EL testigo.

Prometí no volver a someterme a ello. Fue en A.B, mi tercer campo de concentración como turista histórico de la guerra que soy, que fui. Entre sollozos, cabreo y náuseas, decidí que para mi no habría más recordatorios de la guerra, ni más museos sobre el horror, ni más exposiciones sobre el infierno que padecieron los inocentes; mi alma no podría soportarlo más, simplemente no sería capaz de seguir untándose de mierda de esta manera.

No tenía forma de saber que al poco tiempo la siempre esquiva promesa de paz se posaría sobre mi país, trayendo consigo la necesidad de contarnos lo que pasó y de reconocer la verdad —las verdades— del desgarrador conflicto nuestro de cada día. Lo evité. ¡Con los dioses como mis testigos que lo evité! No por desidia ni por falta de empatía con las víctimas, sino por simple sentido de supervivencia mental que, en ocasiones, es tan importante como la física.


Fue mi querida C. quien me convenció de afrontarlo: “Es una exposición imperdible —dijo más como una orden que como una sugerencia—, sería una verdadera pena que no fueras”. Fui incapaz de confesarle mis temores. Tal vez me avergonzaba mi propia cobardía o la hipocresía de llamarme a mi mismo “pacifista” siendo incapaz de ver los despojos de la guerra. Así fue que terminé en el Museo Claustro de San Agustín, en el centro de Bogotá, recorriendo la exposición El testigo, antología fotográfica - 1992 a 2018, una colección de fotos con la que Jesús Abad Colorado, su autor, a lo largo de cuatro salas atiborradas de imágenes de víctimas, victimarios, guerreros, civiles, paisajes, vacíos, inocentes y culpables, presenta su memoria gráfica de casi dos décadas de conflicto colombiano, confiando que, con ello, no volvamos a repetir la historia.
Consideré quedarme afuera de la sala de exposiciones. Bastaría con mentir con un dolor de cabeza para zafarme fácilmente de mi compromiso. Pero no lo hice. Aún no tengo claro por qué, pero sospecho que aquellas letras negras resaltando de la inmaculada pared blanca de la sala fueron las que me convencieron de enfrentar mis prevenciones. Más que de una explicación curatorial, fue una confesión del autor, quizás hasta una disculpa por seguir fotografiando la tragedia aún cuando algunos protagonistas de ella le rogaron no hacerlo: “Tenía que seguir —se lee— porque así como sin las fotos de la II Guerra Mundial hoy no sabríamos que el Holocausto fue real, sin estas cualquiera podrá decir, en el futuro, que el conflicto en Colombia jamás ocurrió”.
Me gustaría decir que con El Testigo salí fortalecido y finalmente pude dejar mis demonios atrás. Mentiría. La verdad es que el sollozo, el cabreo y las náuseas de aquella vez reaparecieron, que mi alma nuevamente se untó de mierda y que, tal como entonces, me quedé sin energía para volver a mirar a los ojos al segundo jinete del apocalipsis, ni siquiera a través del filtro de una cámara.

Pero esta exposición, contrario a la del campo de A.B., despertó en mí muchas otras sensaciones. Supongo que es lo que diferencia la porno-miseria disfrazada de arte del verdadero arte sobre la miseria. Y ese despertar de sensaciones es lo que me motivó a escribir esta crónica, quizás como una forma de terapia o, solo tal vez, como una forma de encontrarle sentido al sinsentido de esta, nuestra guerra que no acaba de terminar.



Primera sensación: Horizontes.



testigo 1
Desplazados de Valdivía. 1999

Siete miembros de una familia se detienen al borde de la carretera que los llevará hacia la ciudad. Él, tenaz jornalero, tiene el machete en el bolsillo trasero de su pantalón mientras con su mano derecha sostiene la cabuya que lo une con un cachorro. Ella, recia y fértil campesina, dirige sus agotados ojos hacia el horizonte que le está señalando una de sus muchas hijas, mientras reposa sobre lo único que pudieron tomar antes de ser obligados a abandonarlo todo: un colchón y un costal lleno de —imagino— ollas, utensilios y algunas mudas para afrontar con algo de dignidad su nueva condición de desplazados.

Una pareja hace un alto en el camino que los conduce hacia la tierra prometida. Él, férreo colono, en la mano derecha sostiene un hacha y con la izquierda señala el horizonte donde se encuentran los terrenos vírgenes en donde los espera una nueva y mejor vida. Ella, campesina como la anterior, centra su esperanzada mirada en el lugar que le indica su esposo mientras carga entre sus brazos al pequeño hijo que duerme plácidamente, heredero de lo que será un nuevo y pujante pueblo esperando a ser forjado más allá de la cordillera.


Tonos blancos, negros y grises, sombríos y melancólicos, acompañan la primera de las escenas. Es una fotografía de J.A. Colorado, un crudo pero honesto testimonio de la masacre y posterior desplazamiento forzado en Valdivia, Antioquia, en 1999. Colores azules, verdes y rojos, todos rebosantes de optimismo, adornan la segunda de ellas. Se trata de Horizontes, de F.A. Cano, la más icónica y optimista representación pictórica del mito de la colonización antioqueña, terminada en 1913. En la exposición, por supuesto, solo está la primera escena, pero al verla me fue imposible no pensar en las semejanzas que guardan ambas obras: la familia, lo bucólico, la migración, las montañas, el camino, la antioqueñidad, la incertidumbre, los dedos erguidos en el centro de la imagen recordando La creación de Miguel Ángel y las miradas perdidas hacia el horizonte, el uno distópico y el otro utópico.

De pie en la sala de exposiciones, se me ocurre que más allá de lo artístico, estas dos obras comparten algo mucho más relevante y macabro: “¿Y qué si la familia retratada por Colorado desciende de la familia pintada por Cano?”. Mi imaginación se desata: la pareja seguramente conquistó las montañas antioqueñas, domaron la tierra, prosperaron, su hijo creció sano, quizás se convirtió en arriero, tuvo sus propios hijos, nietos y hasta bisnietos a quienes heredó las tierra; y son estos los que, en 1999, se convirtieron en los trágicos protagonistas de la fotografía de Colorado, mientras eran forzados a dejar lo que sus mayores forjaron a punta de hacha y machete.

Son ahora ellos, como sus abuelos antes, quienes deben migrar, quienes deben enfrentar la incertidumbre del futuro, el peso de tener que llevar a su familia a un puerto seguro, el vacío de tener que viajar con lo mínimo porque es lo único que se tiene. Con la diferencia de que esta nueva generación de migrantes, desplazados antes que colonos, no tienen esperanza porque saben que al final del camino no encontrarán un baldío que puedan llamar “mío” y en donde puedan sentirse dueños de su propio destino, sino tugurios a las afueras de tumultuosas metrópolis que no quieren ni soportan la llegada de más de su clase; saben que no van a buscar prosperidad sino que esta les acaba de ser arrebatada y que ahora todo será cuesta abajo… ¡Siquiera se murieron los abuelos!

A medida que la foto va quedando a mis espaldas, me doy cuenta de que las dos obras guardan una sustancial diferencia, una que a pesar de todas las semejanzas las convierte en antagónicas: el horizonte que señala el dedo del campesino de Cano es el futuro, uno del que el espectador, pasivo y sin interacción alguna con el protagonista, no es responsable. El horizonte indicado por la niña retratada de Colorado, en cambio, es el pasado, uno que como audiencia permitimos y toleramos —cuando no aupamos—, de allí que su dedo apunte también hacia la cámara, es decir, hacia nosotros, haciéndonos partícipes de la composición. Horizontes representa un endulzado mito, Valdivia fue una trágica realidad.



Segunda sensación: Esclavitud.




Las negras lloran. No es el llanto desesperado y desconsolado que uno esperaría. Parece ahogado, casi resignado. Tienen los rostros marchitos por el sol y las bocas ocultas entre sus propias manos. Están en fila guardando un orden que parece impuesto. Miran sin observar hacia un mismo punto aunque no parecen aferrarse a este,sino por el contrario, dejarlo ir.

La escena se me ocurre perturbadoramente familiar. Me doy cuenta de que nunca la había visto, tan solo la había proyectado en mi mente mientras leía Changó, el gran putas y La increíble narración de la vida de Olaudah Oequiano, El africano. Ambos cuentan una misma historia: la de grupos de negros esclavizados que empiezan a acoplarse a su desgracia, encadenados en fila en los barcos negreros, con las miradas perdidas en el océano intentando recordar sus hogares ya perdidos, despidiéndose en silencio porque saben que para ellos, como para tantos otros antes, no existe el retorno.

Me despabilo. La imagen ante mí no es uno más de mis recuerdos literarios sino una foto de las mujeres de Bojayá, tan reales como usted o como yo; las mismas que quedaron muertas en vida después de la masacre del 2002 y que ahora, en la escena en blanco y negro que recoge J.A. Colorado, finalmente han retornado para velar las tumbas de las ánimas queridas.
“¿Cuántos siglos llevan llorando su tragedia?” —me pregunto. Y es que resulta innegable que las negras de las fotos descienden de los cimarrones y manumisos que se asentaron en las selvas del Pacífico, y que estos a su vez vienen de los esclavizados arrastrados de África por los blancos europeos para reemplazar a los indígenas ya casi exterminados. Son cuatrocientos años de sufrimiento en una odisea que partió desde Senegal y Guinea, que pasó por Cabo Verde, Barbados y Cartagena de Indias, y que llegó hasta el Chocó, donde la desgracia parecía estarlos esperando.
Al salir de esta sala no puedo dejar de pensar que no es casual que esta foto, una de las imágenes que mejor simboliza el alcance de nuestra guerra, se haya capturado en Bojayá, un asentamiento predominantemente negro. Al fin y al cabo esta diáspora, desde que fue secuestrada del otro lado del Atlántico, no ha tenido un solo día de paz. Solo espero que las mujeres de las fotos hayan alcanzado un poco de esta al enterrar a sus muertos.


Tercera sensación: Confesión.

Me reí. Mientras ella se llenaba de incredulidad y franca indignación frente a lo que leía en el diario, yo reía. Mi cinismo, cargado de inhumanidad, me hizo sentir superior. Al fin y al cabo la certeza de que todo podía empeorar me hacía inmune a escandalizarme, me hacía más racional, más inteligente.
Solo vine a borrar la maldita sonrisa de mis labios cuando vi que sus ojos, sus mejillas y las hojas del periódico debajo de ella se llenaban de lágrimas. Eran lágrimas de dolor, a pesar de que los protagonistas de la noticia eran, tanto para ella como para mí, unos perfectos desconocidos. Ella sintió empatía por aquellos, ella vio todo lo despiadado de ese acto, ella se dio cuenta de que aún bajo la brutalidad de la guerra estaba frente a algo inaceptable. Yo reí.
Fue en el 2008. El diario, en alguna página interior, desvelaba el macabro campo de entrenamiento en el que uno de los grupos armados —¿acaso importa cuál?— convirtió un pueblo, tomaba a sus habitantes (ancianos principalmente) como conejillos de indias para que los nuevos reclutas aprendieran a torturar sin llegar a matar, a matar y a descuartizar; a descuartizar sin dejar rastro del desaparecido…

Me llené de vergüenza ante mi propia monstruosidad. Días después me obligué, infructuosamente, a llorar. Nunca me lo he logrado perdonar, aunque sí fui bastante eficiente escondiéndolo, hasta que una de las fotos de Colorado me forzó a enfrentarme con uno de los peores secretos de mi humanidad. En la foto no hay ninguna persona, tan solo un pastal, unos construcciones de barro derruidas y algunos árboles de tierra caliente, de aquellos apreciados por dan sombra antes que frutos. Fue allí —revela la leyenda que acompaña a la imagen— en donde sucedió todo, en donde el infierno se materializó por casi un mes sin que ni el Estado ni Dios hicieran nada.
Esta vez tampoco pude llorar. “¿Mi alma ya murió?” —me cuestioné. No lo creo: por lo menos esta vez no estoy riendo.


*** La exposición fotográfica ‘El Testigo’ estará expuesta en el Claustro San Agustín hasta el 29 de abril de 2019, de martes a domingo, entre las 10:00 a.m. y las 5:00 p.m. Entrada libre.


Sobre el autor:


Juan Felipe Cardona Cárdenas es analista político por formación, lector por vocación y escritor por pasión y frustración.


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Si tienen comentarios, sugerencias, felicitaciones o reparos sobre esta crónica, o quieren comunicarse con el autor escriban a contacto@diastematicos.com o juanfelipecardona@gmail.com


 
 

Todas las imágenes, a excepción de la pintura de F.A Cano, son de autoría de @Jesus Abad Colorado, tomadas sin fines comerciales para ilustración de este artículo

 
 
 

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