II. Éramos un Jorge y un Julián conversando de sus experiencias de guerra. Las mías, inexistentes, “cuidando” a Gaviria en el Guardia Presidencial, a su esposa en el MAMBO, a sus hijos en el colegio. Las de Jorge: esconderse, enfrentar, huir, capturar, matar, no dejarse matar. Y como en película, consternado, Jorge me contó que alguna vez en combate él y sus “lanzas” tuvieron que matar a unos guerrilleros. ¡Tuvo tanto miedo y tanto odio por la vida y por la impotencia de no poder evitar todo eso! Que quiso llorar, me dijo. Que el comandante al ver el miedo en sus caras les ordenó meter las manos en la herida de los cadáveres para que se les quitara la maricada. Pasaron los años. Jorge conoció a una mujer y tuvieron un hijo. Se separaron y él se dedicó al comercio en otra ciudad. No sé más de él. Pero al escribir este recuerdo no veo al hombre que me contó esta historia, sino al muchachito de pelo largo con el que jugábamos fútbol; lo veo agachado siendo arquero y los guantes de sus manos son la sangre seca de hombres muertos.

 

Alguien que de verdad haya vivido la guerra quizá considere mi relato anterior como una maricada. Pero Lucía y la vecina de Abismo, esta pieza dramatúrgica de Iván Gómez Gaitán (un nombre con tilde en todas sus palabras), ven en esas imágenes de guerra que Alfredo conserva en la sala de su casa, la feroz atrocidad que en realidad encierran. Las descripciones de esas partes mutiladas de cuerpos llegan de repente, son como un puño en la trama que, a pesar de que el hilo de la historia lo viene advirtiendo, siento en las entrañas, profundo como una herida mortal. Pero alguien tiene que hacerlo y por eso Alfredo asume la investigación de las atrocidades de las que su madre también ha sido víctima. Aunque en esta obra lo policiaco juega un papel importante, es en la tensión que se genera entre los personajes donde se presentan verdaderas emociones: un sujeto agorafóbico, una hermana esperanzada, una vecina impertinente, un amigo desconfiado… Pero si bien esa tensión es obvia en los diálogos, las didascalias ofrecen pormenores aparentemente minúsculos que están llenos de emotividad y contundencia y más que un complemento dan a esta obra de Gómez un sabor increíble a realidad.

4 Cementerio de elefantes b

Cementerio de elefantes, de Katalina Moskowictz

Terminé de releer "Cementerio de elefantes", de Katalina Moskowictz, y salí de mi oficina para sentir el frío coreano y llegar en 30 pasos al invernadero de la Universidad de Ulsan. Yo no recordaba que una vez se cruzan la puerta principal uno se encuentra con un árbol: “던구리란 Nolina recurvata Elephant foot tree”. De modo que no pude menos que plantarme junto a él un rato largo, observarlo, fijarme en las estrías incontables de su pie, en el lógico parecido con la extremidad paquidérmica; lo toqué y sentí en las yemas de mis dedos esa superficie adusta. Mis dedos jamás se hirieron con aquella rugosidad a pesar del vaivén de mis yemas y mis nudillos. La corteza del árbol pie de elefante me hizo replantear el imaginario sobre la sensación que produce lo áspero. El rigor de estas profundas estrías vegetales me dejó ver que lo áspero también puede ser suave.
Con todo lo acontecido en Colombia con la firma del cese de hostilidades por parte de las FARC y el gobierno nos enfrentamos a retos nuevos. Uno de ellos es quizá el de ver al ser humano que hay en las personas que han dejado las armas. Mujeres y hombres con profundas heridas psicológicas y con la piel marcada por el sol, la lluvia, la enfermedad y la guerra. Gentes con miedos, sueños y deseos. Sujetos con un imaginario otro sobre la vida y sobre la relaciones humanas. En "Cementerio de elefantes", Teresa no es y no quiere ser la Ana que otrora empuñó fusiles y degolló soldados; lleva profundo en el alma el dolor de su pasado que manifiesta en los sueños.

Llora en la sonambulez que castiga su tranquilidad. Quizá no lo hubiera sabido nunca si no es por Juanjo, hombre adulto desahuciado amante de las plantas, que ve a Teresa caminar dormida reviviendo los nefastos años idos. Yo, al lado de ese árbol pie de elefante me pregunté qué sentiría Ana al dormir debajo de sus delgadas hojas lineales. Esta obra de Katalina Moskowictz, trata también la idea del destino: junta a Teresa y a Juanjo para expiar su pasado; el sino de sus vidas los emplaza en la misma ruta para unir el cabo suelto de la muerte de Lucas. Al final de la obra Juanjo dice: “Lucas y yo tuvimos suerte, antes de morir veré los mismos ojos que él vio, eso me tranquiliza”. Y Ana, que ha sido Teresa, con su vestido de florecitas amarillas le permite a Juanjo la tranquilidad final de recibir su último amanecer en el invernadero, casi como lo hizo con Lucas años atrás en la adustez de otro tiempo, otro lugar y otra vida que aunque se intenta olvidar no se puede.






Y bueno LectEr, quizá te preguntes que queda después de leer Instinto de supervivencia, un libro con nueve obras de teatro inéditas. Te contesto: que pierdan el prefijo “in”, no sólo como publicación; que ese “in” constituya una frase como “working in the staging of”, que pasen del papel a las tablas, que los grupos teatrales vean el valor que hay en ellas, que un director las lea y se decida a convocar a actores para que “trabajen en el montaje” y pronto veamos los carteles que anuncien Ciudad en fragmentos, dramaturgia de Manuela Vera; o Estreno de Las bestias invisibles, del dramaturgo Mauricio Arévalo; o que en la calle te entreguen un volante porque en el FESTA 2019 se presenta Recuerdos del futuro, de Andrés Lopera y Cangrejo, de Sirley Martínez; o en la web de la Maldita ves que promocionan Déjame ser hombre, de Anderson Balsero; o que en el festival de Monólogos del García Márquez anuncien No es el fin del mundo, de Daniel Abril; o te enteras de la temporada de Esmero, de Adelaida Corredor-Torres en el Petra; o que La Casa del Teatro Nacional presenta Abismo, de Iván Gómez; o vas por ahí y ves un afiche que invita a ver Cementerio de elefantes, de Katalina Moskowictz, en el Festival de Mujeres en Escena 2019.

De eso se trata LectEr, que estas obras salgan de esa bonita edición con portada azul producto de la Clínica de Teatro de Bogotá, y encarnen la ficción del teatro que enriquece nuestra realidad, que reta nuestro sentido ético, que dignifica el arte y que nos llena de sensaciones fuertes y encontradas posibles por nuestra experiencia estética. Eso quiero LectEr: ir a teatro a ver estas obras ahí, en el teatro.


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