Ante el silencio inútil

No solo fueron las palabras que nunca se dijeron, sino también el recurso innecesario de la memoria para confrontar los vestigios de la muerte. El espectro de María -que aparecía como siempre en breves lapsos de lucidez- perpetraba la angustia del ayer y permitía al anciano que estaba arrinconado en una silla, envuelto en su locura, pintar su última obra en el óleo imaginario de la pared. Las súplicas de su hija, el esfuerzo que ella hacía por contraer viejas imágenes del pasado que, en el presente, precisamente en ese horrendo rincón del hospital donde se asilaba la única carga moral que era su padre; eran razones suficientes para condenar cualquier acto de sensibilidad, precisamente cuando alguien tenía un lugar asegurado en el sepulcro.

No creí que el silencio, por fin, representara una verdadera derrota. Me imaginé cualquier cosa, menos que a una familia le afectara tanto los dolores del ayer, como la los del vejestorio que se hallaba ahí, apoltronado en la silla de un manicomio y entregado a los designios de la locura. De nada sirvió prepararnos para un espectáculo plagado de sátiras; de esos que comúnmente nos conmueven por la situación de nuestro país. Era algo peor, era la realidad del alma la que estábamos padeciendo. Cualquier dilema moral hubiera bastado para hallar alguna explicación, aunque fuera para reconocer que el ayer, sobre todo para aquellos que construyen nostalgias con momentos heroicos, son desgracias definitivas en su presente.

Pero lo más conmovedor de la obra (claro está, si está permitido confesarlo), no fue contemplar el deterioro del hombre por causa de una enfermedad, ni mucho menos el llanto de su hija al ver a su padre soportando cada día la muerte con la expectativa disimulada de su desgracia; sino la imagen de ella, María, instalada en sus recuerdos. Lo digo porque en el momento en que apareció como un espectro, precisamente en el imaginario de su locura, vestida de blanco, lozana y con los labios pintarrajeados de ese rojo; danzaba al ritmo de Summer times evocando perfectamente el ayer donde las siluetas de los momentos heroicos resaltaron, a son de melodías de antaño, los símbolos de una gloria efímera que, en ese preciso instante, trascendía en una maraña de tormentos.

 

el sentido incierto que representa nuestra existencia frente a los indicios de la muerte, terminan en constantes arrepentimientos por aquellas palabras que nunca se dijeron, en un complejo dilema emocional, en un incómodo y modesto silencio inútil.

¿Acaso no fue esto un verdadero recurso de nostalgia? Más aún cuando la melodía iba transcurriendo y en esos espacios, en ese momento, en el que surgía repentinamente de modo ascendente la trompeta de Armstrong; siempre atraída por los viejos espíritus del pasado como si fueran películas en blanco y negro; su cuerpo flácido y carnal se desenvolvía en una melodía cautivadora, provocando en el anciano un delirio único, como si estuviera en otra realidad, en otro mundo distante de todo sufrimiento, lejos del horror de su demencia y del ambiente horrendo que se sometía a diario en el hospital. Sí, de acuerdo con usted, esa mujer parecía de todo menos un espectro, como lo quisieron mostrar desde un principio.

Todo fue una ilusión momentánea, por supuesto. De nada sirvió buscar promesas que incitaran al futuro como un acto de esperanza. La búsqueda de la inmortalidad resultó también un desastre. Ni siquiera hubo salvación para aquellas almas prófugas del odio, cuando en una escena el anciano le prometió a María que le dedicaría una pintura en honor a su belleza. El delirio los estaba acosando desde el pasado: era la típica consecuencia por construir grandes momentos que son martirios suficientes para padecer de esa enfermedad llamada añoranza. Sí, también coincido con la crítica de una dama cuando la función había terminado y, perplejos y confusos, nos dirigíamos a la salida del teatro; hubo una parte inconclusa, sobre todo cuando surgió de repente una situación alterna, una dimensión inesperada cuya agonía había cambiado de espacio, conmocionándonos hasta el punto de creer que, la desgracia también conforma una trampa sutil que resquebraja todo orden posible.

Pero no por eso la obra pierde su genialidad: ese notable suceso de dos almas sumergidas en sus tiempos, en dimensiones distintas cada una, a las que también arrastraron a la mujer más sensible de la familia, la hija. Otra víctima más del desamparo y la confusión, despertaron tanto en ella como en nosotros (el público) la intriga por saber en cuál realidad se estaba enfrentando cada uno. Ya no importaba la negligencia de los médicos quienes, indiferentes ante la tragedia, jugaban perfectamente a la insensibilidad cínica, al desamparo contumaz, pese a su lenguaje vulgar y monótono que ellos barbotaban; fue un hecho poco espantoso e insignificante comparado con la revelación que hubo a lo largo de la obra: el sentido incierto que representa nuestra existencia frente a los indicios de la muerte, terminan en constantes arrepentimientos por aquellas palabras que nunca se dijeron, en un complejo dilema emocional, en un incómodo y modesto silencio inútil.

Originalmente llamada Palabras que no existen, escrita y dirigida por Brian Torres y con las actuaciones de: Fernanda Rodríguez Sánchez, Diana Rocha, Karen A Ríos, Brian Torres y, desde luego, el maestro Sebastián Uribe Tobón; se exhibió en el teatro García Márquez “el original”, durante el mes de noviembre, prolongando de esta manera la esencia de obras trascendentales y novedosas como una auténtica tradición a su genialidad.

 

Las imágenes fueron cedidas por la producción de la obra.


Jefferson Echeverría Rodríguez
Nacido en Bogotá, actualmente curso Licenciatura en Lingüística y Literatura en la Universidad La Gran Colombia. Influenciado por Chéjov, Iriarte, Onetti, entre otros, he visto la lectura y la escritura como un medio de aprendizaje constante para la formación de nuestras múltiples vidas. Correo: echeverria.jl89@gmail.com


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