¿Qué me cuentas, gordo?

 
 

Por esos azares del destino y en uno de esos días en los que uno no espera nada excepcional me llega un mensaje al celular, un mensaje de Whatsapp, uno de esos que contiene una de las cosas que más me dan pereza: un link para ver un video. Tengo que admitir que soy odioso con este asunto. En ocasiones me acosa el hartazgo de tener de contacto en el celular a ciertos allegados, especialmente a aquellos que envian masivamente videos con reflexiones sobre la vida, con datos curiosos sobre algún asunto que no me interesa (en realidad muchos asuntos no me interesan) o de cualquier índole, pero en este caso, aunque parecía algo que no podía esperar para ignorar, una razón me contuvo, su título: La edad de los países. Lo dejé para luego, sin embargo, porque no recuerdo en qué estaba ocupado, pero, como la historia sí me interesa, decidí darles una oportunidad a esos siete minutos y treinta segundos que duraba (también admito que miro cuánto dura cada video que no veré para saber cuánto tiempo de mi vida hubiera perdido viéndolo).

 

Al darle click, finalmente, me encuentro con un personaje robusto (más bien gordo), de barba desordenada y escasa, bastante desaliñado y con acento argentino, de quien ni siquiera me interesó averiguar el nombre en ese momento. Un tipo que empieza hablando de las operaciones que hacemos los humanos para calcular la edad de los perros: año por siete, y quien posteriormente resuelve mencionar su propia fórmula para calcular la edad de los países: los años de estos divididos por catorce. Es en este momento cuando empiezo a descubrir el montón de genialidades que se venían durante ese lapso interregno que al finalizar se me hizo corto toda vez que me divertí mucho con lo hilarante y original de la narración. De inmediato hice lo que tanto disgusto me causa que hagan algunos de mis contactos: comencé a reenviar el video a algunos de ellos teniendo en cuenta a destinatarios que, por alguna razón, consideré que también disfrutarían de él.

 

Tengo que confesar que en el momento en que pensé en mi crónica del día de hoy todavía no había leído la primera línea escrita por Hernán Casciari. Tengo que mencionar también que al día de hoy no he leído mucho de lo que él ha escrito (que en realidad ha sido mucho), aunque ya identifico varios de sus libros. Pero por el momento estimo que sí le he escuchado lo suficiente como para considerar que no ha sido descabellado dejarme enajenar por las maravillosas historias que se desprenden de su gran ingenio. Casiari no es un escritor-narrador de historias intrincadas, ni de narrativas ampulosas para debatir en cenáculos de eruditos de esferas inaccesibles; ese gordo, que se aburre como ninguno en las fiestas de bodas y que alguna vez consiguió un mejor amigo gracias a una revista pornográfica de su papá, es un verdadero analista de la cotidianidad que tiene el don del rey Midas. Este Forrest Gump del Rugby es capaz de ver la ordinariés del día a día para convertirlo en un exquisito relato.

 
Lo que Casiari tiene que decir nace de experiencias tan ordinarias como las que ocurren en la vida de cualquier ser humano. Con su ingenio es capaz de arrastrarnos, con narraciones de tinte serio, jocoso o incluso dramático, al placer de un instante que solo el artificio de la literatura permite comunicar. Aunque en principio le fue atribuido el epíteto de “bloggero” (lo que aseveraba le hinchaba las pelotas) por sus famosas entradas en la blogonovela “Weblog de una mujer gorda”, y por el que la cadena informativa Deutsche Welle le otorgaría el galardón al mejor blog del mundo, él siempre ha sostenido que es un escritor, como lo hiciera con graciosa circunspección y en forma de anécdota en la introducción de su libro El nuevo paraíso de los tontos. Pero hay un tanto más por mencionar: Casiari es periodista precoz (inició su carrera a los 13 años), jefe de redacción, editor y todero de revistas impresas haciendo periodismo mentiroso, pescador de premios de narrativa enviando cuentos a concursos a Europa y Estados Unidos, voz de doblaje de comedias emitidas en internet, columnista de periódicos, locutor radial, contador de cuentos, lector en bares, encantador de serpientes y un largo etcétera.

Hay mucho por leer de este escritor argentino, o si se quiere, por comodidad o pereza, por escuchar. Es todo un deleite encontrarse con sus narraciones en su canal de YouTube, es grato oírlo rememorando lo que la vida puso en su camino y se dio a la tarea de convertir en cuentos de una elaboración tan exquisita que ofrecen esa estocada de un final perfecto: un knock out, una reflexión o, en ocasiones, una moraleja.

De lo que conozco hay cosas que en verdad me han sorprendido, como entender, por ejemplo, que el gran conflicto en la literatura clásica en general ha sido el truncamiento en la comunicación. Que si Romeo y Julieta hubieran tenido un celular aquel no hubiera cometido la idiotez de suicidarse, que si Hansel y Gretel le hubieran escrito un mensaje de texto a su papá para que los buscara, él los hubiera ido a recoger, las migas de pan ingeridas por las aves del bosque no hubieran sido un problema, una anciana malvada no hubiera muerto calcinada en el horno de su casa y el deus ex machina de la brújula de oro hubiera sido totalmente innecesario; Penélope hubiera estados tranquila porque habría sabido en qué meollos andaba Ulises o tres cerditos se habrían llamado para, desde un principio, ponerse de acuerdo en hacerle pistola al lobo soplón desde una casa de concreto puro. Todo esto a raíz de la pregunta de una inocente niña de seis años.

 

Sé también, gracias a él, que se puede comprar un terreno en la luna por veinte dólares, el mismo Casciari tiene su certificado que lo acredita, y que hay gente tan inteligente como el propietario de ese cuerpo celeste, Dennis Hope, a quien en los ochentas le fue conferida su pertenencia legalmente y quien con fines urbanísticos empezó a (como decimos en Colombia) “lotearla. Ahora Hope es un hombre rico por la inversión de los que, para muchos, son incautos pero quienes, para el escritor, son los dueños de un terreno de ensueño con el que siempre podrán contar, solo deben esperar que llegue la noche para cerciorarse de que su inversión siempre estará allí.

El último relato que escuché me generó un desasosiego que ahora me asalta en cuanto me subo a un ascensor. Me aterra saber que se pueda averiar y que, debido a mi claustrofobia, por mi intento de salir mientras el ascensor está atorado entre dos pisos, este comience a operar normalmente y me pueda partir en dos. Ese miedo genuino del narrador me fue inoculado; también sufrí el contagio de su segundo miedo, el miedo a no tener listas las últimas palabras para decir antes de morir: phobia non verba antequam moreretur o simplemente verbamori fobia (la traducción al latín la hice yo, suena más sofisticado, ¿no?). Ignoraba que tanta gente ilustre hubiera dicho cosas tan interesantes antes de su deceso, y yo, un simple mortal, un ser humano común y corriente no he pensado todavía en cuáles serán mis últimas palabras. Desde que escuché este relato me la paso pensando en eso, y no quiero, honestamente, que llegue la pelona y me enganche sin tener un último comentario, podría ser algo como “no importa lo que digan, la tierra gira alrededor del sol” solo que esto ya se le había ocurrido a Galileo, o insuflando un poco mi ego diría: “qué artista muere conmigo”, salvo que fue exactamente lo que dijo Nerón antes de que la jijurría se lo llevara por delante.

Para los lectores ávidos, curiosos y para los no lectores, perezosos, hay mucho por encontrar en este autor, solo dense la oportunidad de buscar alguno de sus relatos en https://editorialorsai.com para agendarse un deleite seguro o, simplemente, entren a YouTube y digiten Hernán Casciari y hagan un click en el título que les suene más atractivo, estoy seguro de que no los defraudará el relato. Pero si quieren ir a la fija, busquen el relato con el que empecé esta crónica, La edad de los países y, con certeza, este los arrastrará a otras placenteras experiencias.
 
 
 

Sobre el autor:


Carlos Andrés Manrique es profesor de literatura anglófona y de lengua Inglesa. Es licenciado en Español – Inglés y magister en Literatura. En 2009 le fue otorgada una beca del departamento de estado Norteamericano con la que cursó estudios en Literatura e historia norteamericana, asuntos culturales y desarrollo de currículo.

 


Fotografías tomadas sin fines comerciales de:
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https://www.youtube.com/watch?v=dmIaFvVJbWc
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