Tengo una cita con un criminal de guerra.

Literatura bélica: segunda parte.

 

Al regresar, Carlos Juspian no era el mismo. Solo me bastó un buche de cerveza y el primer chinchín ceremonial de las botellas para notarlo. Aunque mantenía el rostro lozano que le dejaron sus antepasados indígenas, por primera vez en una década de amistad sentí que su felicidad era fingida. En ese maldito monte del que acababa de salir, pareció perder algo, acaso su inocencia.


A él lo conocí con el fin del siglo. Era tan solo un niño flaco que se rebuscaba la vida vendiendo dulces en el centro de la ciudad, pero que no tardó en ganarse la confianza de mi parche. Supongo que alimentaba nuestro ego adolescente al preferir andar con nosotros, antes que con personas de su edad. Aunque nunca lo dijimos en voz alta, envidiábamos la forma osada y desenvuelta con que se apropiaba de la calle, como solo los guapos que se han visto obligados a vivir en ella y de ella pueden hacerlo; una manera que nosotros, universitarios bonitos y educaditos, solo podíamos mal aparentar. En su inagotable curiosidad y franco hablar, encontré una nítida conciencia de clase y una perenne determinación por escapar de la miseria a la que los suyos parecían condenados desde siempre. Me sentí responsable, primero; le tomé cariño, después; y pronto me convertí en su voluntarioso benefactor y sincero amigo.

El orgullo que sentí al verlo graduar de bachiller, se vio opacado por la pesadumbre que me embargó al despedirlo la noche antes de partir al cuartel. Siendo la única fuente de sustento de su familia, Carlos no estaba obligado a ser soldado. Yo mismo le sugerí esquivar tan dudosa dignidad. Pero la certeza de que ser carne de cañón era el único trabajo por el que esta sociedad estaría dispuesta a pagarle un sueldo decente, terminó por inclinar la balanza a favor de la vida castrense. Acordamos que sería tan solo por un par de años, tiempo suficiente para ahorrar algo de dinero. Lo único que él tendría que hacer sería procurar no hacerse matar, regresar a la ciudad y empezar una licenciatura. Yo le ayudaría con ello, le di mi palabra.


Cada navidad, cumpleaños y día del padre, sin falta, se las ingeniaba para llamarme desde algún caserío, todos ellos desconocidos para mi; con evocadores y desproporcionados nombres que, especulaba, algún colono inventó en su afán por convencer a otros de acompañarlo hasta el culo del mundo: Puerto Bello, Tierra Nueva, Campo Fértil, El Vellocino…

Gracias a sus charlas, me enteré de los interminables y aburridos patrullajes buscando a un enemigo experto en camuflarse; de las temidas y breves asonadas con las que el enemigo buscaba dejar más heridos que muertos para hacer más lento el trasegar de la tropa; y de aquellos fieros mosquitos con el desafortunado hábito de poner sus huevos dentro de la piel de las personas, causando deformantes heridas cuando llegaba el momento de la eclosión. De mi, él obtenía anécdotas de la vida académica que le esperaba; así como historias rutinarias de la ciudad que le permitían, aunque fuera por unos instantes, sentirse normal y alejarse de esa faceta guerrera.
Ese fue todo el contacto que tuvimos por tres años. Hasta aquella tarde en la que contesté el teléfono y él, con una voz que me costó reconocer y a punto de derrumbarse, confesó que estaba de permiso en la ciudad, que no quería que alguien más se enterara de ello y que necesitaba contarme algo apremiante. Vamos por unas cervezas, -propuse-. Carlos estuvo de acuerdo. Solo me pidió algo de tiempo para poder quitarse el camuflado. Ese maldito uniforme, -lo definió-, con rabia y tristeza. Lo que vino a relatar más tarde, redefiniría para siempre la imagen que tengo de la guerra, la de mi amigo y el concepto de amistad que guardo desde entonces.


***


Leer Yugoslavia, mi tierra, de Goran Vojnović, es recordar lo que se siente vivir en un país en guerra sin tener que padecerla directamente, es acordarse de que tan solo se fue una víctima tangencial, pero que esta igual se las ingenió para joderte; es evocar a aquellos seres queridos que sí que la sufrieron, que se atrevieron a contarla sin romantizar y que en más de un sentido se quedaron atrapados en ella.


Supongo que puede ser encasillada como una novela bélica. Al fin y al cabo el catalizador de la historia es uno de los conflictos más sórdidos de nuestros tiempos: la guerra de los Balcanes. Pero, de serlo, sería una poco ortodoxa: sus batallas no son descritas, sus múltiples víctimas y los victimarios directos son conscientemente relegados a simples, aunque fundamentales, personajes de referencia; y tanto las moralejas geopolíticas como las fábulas sobre la maldad de la guerra y la bondad de la paz, brillan por su ausencia. De hecho, el protagonista de la novela, no estuvo ni un solo segundo en combate, no quedó en medio del fuego cruzado ni asesinó a nadie: era tan solo un niño de once años cuando su patria se despedazó y sus vecinos, que hasta entonces se reconocían en público como camaradas, empezaron a matarse a razón de su condición de serbios, croatas, bosnios o albaneses, como si de un virus caníbal se tratara. De todo esto; sin embargo, solo se enteró por la televisión, aún cuando estaba ocurriendo en su propio país, o por lo menos en lo que quedaba de este.

 

Todo lo anterior no es lo que Vojnović está interesado en resaltar: lo que realmente se propone contarnos es el drama íntimo del protagonista, ya adulto, al enterarse de que su padre, un oficial del ejército a quien creía muerto en la guerra, no solamente vive sino que está siendo buscado por tribunales internacionales por crímenes contra la humanidad. Quiere encontrarlo, necesita hacerlo, y por ello emprende un viaje por carretera a lo largo de gran parte de los seis países en los que se dividió Yugoslavia. Esta odisea no está motivada por deseos de justicia pacifista desinteresada, sino por el afán profundamente egoísta de explicarse la ruptura de su familia, de entender sus propias contradicciones y de averiguar si su padre siempre fue un monstruo; si la guerra lo deshumanizó o simplemente fue un obediente soldado.

***

 


Las cervezas fluían mucho más fácil que la charla. Esta saltaba de insípidos lugares comunes a incómodos silencios, tan sólo interrumpidos por algún forzado comentario sobre el cuerpo de la mesera. Pero con los primeros síntomas de alicoramiento, Carlos finalmente salió de su letargo y, en un desahogo que pareció estar añorando desde siempre, me confesó su más reciente pecado: “Los matamos a todos. Los maté a todos”.

Su honesta, detallada e ineditada narración me transportó a uno de esos caseríos de nombre rimbombante desde los que solía llamarme. Fui capaz de imaginarlo a las afueras, en la noche, con su traje de guerra y su rostro deformado por la rabia al saber que dos de sus ‘lanzas’ habían sido destrozados y destripados por una quiebrapatas. Pude verlo escondiendo entre el morral todo distintivo que lo identificara como soldado del ejército nacional, entrar súbita y furtivamente al pueblo en el que sospechaban se planeó el ataque, obligar a hombres, mujeres, niños y ancianos a reunirse en el patio de la escuela y, con un balazo en la frente de un campesino elegido al azar, dar inicio a tres días con sus noches de orgía bélica.

 
 

El niño bueno vendedor de dulces que solo quería salir adelante, aquel que ingresó a la milicia por necesidad y no por ansias de sangre, confesaba que era un asesino, torturador y violador. Me quedé inmóvil y en silencio tomando largos sorbos de cerveza, pensando estúpidamente en lo mucho que quisiera pedir un aguardiente, y viendo como mi amigo, el criminal de guerra, se ahogaba en lágrimas.

La mesa llena de botellas vacías y la atmósfera colmada sangrienta me llevaron a pedir la cuenta. Salimos de la cantina ebrios y callados. Sin siquiera consultar con mi compañero de copas, detuve el primer taxi que pasó por la avenida y me subí en él. Justo antes de que arrancara asomé mi cabeza por la ventana y, aún confundido y sin intención alguna de emitir un juicio de valor, que de hecho aún desconocía, le pregunté: “¿Por qué?”.
Nunca me respondió. Jamás volví a preguntarlo.


***

 


Aunque nunca reconoció en su padre una faceta realmente agresiva, al protagonista de la novela no le parecía imposible que este arrasara con toda una aldea donde vivían mujeres y niños. Llegó a creer que el General, mientras escuchaba los gritos inhumanos de los condenados a muerte, tarareaba en su cabeza una vieja canción campesina; que se encontraba en una enajenación temporal de la que no lo harían salir ni siquiera los lamentos y súplicas de las personas que quemaban vivas, de los padres que eran obligados a ver cómo mataban a sus hijos, ni de los soldados imberbes que degollaban ancianos artríticos. Esa, quizás, era la forma que tenía para castigar a la vida que le había robado todo lo que él amaba.

Eso exactamente es lo que por años pensé de Carlos: no era él masacrando y violando a todos en ese caserío, sino una versión zombie de él atacando sin piedad al mundo que lo condenó a la pobreza; que llevó a su madre a la locura y que lo obligó a ir a una guerra de mierda, beneficiosa sólo para los putos ricos que impusieron el sistema que determinó su destino. Para mi no era una forma de disculparlo, ni mucho menos de justificarlo; sólo una manera de intentar entender lo inconcebible, de llenar los vacíos que se crearon entre la noche en que lo despedí con la promesa de un mejor mañana y en la que regresó con vómito en su alma. El símil entre una historia y otra, fue lo que hizo que pensara en él a lo largo de cada página de Yugoslavia, mi tierra.


Pero ahora sé que ambos, su protagonista y yo, estábamos equivocados. La respuesta es mucho menos esotérica y más pragmática, y por eso mismo mucho más perturbadora. Estos horrores, tanto en los balcanes como en Colombia, se desencadenaron, como lo escribió él mismo Vojnović:


“porque cada uno cultivaba su propio relato sobre unos muertos nunca olvidados, aunque hubieran muerto hacía una eternidad (...) Todos esperaban con paciencia que llegasen otros tiempos en los que esos relatos pudieran contarse de nuevo en voz alta y delante de todos, otros tiempos en los que se podría matar de nuevo en su nombre. Todos cultivaban a escondidas, sin que se notara, su rabia y su frustración; y también su culpa, porque ya se habían preparado de antemano para pedir la expiación por la matanza de inocentes en todas aquellas aldeas que quemarían hasta los cimientos, en todas las niñas que violarían. Sus relatos les autorizaban a pensar así, a actuar así (...) No fueron ellos los que perpetraron las matanzas, no. Fueron las tumbas de sus padres y de sus madres, de sus hermanos y de sus hermanas, las que autorizaron todo los que ellos hicieron. Violaban. Quemaban casas. Degollaban. En nombre de esas tumbas, toda acción era una acción sagrada. Todo aquello tenía sentido”.


Sobre el autor:


Juan Felipe Cardona Cárdenas es analista político por formación, lector por vocación y escritor por pasión y frustración.






Fotografías tomadas sin fines comerciales de:
Foto portada : Imagen de la serie 'Imagened States and Desires. A Balkan Journey', tomada en la localidad de Gjirokastrade, al sur de Albania. VANESSA WINSHIP

Foto 1: @ Jesús Abad Colorado.
Tomado de: https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/fotografias-de-jesus-abad-colorado-sobre-el-conflicto-colombiano-168280
Foto 2: Nina Brulic bailando en un edificio devastado en Sarajevo durante la guerra civil en Yugoslavia.
Tomado de: https://www.revistadelibros.com/articulos/yugoslavia-el-incendio-de-las-naciones
Foto 3: @ Jesús Abad Colorado.
https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/fotografias-de-jesus-abad-colorado-sobre-el-conflicto-colombiano-168280
Foto 4: La biblioteca de Sarajevo destruida en la guerra.
Tomado de: https://elpais.com/cultura/2012/03/30/actualidad/1333131202_654463.html
Foto 5: Jugoslavija moja dežela.
Tomado de: https://sl.wikipedia.org/wiki/Slika:Goran_Vojnovic_-_Jugoslavija_moja_dezela.jpg





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