Del erotismo masculino, los pequeños placeres y la muerte

Del erotismo masculino, los pequeños placeres y la muerte

Empezaré con una confesión: pasé muchas veces frente a ese local, un pequeño teatro-café cerca a la calle 45 y ubicado sobre la carrera 17. Imaginé poder entrar y verlo desde mi perspectiva bohemia, sacar ese gustico que todos llevamos dentro por la poesía, el romanticismo y la cultura que promueven estos espacios. Me llamaba la atención su luz cálida, las sillas de diferentes diseños, como recicladas al azar; mesas pequeñas y ubicadas muy cerca una de otra, como si la privacidad no existiera dentro de esas paredes; puertas de vidrio que dejan a la imaginación todo lo que se teje al interior del lugar y una mesita frente a la entrada que lo invita uno a sentarse: así es la Maldita Vanidad. Había oído hablar muchas veces de ese lugar y ¡por fin lo iba a conocer! Lo que es, sin duda, mucho más interesante que haberlo visto de reojo.

 
 
 

Llego a la Maldita Vanidad y luego de pasar el café de la entrada, veo diferentes corredores de acceso y supongo que las salas están en el primero y segundo piso. La sala en la que voy a disfrutar la obra queda al fondo del lugar, en el primer nivel, una caja negra que espera al público. Una vez dentro, en el centro veo un poste y parqueada a su lado una moto deportiva, color negro; es la moto de Alex. El espacio dispuesto a modo de rin de boxeo pone en la mitad al actor principal y a su alrededor se disponen los espectadores.

 
 

En ese recinto donde solo hay una luz cenital que se ubica justo sobre el personaje, que interpreta Wilderman García, el actor protagónico; tendrá lugar una “pelea”. Desde el punto de vista del que se mire podría ser una pelea consigo mismo, con el espectador, con el actor, del actor con el personaje y hasta con el mismo director. Un enfrentamiento con muchos contrincantes, pero solo con un perdedor, porque después de escuchar a Alex contar su historia uno puede sentirse en medio de una discusión que invita a pensar desde muchos aspectos.

 

La misma caja negra que hace un tiempo había servido de escenario para una trabajadora sexual griega, llamada Kassandra, ahora se convertía en escenario para un prostituto y sicario. Un hombre que aprendió a ganarse la vida y a conseguir las cosas materiales que quería vendiendo su cuerpo; un joven de unos 20 años, bien parecido, seguro de sus facultades y su físico para hacerlo y hacerlo bien, ese es Alex.

¿Alguna vez han querido convertirse en el personaje de un libro que leen o tal vez han pensado que un personaje les habla? Pues a mí me pasa todo el tiempo. En esta obra, su director logró sacar al protagonista del libreto y no contento con esto, Sergio Blanco, el director de Tráfico, además se inmiscuyó y se hizo parte del relato, no como actor o personaje-director, fue más como influencia y detonante para que el protagonista se convirtiera en sicario.

 
 
 

Cuando Alex cobra vida, se convierte en uno y en muchos personajes, pues nos narra diferentes historias y formas de afrontar la vida que le tocó, según cuenta. Hace la diferencia entre esos que “nacen del lado de allá” y la diferencia con los otros (espectadores) quienes “nacen de este lado”. Cuando sube en su moto se siente poderoso y más seguro de lo que es, se ve como un gato empinando la cola y haciendo alarde de lo que tiene. Créanme, puede parecer fuera de lugar, pero cuando visiten la Maldita para ver a Alex entenderán por qué hago esta referencia.

 
 
Cuando tengo un libro en la manos y pienso en el título, muchas veces me pasa que logro enamorarme primero de esa invitación inusitada que me ofrece la portada. Con Tráfico, título de este monólogo, la percepción fue muy parecida. Me cautivó el nombre, después el protagonista en su rol de actor. Hablé con el productor y con el director y ellos también me adentraron en un espacio que ya no fue vacío, porque mi expectativa sobre la obra aumentó gracias a sus palabras. El nombre de esta pieza teatral no hace referencia a ese tráfico que conocemos o que nos han enseñado en noticias. Cuando estaba observando la obra, leí el tráfico desde muchas posibilidades, cosa de lectores con demasiada imaginación supongo.
 

El tráfico aquí, en esta obra, fue el resultado de muchas acciones, de problemas pasados, de malas decisiones, fue la consecuencia de los errores de otros. Sí, de otros, porque no crean que Alex es el culpable de todo, solo hasta cuando escuchen la historia completa podrán tener una postura frente a todo lo que les cuente, así que antes de conocerlo hay que quitarse de encima los prejuicios, el moralismo y sobre todo evitar juzgar.

A Alex no le enseñaron amar, el aprendió a las malas y para conocer su historia como a cuenta gotas, él la divide en tres actos. El primero, lo basa en el erotismo de su cuerpo, de cómo lo usa para seducir, de cómo se mueve para convencer y asegurar al cliente. El segundo acto es un poco más rudo, pero igual de tosco en la forma de contar, es él como sicario: cómo llegó a ese mundo más por amor que por voluntad. Justo para abrir lo que se siente como despedida, inicia el último acto, donde un alma desnuda sus secretos más profundos y nos llena de emociones que todos podemos compartir.

 
 
 

Tratar de entender el mundo de Alex es complicarse la existencia, es como si al leer un libro, se quisiera cambiar el final o poner un título diferente. Sin embargo, es más sencillo si me remito a las palabras de Alex y parafraseo un poco: “si usted nació de este lado, usted jamás va entender qué pasa del otro lado”. Pienso que así debería ser en todas las historias, en las noticias y en los cuentos de hadas; eso que pasa al interior de cada familia es una historia propia, no le pertenece al mundo, es necesario escuchar todo el cuento y así poder opinar o tal vez solo hacer nuestra propia versión sin ningún tipo de pretensión.

 

Luego de escuchar la “descarga” por parte de un personaje que hace que mi imaginación recree todo tipo de imágenes y tras sesenta minutos de pensar, de interrogarme sobre lo que está bien o mal, sobre lo que la moral me hace o no juzgar; el público, entre ellos yo, se derrama en aplausos que no cesan. Con calma y muy pensativa me pongo en pie, camino lento, como cuando no se logra entender qué pasó. Me levanto, me acerco a Wilderman, lo abrazo y le doy las gracias. El pregunta “¿te gusto, en serio?”. Creo que la expresión de mi cara le da la respuesta, asiento con la cabeza y vuelvo a darle las gracias.

 

El director franco-uruguayo Sergio Blanco llega a las sala de la Maldita Vanidad con el monólogo Tráfico, interpretado por el actor colombiano Wilderman García. Una apuesta por contar una historia de manera diferente donde el espectador y el personaje se verán inmersos en una narración tensa, fuerte, erótica y hasta macabra. La obra estará en temporada hasta el 31 de marzo.


 
 
 

Las imágenes fueron cedidas por la producción de la obra.


Carolina Guatava R.
Comunicadora social y periodista de profesión, sin guión (-) como muchos colegas ponen. Jamás pensé en ejercer el periodismo, sin embargo esto de escribir se me da con naturalidad y me gusta. Así que terminé escribiendo de cultura y le he encontrado el gusto a un sector que se deja trabajar desde diferentes perspectivas. Redes sociales: @caroguatavar


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