Margarita y la inevitable sombra del horror

 

No te compadezco, Margarita. Por más que trates de embaucarnos con esa típica inocencia de buscar culpables para justificar tu desgracia, estás lejos de quedar, aunque sea por un instante, en las esquinas de la memoria o, por lo menos, de aspirar a la gloria de los vencidos. Puedes fingirte mártir de las infamias, arrodillarte en ese interminable laberinto de la locura y despreciar toda clase de injurias, creerte víctima del horror, denigrar de la realidad, con ese juego absurdo de los supuestos, pero nadie pensará creerte.

 
 
 

Tu historia, la misma de muchos que han soportado las trampas de la realidad, será igual que la de aquellos que corrieron con la suerte del anonimato. No me intriga en absoluto ver ese vestido blanco que ostentas con aquel gesto típico de los ofendidos, de los marginados, solo para seducir a los que sienten compasión por los menesterosos como tú. Me da igual que tires el ramo blanco al azar y lo menosprecies con el absurdo pretexto de mostrar un desinterés por las banalidades de tu tiempo. Ni siquiera quiero saber tu edad, si es verdad que existes en algún lugar del tiempo, ni suplicarte un rastro mínimo de atención. Ese gesto infantil, mientras corres de un lado a otro, desesperada, esperando a que alguien te explique que la ansiedad es la vergüenza común de aquellos que padecen la miseria de la esperanza inútil, no te queda nada bien.

 

¿Acaso crees que fantaseando con la historia de Caperucita pretendes buscar comprensión? Sí, tal vez tengas razón: la idea de ver a una Caperucita caminando con toda libertad por los rincones de la Plaza de Bolívar, sumida en el delirio de una generación indolente y pretensiosa, haya un hálito de crueldad y perversión. Tal vez la luz del escenario oscureciéndose, a medida que comentas la peculiar aventura de la niña Caperucita encontrándose con un lobo sumido a su libertinaje, revelen tus más cómplices caprichos. Pero eso no justifica esa vanagloria que rezumas en cada palabra.

 
 
 

Empieza de una vez por todas a creer que, los soldaditos que rodean tu camino te hace parecer extraviada y oprimida por la cobardía. También que los bombardeos asediando esa improvisada tranquilidad, te obligan a aherrojarte en esa única atadura que son las raídas y largas enaguas de tu vestido. ¿Qué sacas con engañarnos, si todos saben ese triste desenlace, ese macabro momento en que la misma historia nos condenó como reproche por la negligencia de unos que pretendieron hallar respuestas a su ignominia? ¡Es inevitable! La romería de voces revoloteando desesperadas por encontrar a sus seres queridos, el tono pausado y monótono de ese líder barbotando esperanzas de calma en la cómoda poltrona de su poder, los murmullos de las radios perifoneando tretas de crimen, todavía se albergan en los edificios lapidarios de aquel lugar que ahora tienes el impulso de burlarte.

 
 
 

Deberías aprender de tu amiga, que bien podría ser la contraparte de ti misma. A ella sí se le puede envidiar por su manera imponente de verle la cara a la desgracia. Es consciente de haberse perdido en otras voces, en otros ámbitos de la realidad. Sabe que es inútil recurrir al viejo truco de la conmiseración, donde no hay ley ni poder sobrenatural que los libere de semejante tortura. Aunque también está vestida de blanco, no parece tan vulgar, porque no se escuda en los estereotipos del horror, no se inmuta, ni le reprocha a la muerte por las arbitrariedades que tercia con la vida. Está tratando de subsistir con sus desventajas, está peleando con las fuerzas que su gallardía le impone, así el peligro desprenda sus dardos de agonía y el infierno del desamparo la someta a divagar por los rescoldos desconocidos de la hambruna y la confusión, siempre busca trampas necesarias para escabullirse de cada golpe.

 
 

Deberías aprender de su manera cruda por saber que todo, poco a poco, se está perdiendo, pero al mismo tiempo siente que está prohibido darle gusto a la miseria resignándose. Lo que menos quiere es que la desesperación le estropee sus huesos por completo, ni mucho menos la consuma con su odio. Por esa razón, ella sí merece estar en la gloria de los mártires, en el paraíso de los infelices, porque su impulso jamás se ha visto estrangulado y, lo mejor de todo, tampoco se ha meado en los calzones como tú lo acabas de hacer, recurso inútil para mostrarse débil y deteriorada por culpa de las penurias.

Tu amiga tritura toda esperanza con la furia de su vehemencia, se ajusta a la realidad en las posibilidades de su extravío, pelea con admirable tesón, pese a su miedo. Tú, en cambio, se te ha dado por inventar otra de tus fantasías, como si no te hubiera bastado con plagiar el clásico de Perrault para ingeniar otro de tus recursos trillados, que solo pueden salir de esa loca cabeza de inmadura procedencia.

 

Lo único que puede salvarte de tantos atropellos emocionales y de los conflictos de la razón, es la muerte. Por eso cuando esta llegue a ti, en el momento crucial en que el rugido de los fusiles caigan sobre tu pobre existencia y destroce tus huesos, impregne de sangre tu vestido blanco y esta se derrame por cualquier línea de ese delgado camino de la vida, puedas finalmente comprender a tu amiga. Espero que por fin reconozcas que, ante el flagelo y las atrocidades ocurridas en ese preciso instante de la historia, la única manera de alcanzar la gloria del heroísmo, es necesario soportar, primeramente, el martirio inevitable de nuestro olvido. Con este artificio, créeme que pasarán muchos años para que algunos se empeñen en recordarte y hacer de este acto macabro, un modesto espectáculo de indignación tardía.

 
 
 

Llamada originalmente Las Claves Secretas del Mago y Margarita, escrita y dirigida por el maestro Hugo Afanador Soto, con magistral actuación de Jessica Torres y Natalia Suárez, el Centro García Márquez “el original” presenta esta obra a partir del 27 de febrero y finaliza su temporada el 16 de marzo, resaltando uno de los acontecimientos más importantes de la historia colombiana: la toma del Palacio de Justicia.


 
 
 

Las imágenes fueron cedidas sin fines comerciales por la producción de la obra.


Jefferson Echeverría Rodríguez.
Nacido en Bogotá, actualmente curso Licenciatura en Lingüística y Literatura en la Universidad La Gran Colombia. Influenciado por Chéjov, Iriarte, Onetti, entre otros, he visto la lectura y la escritura como un medio de aprendizaje constante para la formación de nuestras múltiples vidas. Correo: echeverria.jl89@gmail.com


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