Una y otra vez, la mirada furtiva.

Caminar por Bogotá es una experiencia desoladora, suceden muchas cosas al tiempo; pero me he acostumbrado, me gusta vagar por la calle, soy una especie de flâneur . Llevo tanto tiempo en esto que busco algunos detalles imprecisos: la suela de un zapato desgastado, un hombre viejo que espera recostado contra un poste en una esquina, con una cara de cansancio y desprecio; una mujer que se maquilla en el bus en medio del trancón, parece que llevara años haciéndolo, resignada, concentrada en mantener el trazo delicado con sus manos. Retiro la mirada un instante y ya todo es distinto, como si lo hubiera imaginado.

La exposición que recorro en este instante de Miguel Ángel Rojas: “Una y otra vez, las tardes suspendidas: 1973 – 1983”, obra reunida en la Galería Casas Riegner, revela las inquietudes de otro flâneur. La primera obra es la suela de un zapato a punto de completar un paso. Es una imagen efímera, no hay más contexto además del reflejo en un charco, o quizás una sombra. Rojas trabaja con fotografías, oscuras, llenas de grano y trepidadas. También hay grabados y dibujos borrosos, oscuros, incompletos. Ponerlos juntos, corta la distancia entre la fotografía y el dibujo, me hace volver y detenerme en los detalles, en los bordes de las obras. Precisamente aquello en que la fotografía, tan clara y transparente, suele ocultar.

Cierro los ojos y la suela del zapato persiste, como en un sueño, o más bien, como en un déjà-vu; como el remanente de un sueño que no recuerdo. Al lado hay dos dibujos bastante grandes de varios pares de pies caminando de un lado al otro; se trata de “Me llaman Trinity y Nevada Smith”. Una línea horizontal los corta, la parte superior del papel está vacía. Como si el espectador las viera pasar a las personas a través de una rendija, o como si las viera pasar debajo de la puerta de un baño , -como bien lo describe Rojas en el texto curatorial-, de modo que el flâneur también es un observador imprudente.
Más adelante en Antropofagia, Rojas muestra una serie de fotos llenas de grano , una textura fina que recuerda las fotos de rollo. El grano me hace buscar algún detalle en lo oscuro, donde el grano es más notable. Adivino una pared, una fila de sillas vacías, una columna y la sombra de un hombre con sombrero y una carpeta bajo el brazo, pero no estoy seguro de que lo sean. Sigo a la siguiente foto y regreso: el hombre con sombrero ya no está ahí. Aparece ahora una señora que sostiene una chaqueta entre los brazos. Al principio creí que era la sala de espera en alguna clínica. Luego, al leer el texto curatorial, descubro que son fotos tomadas en el Teatro Faenza y otros teatros tipo B; teatros que en los años ochenta servían de refugio a los homosexuales, cuando el estigma era mucho más grande. Miro lentamente descubriendo la luz de la pantalla. El artista retrata furtivamente a quienes creen esconderse en el cine. Yo también lo hago.

En “Esquina Rosada”, Rojas muestra escenas cotidianas desde su ventana; también mira sin ser visto: personas paseando, carros, y una esquina en la que algunas parejas de hombres se abrazan. Son escenas fugaces de intimidad, que luego vuelven a la mente como imitaciones de sueño. Me gusta mucho este tipo de fotografía callejera porque imito la mirada del hombre que vaga por las calles, de una manera mucho más lenta; porque puedo sorprenderme con la extrañeza de las sombras y el grano, y con los recuerdos que eso evoca.
Salgo de la galería y pienso en regresar caminando a casa. Es un largo trecho, y en hora pico es estresante, pero la obra de Miguel Ángel Rojas ha reanimado mi gusto por mirar contemplando.

miguel angel rojas 1


* Flâneur: palabra francesa popularizada por Charles Baudelaire. Se refiere al hombre entre la multitud de la ciudad. Es un vagabundo, un fisgón. Al contrario de la multitud, que van afanados a la casa, al trabajo, al médico, el flâneur no va a ningún lugar, no tiene más ocupación que mirar con cuidado.


Miguel Ángel Rojas es un artista bogotano que usa dibujos, pintura y fotografía para acercarse a temas de sexualidad, violencia, y la marginalidad en las ciudades. Tiene una trayectoria de más de cuarenta años y ha tenido exposiciones individuales en varios países.


"Una y otra vez las tardes suspendidas” estará en la Galería Casas Riegner, ubicada en la Calle 70A # 7 -41 en Bogotá hasta el 28 de febrero.

SOBRE EL AUTOR:



Aprendí a mirar despacio por influencia de mi familia, donde hay varios fotógrafos. Y también a leer despacio, tiempo después, cuando descubrí la literatura. Aprendí a tocar guitarra, en la juventud, para imitar las canciones que escuchaba en la radio. Estudié derecho porque estaba joven y uno toma ese tipo de decisiones; y luego sociología, por curiosidad. La sociología profundizó mi tendencia a mirar despacio, al punto del extrañamiento. Por este tiempo comencé a escribir, primero poemas cortos, luego cuentos. Quizá por esto, tengo una fascinación por la literatura extraña, que significa un poco de las vanguardias y un poco de países lejanos de los que no sé casi nada. Porque un día me cansé de Bogotá, y de la rutina de la universidad, me empeciné a viajar a París. Allí estudié antropología del derecho, aunque la mayor parte del tiempo la pasé leyendo libros (se consiguen de segunda a un par de euros), visitando museos y hablando con extraños y turistas en la calle. A mi regreso, corregí mis apuntes, que terminaron siendo una novela: Un puñado de cielos, que ahora espera una enésima revisión para buscar editorial.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad