«A pesar de mis gafas oscuras, tengo un rostro expresivo y lleno de vida, abierto a la sonrisa. Han dicho que río con facilidad, casi de continuo. He sido optimista… No he vivido nunca en la oscuridad porque Victoria estuvo siempre a mi lado y ella fue "mi transcriptora de luces y paisajes"».


Estas palabras de Joaquín Rodrigo, hacían referencia a Victoria Kamhi, esposa y amor de su vida, quien sería su lazarillo, ya que debido a la difteria, desde la temprana edad de tres años, quedaría ciego de por vida. ¿Acaso, el compositor levantino, no habla del ideal de todo ser humano?.


Joaquín Rodrigo escribió el Concierto de Aranjuez en homenaje a Victoria, era una pieza de amor que hacía referencia a las caminatas llevadas a cabo en la luna de miel de la pareja. ¿Cómo una obra musical que surge de esta manera puede convertirse en lo que llamamos «música de sala de espera, , de supermercado o estilizada»?


Salí del trabajo y caminé bajo la lluvia quince minutos, al llegar a la estación de Transmilenio El Tiempo - Maloka, me encontré con un gran número de personas agolpadas dentro del vagón de la ruta que me correspondía para ir de regreso a casa. Literalmente no cabíamos, moverse era casi imposible por el poco espacio entre cada una de las almas allí presentes, a veces se escuchaban arengas en contra de la administración actual de la capital o personas que denigraban de la falta de caballerosidad de algunos hombre al no dejar pasar a los adultos mayores que allí se encontraban, era una situación bochornosa que desafortunadamente era comida diaria capitalina. Seguía conectado a mis audífonos escuchando una selección musical de Sting con su álbum, Songs From the Labyrinth. Cuando llegó un articulado en el que posiblemente podría entrar, la multitud se empezó a mover como en un baile de pogo al mejor estilo de Rock al Parque y tomé la inteligente decisión de guardar los audífonos, así que mi relativa soledad se dio por terminada y me percaté que por primera vez en una estación, había música de ambiente, para «amenizar la espera del viaje».


Reconocí rápidamente la escena musical: Segundo movimiento del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. No sabía qué pensar, inicialmente agradecí al funcionario público que hubiera tenido la idea de buscar maneras para que la espera en las estaciones fuera menos tediosa. No, realmente no le agradecí, puesto que tal música no iba a descender el número de pulsaciones cardiacas por la aglomeración de gente. Luego pensé en lo surrealista del momento: música calmada que al cerrar los ojos me hacía ir a un lugar de paz, posiblemente a esos jardines y parques en Aranjuez, donde Joaquín y Victoria caminaban enamorados. Mis oídos filtraron cualquier ruido ensordecedor originario de la calle 26 allí en la estación de Transmilenio y pronto sentí que era mecido por la brisa de la tarde de mis pensamientos. No, al abrir los ojos, el viento español no mecía nada, ya había llegado otro bus articulado y la gente intentaba llegar a él a punta de tropezones y alaridos. Lo que sucedía realmente allí en ese lugar no tenía nada que ver con la música que se escuchaba al fondo; era como si de repente, se hubiera sustituido la imagen de la escena romántica de Aranjuez, con la entrada desordenada del primer concierto de Iron Maiden en Bogotá. Dentro de ese desorden y caos total, tampoco logré entrar en ese bus.

Delante mío, se encontraban dos personas que en medio de las atrocidades, se acababan de reencontrar después de años… ...al menos, era lo que suponía, debido a la conversación que lograba escucharles...

—Cómo has estado?, años sin verte ni saber de ti…


—Sí, estuve viajando durante un buen tiempo. [segundos inaudibles y desafortunados]


—¡Qué maravilla!, yo no he salido de la ciudad desde que entré a trabajar a la Contraloría...


—No puede ser, ¿estás trabajando en la Contraloría?


—Así es. ¿y tú?


Me pareció entender que su respuesta había sido «El Tiempo», aquel periódico capitalino, pero en el momento en que actualizaban sus estados laborales, llegaba otro bus en el que por fin entramos, luego de unos cuarenta minutos de espera. Pareciera que el agolpamiento dentro del automotor, incomodara a algunos presentes, pero para ellos hubiera sido la situación perfecta para estar muy cerca el uno del otro. Para mí no fue fácil, ya que ahora hablaban más suave y con el ruido de la ciudad, gran parte de su conversación, quedaba como sonidos inconexos en mis oídos.


El Adagio del Concierto de Aranjuez se había quedado en la estación en modo “Repeat Track”, repitiéndose incesantemente y era obvio que el interés del funcionario público no había sido el de sembrar una semilla de cultura universal a los usuarios del Sistema de Transmilenio, sino el de paliar los niveles de estrés laboral única y erróneamente «radiar» la segunda parte de la música del compositor levantino. Sin embargo, en mi cabeza continuaban resonando sus acordes y melodías, gracias a las imágenes cinematográficas que surgían de la conversación de la pareja; además, por sus miradas penetrantes, podía observar que en otras épocas anteriores, ya habían tenido su propia historia. Cuando él le hablaba, ella lo miraba fijamente a los ojos o bajaba un poco la mirada, fijándose en el movimiento de sus labios. Él dibujaba sonrisas, cuando ella respondía.


Era imposible no intentar seguirles la conversación; supe que tenían gustos de comida y música parecidos, ambos gozaban del sushi y de la música de Sting (pero no conocían el disco que había estado escuchando antes de retirarme los audífonos), además ambos habían asistido al concierto que él había dado junto con Shaggy… ...y no se habían encontrado allí. Supe también que vivían al norte y que como yo, se bajarían en la misma estación.


Yo permanecí de espectador de esa película, ellos siguieron siendo protagonistas. El Concierto de Aranjuez continuó siendo mi banda sonora. Llegamos a nuestro destino y allí, otro tumulto: alguien que iba a entrar al bus dijo desde afuera, “¡welcome to the jungle!”, refiriéndose al gentío que permanecía y que parecía no terminar en ningún lugar de la troncal. En ese momento tuve la seguridad de que la música de Rodrigo en mi cabeza había sido perfecta para «acompañar» a los que con seguridad serían una nueva pareja y no el hard rock de Guns N’ Roses.





















Palabras de Joaquín Rodrigo
https://goo.gl/GK3tta
Fotos de jardines
https://goo.gl/BXnat1
Joaquín y Victoria
https://goo.gl/6wvyg3
Si tienen comentarios, sugerencias, felicitaciones o reparos sobre esta crónica, o quieren comunicarse con el autor escriban a contacto@diastematicos.com


3 Comentarios

  1. W. Julián Aldana dice:

    Amigo Gabriel.

    Es grato volver a leer sus textos. En esta crónica lo veo reflejado de principio a fin con las diversas referencias musicales. Si bien El concierto de Aranjuez da título a la crónica, este tema es un pretexto para la historia del encuentro y él infantable rock que rodea su vida. Me gusta la sutileza con que detalla la relación “de esos dos”. No podremos saber qué hubo, qué los unió, cuál fue ese pasado. Quedo esperando desde ya otro texto suyo mi amigo.

    Un abrazo.

  2. Para mí siempre será un lujo que usted hable de lo que escribo. Gracias por sus comentarios. Esperemos a ver qué más pasa con esa pareja, uno nunca sabe. Tal vez hoy me los vuelva a cruzar en el Transmilenio.

  3. Me gustó mucho la historia de la pareja y como la música de Aranjuez y otra de rock sirven como banda sonora de la película que vivimos cada día. Ese concierto es precioso y aunque suene en transmi no me genera la percepción de “música de aeropuerto”. Me gustaría más saber más de ese concierto en la crónica. Por lo demás me encantó.

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