Gog o la misantropía del filántropo.

 
 


Causa un poco de curiosidad lo que se podría cruzar por la mente de un ser humano que muestra los matices más elevados de misantropía y, en mayor medida, cuando hace alarde de practicar el epicureísmo cerebral * (la adopción y el disfrute de placeres superficiales modernos) como forma de vida. Con todo el dinero que nos pudiéramos imaginar, este tal Goggings, oriundo de alguna isla del cúmulo de Hawaii, se encaminó a hacer buen uso de su tiempo y dinero disfrutando de todo lo que le apeteciera y, entre tantas cosas, sus acercamientos a ciertos seres humanos prominentes le llenaron de satisfacciones y de privilegios que sólo él podía oficiarse. Incluso, conociendo la envergadura de sus arcas, algunos de los más excéntricos seres humanos le buscaron para hacerlo partícipe de empresas, por demás descabelladas, con un componente acaso común: la capacidad de asombro y la curiosidad inherente a todo ser humano.

 

Nuestro narrador, Giovanni Papini, ya convertido al catolicismo en ese entonces, hace la advertencia del lugar donde conoció a nuestro particular personaje, y no lo dice con beneplácito ni alardeando, con cierta vergüenza nos cuenta que conoció a Gog en un hospital psiquiátrico. También lo cataloga como un amante de la extravagancia, de la criminalidad y la idiotez, para endilgarle el poco digno epíteto de monstruo y, sin embargo, termina por hacernos entender que no es más que un ser humano que a razón de su exuberante riqueza es capaz de saciarse de todos los antojos que cualquier ser humano en nuestros días podría tener. Gog es el resultado de los tiempos modernos, es lo que muchos querrían ser si tuvieran el capital para poder hacer realidad sus más íntimos deseos.

 

De Papini me refiero como en algún momento Borges lo catalogaría, como una especie de proteo:

Proteo
Por Jorge Luis Borges

Antes que los remeros de Odiseo
fatigaran el mar rojo como el vino
las inasibles formas adivino
de aquel dios cuyo nombre fue Proteo.
Pastor de los rebaños de los mares

y poseedor del don de profecía,
prefería ocultar lo que sabía
y entretejer oráculos dispares.
Urgido por las gentes asumía
la forma de un león o de una hoguera
o de árbol que da sombra a la ribera
o de agua que en el agua se perdía.
De Proteo el egipcio no te asombres,
tú, que eres uno y eres muchos hombres.


Según el genio argentino, la voz de nuestro narrador hace eco en todo lo que cuenta, de tal forma que es imposible evitar escuchar sus susurros en esos textos que dice haber obtenido del viejo interno psiquiátrico llamado Gog y de cuyos manuscritos me ocuparé en este momento.
Es a todas luces impresionante deleitarse con la cantidad de aventuras que el viejo Gog tuvo la posibilidad de vivir, los lugares que visitó y las personas que conoció. Es en ocasiones perturbador que en ciertos relatos logremos enfrentarnos a las más extrañas prácticas que, de no ser avaladas por el talante de Papini, cabría la posibilidad de entrar en vacilaciones constantes que no nos permitirían reivindicarnos con la idea inicial de leer literatura, negaríamos de tajo cómo esta hace que la realidad sea más sencilla de describir.

 

En una de sus aventuras, nuestro curioso personaje tiene la posibilidad de entrevistarse con H.G. Wells, y en dicha visita queda una idea clara: él se considera, más que un escritor de ficciones, un profeta. Según Wells, su ejercicio es la profecía y, sin estupor alguno, le vaticina a Gog que el grueso de la raza humana se verá mermado en forma estrepitosa por conflictos entre ellos mismos (lo que no es revelación alguna ya que es evidente desde todo ángulo). Lo que sí termina siendo inquietante y, por demás, atemorizante, es que de aquellos reductos de hombres, no habrá ninguno con capacidades intelectuales suficientes para reconstruir una civilización similar a la que existía, no se generará ni siquiera un remedo de ella, el mundo será poblado por “clanes de neoprimitivos que habrán olvidado el florecimiento efímero de la civilización”.

Por otro lado, en otra de sus visitas, Gog se encuentra con el biólogo Australiano Austen Finlay, director del Instituto científico para la regresión humana. En su charla con él, encuentro particularmente atractivo lo que incentivó al doctor Finlay a estudiar biología, fue su contacto en la niñez con la novela de H.G. Wells La Isla del doctor Moreau, en la que se narra cómo Edward Prendick, su protagonista, después de un naufragio, cuenta con la fortuna, o desgracia, de dirigirse a una isla, curiosamente en las inmediaciones de Hawaii, en la que un biólogo lleva a cargo un experimento revolucionario, la transformación de animales en humanos. Por supuesto, hay que tener en cuenta que aquellas bestias humanizadas siempre llevarían.

 

Volviendo a Finlay, tengo entendido que él por lo menos es consciente de que la hazaña en la que se empeñó Moreau podría ser consumada solamente por Dios: nos referimos a elevar seres de un estado inferior a otro superior. Pero el hombre, demiurgo en el uso de sus facultades, podría ser capaz de ejecutar el propósito opuesto, quitar, empobrecer, rebajar, cualidades inherentes a un ser que las posee con el único fin de devolverse a su estado más instintivo, a su esencia animal. En perspectiva, el doctor Finlay quiso desarrollar sin encantamientos de ninguna índole (si acaso su empeño científico) lo que aconteció en el mito de Circe: transformar no solamente en cerdos sino en especies de animales exhaustivamente escogidas, a aquellos hombres que quisieran apuntarse a tan peculiar propósito. Como requerimiento fundamental deberían ser hombres que hicieran un uso destacado de sus capacidades intelectuales, de allí que incluso un profesor de filosofía idealista se inscribiera.

Con cierto dejo de grandilocuencia Finlay le cuenta a Gog los logros de su Instituto científico para la regresión humana, su mejor resultado, un hombre gorila, y en curso otros más. Todos habían llegado al punto de eliminar el lenguaje hablado para comunicarse y expresar sus estados de ánimo a través de gruñidos o sonidos correspondientes a su especie. Infortunadamente este manuscrito de Gog está incompleto y es todo lo que narra Papini, pero me atrevería a decir que en la actualidad se ha asumido la empresa del doctor Finlay con disciplina y seriedad sin la necesidad de un instituto. Hordas de seres humanos, quienes todavía utilizan el lenguaje, se han despojado de su capacidad de razonar y de explorar su inteligencia para sucumbir al instinto y la animalidad. Wells no vaticinó entre sus profecías el poder de los medios de comunicación, de la política o de la religión, pero bien habrían podido ser material digno de sus entretenidas pero, de cierta forma, desalentadoras ficciones. Infortunadamente, veo en las calles a un montón de bípedos como el señalado a Platón por Diógenes; sin necesidad de biólogos brillantes se dedican a alimentar la convicción de renunciar a su inteligencia para empezar su propia regresión. Ésta, al parecer les brinda placer y les otorga la calidad de vida instintiva y precaria que creen merecer, y la persiguen por ideología y con férreo convencimiento.

No quiero, de ninguna manera, equipararme a la misantropía del viejo Gog; ni siquiera llegar a compararme con el genio de Papini, así que no me volcaré a alimentar de diatribas este corto texto. Pero para finalizar está experiencia se me antoja sugerir que cada relato de Gog y El libro negro debe ser leído con toda la seriedad con la que se puede abordar la literatura. La esencia de nuestro asombro se puede ver potenciada al tratar de descifrar la forma en que la experiencia de un tercero, un maestro de las letras, puede entregarnos la exquisitez de lo que a juicio de muchos puede sonar absurdo. Pero ¿no fue lo mismo que ocurrió con esa fabulación orquestada por Cide Hamete Benengeli?





* En tiempos de postmodernidad, específicamente en la tercera y cuarta década del siglo XX, Giovanni Papini criticaba frontal y despiadadamente los placeres que los hombres de la época se oficiaban, estos placeres estaban sujetos a la inmediatez de goces mentales superficiales, sin trascendencia alguna, algo similar al disfrute que bien podría ofrecer la estupidez de la televisión o de la conversación insulsa de ciertos seres humanos en la actualidad. El epicureísmo cerebral en sí, y de cuando en cuando, no es perjudicial, lo perjudicial es su permanencia y adopción como forma de vida.

Sobre el autor:


Carlos Andrés Manrique es profesor de literatura anglófona y de lengua Inglesa. Es licenciado en Español – Inglés y magister en Literatura. En 2009 le fue otorgada una beca del departamento de estado Norteamericano con la que cursó estudios en Literatura e historia norteamericana, asuntos culturales y desarrollo de currículo.

 

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