Leer a las escritoras: Parte III.

 
 


¿Qué diablos esperaba encontrar? ¿Acaso una suerte de templo a Atenea? ¿Quizás un edificio dórico con esculturas de Terpsícore, Metis, Woolf, Mistral y demás deidades de ayer y de hoy? ¡Pero que idiota fui! No, la librería del Pasaje Rivarola no cumple con ninguno de estos grandilocuentes ideales ni se acerca a la magnificencia del Grand splendid de la Avenida Santa Fe ni a la de Puro verso de la Sarandí, al otro lado del Río de la Plata. Y eso, confieso no sin algo de vergüenza, me decepcionó, por lo menos en el eterno segundo que dura una primera impresión. Lo que hallé fue un diminuto local, tan recóndito como confinado, apenas identificable gracias al sencillo letrero de letras blancas sobre un sobrio fondo azul que la anuncia: Librería de Mujeres. Esta, la de Buenos Aires, es una de las 62 que existen en el mundo especializadas en libros y publicaciones de escritoras y editoras, y la primera de su tipo que yo, un confeso bibliófilo machista en recuperación, visité.

 

Al entrar en ella no se pierde el aliento, eso es seguro. No tiene muchas repisas y las pocas que hay no cuentan con la variedad de nombres y ediciones que se esperaría. Incluso es posible que muchas de las librerías ‘tradicionales’ tengan en sus anaqueles y bodegas más autoras que la misma Librería de Mujeres. Pero la relevancia de este espacio no depende de la cantidad de títulos, tan solo tuve que darle una ojeada a su colección para darme cuenta de ello: Belén López Peiró, Tununa Mercado, Silvina Ocampo, Gabriela Saidón, Elena Favilli, Alfonsina Storni, María José Mendieta, Alejandra Pizarnik, Mariana Docampo, Clara Obligado… ¡Una cornucopia de autoras, una detrás de la otra, como jamás antes había visto!
Por primera vez en mi aún corta experiencia deconstruyendo el machismo literario con el que cargo, no tuve que obligarme a buscar a las escritoras entre un océano de hombres ni tuve que forzar a mi cerebro a dejar de ignorar aquellos libros firmados por “ellas”. ¡Fui, finalmente, un lector liberado!

 

Salí de allí con tres libros bajo el brazo: el de una escritora que ya había disfrutado en el pasado, el de una que conocía de oídas pero que jamás había leído, y el de una que me resultaba una completa extraña. Me sentí orgulloso de la trinidad elegida y de la diversidad que esta le otorgaría a mi biblioteca, cada vez menos homogénea, cada vez más impredecible, cada vez menos machista. Ese es el encanto de las librerías especializadas de mujeres como esta: no solo le dan a las escritoras y editoras un espacio en el que no serán invisibilizadas, sino que permiten que todo tipo de bibliófilos —y bibliófilas, por supuesto— salgan de sus lugares de confort, expandan su repertorio, experimenten con sus propios gustos y se reinventen desde la pluralidad.

Soy consciente de que nada bueno nunca salió de intentar perpetuar la falsa utopía de “iguales pero separados”. Por eso mismo, en un mundo ideal, la Librería de Mujeres está condenada a desaparecer. Pero mientras eso ocurre, mientras las librerías y los lectores dejamos completamente de lado el machismo; es bueno saber que en el 142 del Pasaje Rivarola y en 61 calles más alrededor del mundo, estos pequeños oasis literarios aguardan por nuestra visita, ávidos por cambiarnos la vida.

 

Las otras vidas.

 

Tenía ocho años la primera vez que quise convertirme en otra persona. La culpa fue de los adultos y de su tendencia a responder a mis múltiples preguntas con un holgazán: “lo entenderás cuando seas grande”. Ser viejo para así saberlo todo, fue el primero de muchos deseos metamórficos a lo largo de mi vida.


Supongo que esto no me hace particularmente especial. Al fin y al cabo, ¿quién no ha querido tener otra vida? Hay muchas formas de lograrlo: una de ellas es imaginar lo que ocurriría si se tuviera un casual pero apasionado encuentro sexual con ese atractivo extraño que día a día ves en el bus. También se puede hacer buscando los lugares más remotos del mundo para “esconderse de la familia y del destino”. O instalándose en un país en el que no se ha nacido y en donde “uno debe comportarse, eternamente, como si estuviera de visita en la casa de unas tías severas”. O abandonando en una terraza a la mujer amada y con ella a la vida perfecta que se ha construido porque a veces “junto con el entusiasmo de la victoria llega una angustia que lo supera”. O pidiéndole a Dios ser un caracol hermafrodita para que el placer no dependa de otros. O recordando que en otra vida se fue una avestruz. O coqueteando con la idea de un nuevo y prohibido amor solo para después alegrarse “por haber resistido con entereza los embates del deseo sin haber hecho nada irreparable”. O escondiendo para siempre una traición imperdonable “para que todo quede como estaba”. O reencontrándose con los amigos de antaño aun sabiendo “que todo aquello no existe y que ni siquiera nosotros podremos ser ya nunca los mismos”. O convirtiéndose en un exiliado que no tarda en notar que “cuando uno llega a un país en el que no tiene a nadie, la vida puede cambiar según se doble una esquina”.



Todas estas formas de mutación, de desarraigo y del eterno preguntarse “qué hubiese sido si…?”, están presentes en Las otras vidas, una colección de cuentos tan fantásticos como autobiográficos de Clara Obligado, autora que ya no es del todo Argentina pero que tampoco alcanza a ser completamente española. Eso lo supe algunos años atrás en la Feria del Libro de Madrid, cuando, comprando una de sus obras, la conocí:

—¿Sabes de la autora? —preguntó una mujer de pelo negro y rostro jovial dentro de la pequeña caseta que hacía las veces de estand.
—No —respondí sin un ápice de deshonestidad—. Es la primera vez que escucho hablar de ella.
—¿Entonces por qué lo compraste? ¿Qué fue lo que te llamó la atención del libro?
—La sinopsis —dije mirando a los ojos de mi interlocutora, ignorando hasta ese momento que se trataba de la propia escritora—. Como extranjero que soy, es difícil resistirse a un libro sobre el conflicto de vivir en una tierra tan querida como extraña.
—Te comprendo —replicó la curiosa mujer develando involuntariamente su identidad—. Desde hace tres décadas, cuando un avión de Iberia me llevó de Buenos Aires a Madrid, me ha sido imposible resistirme a escribir sobre ello.

Leí su libro en el vuelo de regreso a Colombia. Me conmovió. Pero el riesgo de que el gusto fuese tan solo un involuntario reflejo motivado por la nostalgia propia del retorno, me persuadió a no volverme a acercar a Obligado, escritora que ha hecho de las paradojas del irse y del volver su sello característico, su firma. Eso fue hasta que entré a la Librería de Mujeres de Buenos Aires y vi, en la esquina de una de sus repisas, Las otras vidas. Rápidamente me hice al último ejemplar que les quedaba,una continuación —pero nunca una repetición— del primer libro que leí de ella. Aunque esta vez lo devoré sin el filtro melancólico del nomadismo, descubrí entre sus hojas la misma inteligencia narrativa de la primera vez, esa capacidad de hablarle a todos mis Egos y a todos mis Yo; incluso a aquellos que todavía no han vuelto ni se han ido, a esos que son de todo el mundo o quizás de ninguna parte.


Tenía 33 años la última vez que quise ser otro. El egocentrismo aburguesado y conforme se había apoderado de mi alma, y no encontré mejor manera para escapar de ello que cambiando de sueños, de continente, de paisaje y de alfabeto. Para entonces no había leído a Clara Obligado ni era consciente, como lo soy ahora, de que “la extranjería es un ropaje pesado y húmedo que se adhiere a la piel, una sensación que solo entiende quien la padece”.


Sobre el autor:


Juan Felipe Cardona Cárdenas es analista político por formación, lector por vocación y escritor por pasión y frustración.



 

Fotografías tomadas sin fines comerciales de:
http://paginasdeespuma.com/autores/clara-obligado/
http://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=102




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