En la guerra se les pasarán las ganas de pelear.

 

En la vida me he cruzado con tres tipos de novelas de guerra: aquellas en las que el heroísmo, el patriotismo y toda suerte de sacrificados “ismos” generan en quien las lee un impulso por empuñar las armas y luchar por valores más importantes que la vida misma. Llamémoslas novelas épicas: ‘Tempestades de acero’, de E. Jünger, o ‘¿Te dio miedo la sangre?’, de S. Ramírez, son algunos buenos ejemplos.

También están aquellas que, centradas en las víctimas, despojos y atrocidades propias de la guerra, nos hacen asquear de nuestra propia presunta civilidad. Son las novelas trágicas. Se deben contar por millones los lectores que han abrazado al pacifismo después de leer obras como ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, de S. Alexievich, o ‘Sin novedad en el frente’, de E.M. Remarque.



 
 

Pero además están aquellas novelas que evidencian las ridículas, subnormales y no pocas veces caprichosas razones que suelen motivar las guerras y que le dan la razón a Marx —Groucho, no Karl— cuando decía que “inteligencia militar es la más grande contradicción de términos”. Pongamos que hablamos de la literatura bélica satírica.
Recientemente he pensado mucho en este último tipo de obras,en parte porque en el vecindario han reaparecido tambores de guerra que creíamos del pasado; pero sobretodo porque aquellos obtusos tamborileros han generado todo un bestiario de argumentos merecedores de figurar en cualquiera de estas novelas. Tomemos, por ejemplo, mis dos favoritas del género: ‘Las aventuras del buen soldado Svejk’, de J. Hašek, y ‘El pentateuco de Isaac’, de A. Wagenstein.

La primera es la historia de un completo idiota, Svejk, un veterano de guerra, medio cojo, quien parece ser el único austrohúngaro legítimamente deseoso de ir a la Gran Guerra y, paradójicamente, el único al que el ejército se rehúsa a mandar a las trincheras porque su manera de entender el conflicto, inocente y desparpajada pero a la vez crudamente acertada, lo hacen parecer demente cuando no imbécil o traidor. Es un personaje tan fascinante que los checos no pudieron resistirse a la tentación de incluirlo dentro de su léxico y hoy, en cualquier buen diccionario del idioma, aparece el término švejkárna definido como “absurdo militar”.

La segunda novela, ‘El pentateuco de Isaac’, cuenta la disparatada, pero no por eso menos realista historia de Isaac Jacob Blumenfeld, un joven y jovial judío que en apenas dos décadas, gracias a la demencia geopolítica de la Europa de inicios de siglo XX, entre el inicio y el fin de la I Guerra Mundial pasa de ser un soldado del imperio austrohúngaro a convertirse en recluta polaco; de ser un proletario viviendo en territorio de la Unión Soviética durante el periodo de entreguerras, a ser un paria hebreo dentro de las fronteras del Tercer Reich durante la II Guerra Mundial; para finalmente, al terminar el conflicto, ser considerado un traidor a la URSS —de nuevo su patria— por aparecer en los registros de ciudadanos de la Alemania nazi. Todo esto sin haber cambiado de forma de pensar y sin prácticamente haber salido de su natal Kolodetz, un insignificante pueblecillo con la mala fortuna de estar en una voluble frontera imaginaria que todos los imperios quisieron hacer propia.

 


En ninguna de estas dos obras, decía, estorbarían nuestros actuales portentosos líderes áulicos de la guerra, todos tan machos al saberse muchos, todos tan nostálgicos del conflicto, todos tan… ¡tan švejkárna! Es incluso tarea fácil imaginar un diálogo entre ellos y los protagonistas de las novelas a partir de algunas de sus frases más célebres, sin apenas tener que modificarlas:



—Cuando los declaren aptos para ir a la guerra y se vayan al campo de batalla —observó Svejk—, entonces el señor capellán y yo celebraremos una misa para que, por la gracia de Dios, la primera granada los deje hechos polvo.
—Eso está muy bien —respondió desde su caballo el mariscal Uribek con cara de monaguillo avejentado—. Hay que recordar que no son damas rosadas: el Ejército es una fuerza letal de combate que entra a matar y, claro, a dejarse morir.
En ese momento Svejk recordó las oraciones del honorable arzobispo de Budapest, quien usaba frases agradables del tipo: «Dios bendiga vuestras bayonetas para que atraviesen las profundidades de los vientres enemigos. Que Dios misericordioso haga que todos los enemigos se ahoguen en la sangre de sus propias heridas, heridas que abriréis vosotros».


El mariscal monaguillo, que desde las sombras del poder que daban las caballerizas escuchaba atento, aprobó tan amables oraciones con hurras y aplausos.
—Pues morirían en su ley —dijo persignándose, al tiempo que se limpiaba la mierda de sus botas—. Esos son buenos muertos. Yo tengo pruebas. Son de inteligencia militar y policiva pero no las voy a revelar.

—A sus órdenes —dijo Svejk—, yo también he observado que soy un poco corto de entendimiento, sobre todo al atardecer. El soldado Blumenfeld, desde los baños del cuartel y con los pantalones abajo por cuenta de la diarrea, escuchó a alguien gritar desde la calle el fin de la guerra, la firma de la paz. “¡La guerra ha terminado!” —gritó levantando los brazos y quedándose en calzoncillos.
—Muy mala noticia —respondió sin disimulada indignación Uribek—. Nos van a dejar con los asesinatos aplazados y después es muy difícil ponerse al día.
—Yo creía que el final de una guerra se parecía al final del bachillerato —especuló con decepción Blumenfeld—: le dan a uno un título y ¡hale!, a arrojar el sombrero al aire, a emborracharse como un cosaco y después a vomitar en el baño. Resulta que es parecido, pero solo en parte. Uno le da la espalda a la guerra, normalmente con malas notas en historia y geografía, y enseguida le inculcan la idea de que tiene que mejorarlas en el próximo conflicto bélico que ya está asomando a la vuelta de la esquina. La esperada tregua está lejos de ser el inicio de una paz duradera.

—Paz si, pero no así —respondió con desdén el mariscal monaguillo.
—Pero una nueva guerra no sería culpa nuestra —dijo con practicada agresividad el coronel Madurocka, un bonachón y bigotón oficial de voz gruesa—. Es claro, público, notorio y conocido que nuestro país es centro de una guerra mundial del imperialismo y sus satélites.
—Por supuesto que no —replicó Iván, el más joven, inexperto y regordete de los oficiales de la barraca, de quien todos se burlaban porque en su voz siempre había una falsa seguridad que hacía recordar a aquellos malos actores que leen un guión escrito por alguien más—.
Estamos viviendo la crisis migratoria y humanitaria más indignante de la historia —continuó buscando la aprobación de la voz de la caballeriza— por cuenta de una dictadura que aniquiló las libertades.
Blumenfeld quiso recordarle al mal actor algunas otras crisis mundiales iguales o más dramáticas que esta, la única que parecía importarle al jovencito; pero el bonachón de bigote, poseído por el espíritu de un antepasado convertido en pájaro, lo interrumpió:

—Él tiene cara de angelito —dijo señalando al joven regordete—. Ustedes lo ven y parece un angelito, me dan ganas de agarrarle los cacheticos… ¡Chucky es lo que eres tú! ¡Un diablo es lo que eres tú!
—Le doy en la cara, marica —vociferó el mariscal monaguillo saltando como un resorte de su silla para defender el honor de su ahijado—.
—¿Vas a defenderlo, lacayo del imperio? —se escuchó escupir al coronel.
—Ivań, solito, es capaz —sentenció el caballista.
A medida que una amena charla de camaradas mutaba en una majadera pelea, el bueno de Blumenfeld se permitió una última reflexión, aún a sabiendas de que ya nadie lo escuchaba:

—Claramente ya no se trata de intervenciones humanitarias, ni de complots, ni de la cáscara de plátano en Estocolmo, ni siquiera del asesinato de algún archiduque: cuando una guerra ha de estallar, simplemente estalla y el motivo no viene al caso.
—Es inútil que pongas esa cara tan seria —interrumpió Svejk—. No te preocupes, en el frente ya se les pasarán las ganas de pelear.

 


***

Leer estas obras es darse cuenta de que los argumentos usados por los señores de la guerra para convencer a otros de pelear sus peleas, siguen siendo los mismos: descabellados. Procuro cada cierto tiempo releer algunos pasajes al azar, solo para comprobar que aún me identifico con el idiota de Svejk o con el calamitoso de Blumenfeld; desde que eso no cambie, desde que no termine de entender el sentido recóndito de la pasión frenética, demente, irreal y hasta mística por la autodestrucción colectiva, sé que todavía no me he convertido en un completo cabrón, sé que aún hay esperanza en que el mundo de mañana nos salga menos cagado que el de ahora.



Por lo pronto, tomando prestadas las palabras de Isaac, hasta la próxima guerra.


Sobre el autor:


Juan Felipe Cardona Cárdenas es analista político por formación, lector por vocación y escritor por pasión y frustración.



 

Fotografías tomadas sin fines comerciales de:
Foto "Svejk": Estatua en homenaje a Las aventuras del buen soldado Svejk, en Eslovenia. Tomado de https://es.wikipedia.org/wiki/El_buen_soldado_%C5%A0vejk
Foto "Pentateuco": Portada del libro El Pentateuco de Isaac. Tomado de http://www.librosdelasteroide.com/el-pentateuco-de-isaac
Foto "Pentateuco": Portada del libro El Pentateuco de Isaac. Tomado de http://www.librosdelasteroide.com/el-pentateuco-de-isaac




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