¡Yo también tengo esa foto!

 

* A mi familia, en especial a mi abuela Guillermina,
quien con tanto amor y afecto construyó todo lo que soy hoy en día.

 

La historia de cómo mi familia se instaló en Bogotá es muy sencilla:
Mi abuela se enamoró de mi abuelo en un pueblo del Tolima, Icononzo. Estaban muy jóvenes y decidieron escaparse para poder vivir juntos. Se casaron a escondidas, o eso dijeron, y se vinieron a Bogotá. Él, electricista y ella, costurera, consiguieron trabajo muy pronto; pues la primera de la familia ya venía en camino; en fábricas que pagarían por su mano de obra. A ella se le unieron cinco más, entre ellos, mi mamá, quien es la tercera. Mi abuelo y mi abuela se adaptaron rápido a las vicisitudes de la capital: largos recorridos en bus para llegar en la mañana al trabajo y luego en la tarde a la casa, poca comida para los ocho, pero al menos agua de panela en la noche; amigas que pronto se volvieron hermanas, que se unieron a la familia y que ayudarían a sobrellevar la lejanía de los padres y los hermanos. Una casa al sur, humilde, de un solo piso, en esa época sin plancha; suficiente para criar y ver crecer seis hijos, que se hicieron grandes con los otros niños y niñas del barrio. Arcélico y Guillermina se fueron haciendo bogotanos y lo disfrutaron, hicieron amigos, compadres y comadres, salieron a pasear a esos inmensos potreros que ya no existen, se rieron en una cancha que no tenía árboles y en el parque del barrio; al que salí a jugar, 35 años después de su arribo; en una rueda, un columpio y un pasamanos que no sé cómo no me infectó alguna de mis piernas con alguna de sus puntillas oxidadas.

Ese parque, esa casa y esa familia quedaron registrados en imágenes que de vez en cuando observo en el álbum de fotos de la casa de mi abuela, junto a mi tía, porque aquella ya está muerta. Y les cuento todo esto porque todos y todas; o bueno, casi todos y casi todas, tenemos historias de cómo nuestra familia llegó a la ciudad proveniente del campo; cómo sus hijos e hijas estudiaron, mientras que otras se quedaron ayudando en el cuidado de sus hermanas o hermanos; las historias de cómo jugaron y bailaron en las calles, conocieron a sus parejas, se enamoraron y se casaron. Y todo esto lo recuerdo a partir de las historias que me ha contado mi mamá, mis tíos y mi abuela. Mi abuelo casi nunca estaba en casa. Y gracias también, a los álbumes familiares, las fotos que antes, gracias a la fotografía análoga, tocaba revelar, y pegar en el álbum. Fotos que usted, también, muy seguramente, tendrá en su casa.

 
 
 



Narré todo lo anterior porque al entrar en esta exposición logré recordar todo eso. Contemplé familias que tal vez fueron como la mía, vi fotos que también están en el álbum familiar de mi mamá. Fui ellos al mismo tiempo que fui otros, fui yo misma y mis historias en compañía de las de ellos porque, al fin y al cabo, casi que vivimos y fotografiamos lo mismo.
Llegué a esa exposición el sábado en la tarde. En la carrera 4ta entre calles 11 y 10ma, una casa antigua alberga una de las sedes del Museo de Bogotá. Sabía sobre ella por información de las redes sociales, había visto las fotos, tan desconocidas y lejanas en el momento, pero a la vez tan melancólicas, que al entrar a verla supe que entendería un poco más de mi misma y de la cultura visual en la que nos hemos inmerso.




La primera sala revela unas cifras desconocidas pero que intuimos cada minuto o momento en el que revisamos nuestras redes sociales; cuando zambullidos en el mar del tiempo nos sumergimos en las fotos, "histories", publicaciones y comentarios que los demás, algunos conocidos, otros perfectos desconocidos nos muestran a diario de sus vidas y pasamos minutos, hasta horas, sin darnos cuenta de que estamos viviendo una realidad simulada.
Por Whatsaap se envían aproximadamente 87.900 imágenes por segundo, 4.501 se publican en Facebook y 810 en Instagram, lo que entre nos da entre todas, un resultado de 5.592.660 imágenes por minuto publicadas en todas las redes sociales.


En la segunda sala están instaladas las imágenes, tomadas ya, hace más de 80 años. Mujeres, hombres, niños y familias que asistían a los estudios fotográficos de Bogotá para hacerse eternos a través de sus poses y mediante el mecanismo que permite el recuerdo: el álbum de fotos. Recuerdo uno: Zambrano; en el cual nos encontrábamos con la intención de quedar inmortalizados como figuras perennes, llenas de heroísmo y de elegancia; jugábamos a ser bonitos, o al menos así pretendíamos que quedara en la foto; con nuestra mejor “pinta”, nuestros ojos iluminados y llenos de sueños y lo que mejor nos acompañara, para mostrarle en la posteridad a nuestros descendientes; esos otros ojos futuros que mirarán ese momento para creer y legitimar que sí fui diosa.


 

Unos cuántos álbumes reunidos allí en la vitrina, me recuerdan los de mi abuela y mi mamá. No recuerdo ninguna foto con mi abuelo. Pareciera que eso era característico de otras estirpes; rememoro muy bien una imagen de mis tíos cuando eran pequeños, congregados en un pequeño montículo de tierra, vestidos todos con suma elegancia para el fotógrafo, pero sin actuación alguna, pues eran aún niños desprevenidos que no entiendían la magnitud del aparato que tenían enfrente.

Otros álbumes de la sala me recuerdan los clichés que muchos tienen en sus álbumes, de mamás y familiares, caminando por la carrera séptima de Bogotá. Ese paseo que nos convierte en ociosos de la observación, modelos de pasarela con las mejores modas, caminantes perdidos en compañía de hermanos, padres, amigos o amores y que ingeniosamente inmortalizó alguno de los fotógrafos de la época. Recordé dos fotos particulares: una de mi tío padrino que siendo muy pequeño quedó ante la cámara con su eterna e infalible sonrisa; y otra de mi mamá con su súper minifalda setentera, caminando con desparpajo y sonriendo a un señor que la acompaña y que está un poco más atrás, sorprendido ante el gesto del fotógrafo: mi papá.

"Al álbum familiar lo sostiene un ritual: inicialmente, la toma de la fotografía y luego la espera para poder contar con ella en su constitución material, y así, fijarla en este libro especial. Años después, le sigue la disposición de buscarlo en el lugar que ocupa en el hogar, de tomarse el tiempo para mirar, evocar, narrar los recuerdos - o bien, escucharlos- y de vincularse en el tiempo y los afectos."
Museo de Bogotá, Exposición ¡Yo también tengo esa foto!



En esos álbumes también podría estar una foto como esta, la de mi madre con dos de sus cinco hermanos, posando el día de la graduación de la menor, vistiendo de jóvenes, sonriendo a la luz de ese futuro o de esa mirada que se alegrará más adelante al ver ese momento. ¡Yo también tengo esa foto! la del paseo en olla, o la del cumpleaños con el vestido recién comprado para la fiesta y la súper torta hecha por mi mamá, o la de la primera comunión: todos con el sirio que nos recuerda que no podremos pecar demasiado y con ese vestidito blanco que pronto se mancha con los pasabocas de la fiesta. Como no, ¡todos tenemos esa foto!, jugando en la piscina, o vestidos con trajes típicos y bailando el mapalé, la guabina o el sanjuanero.

Cómo hemos cambiado la manera de posar, de mirar o no a la cámara, de estar pendientes de si quedó o no correctamente. Ese momento era más que la toma, era el tiro de esperar, de vestirse para el momento; sonreír, pero no tanto, aguardar y quedarse quietos, esperar aún más a que la foto fuese revelada, ir por ella al estudio, pagarle al fotógrafo por tan buen trabajo.

 

 

No les contaré lo que ví en todas las salas, porque evitaría que fueran a verla, ¡y me muero porque lo hagan! ¡Que se emocionen con lo que yo ví!
Mis fotos aunque no lo fueran, la historia de mi familia, la historia de la Bogotá real, la de los barrios; la Bogotá que poco a poco se desfigura y se transforma, y que se vuelve más vertical que lo horizontal que era.
Lo que sí les contaré es esa sorpresa que se siente al verse reflejado en esas fotos; entendernos desde lo que nos es más cercano, reconocernos allí en lo propio y no en lo ajenos que nos sentimos al mirarnos en el Transmilenio.

Al salir de la exposición, ya en el segundo piso a la izquierda; entré a un patio bellísimo: al fondo, enmarcando el lugar, unas fotos ampliadas de la carrera séptima, el primer almacén Ley, los cafés, el aviso de “Paños Atlas” y unas hermosas casitas antiguas que desearía que siguieran existiendo. Por allí pasaron mis abuelos, y sus hijos; mis tíos, y mi mamá con el amor que le duro veinte años, mi papá. Se tomaron fotos y jugaron a ser jóvenes para toda la vida; revelaron e introdujeron esa fotografía por ese mágico elemento que no sé cómo se llama, una especie de caleidoscopio con una sola imagen que sólo se revela si la miras al sol. Estoy segura que más de uno tiene algún aparatejo de estos en su casa, o en la de su abuela; y que cada vez que asoman el ojo por allí, revelan una sonrisa, de asombro o de tristeza, de melancolía o de gracia por lo que están viendo. En ese patiecito me divertí mucho, jugando con esos pequeños artefactos que ya no existen.


Jugué a ser mi abuela y mis tías paseando por la séptima. Me vestí con minifalda y le sonreí al fotógrafo. Me puse un abrigo o un moño.
Salí, después, a tomarme un café.




La exposición ¡Yo también tengo esa foto! recoge más de 5.800 imágenes entre 1895 y 2000, aportadas por los bogotanos al proyecto Álbum Familiar de Bogotá desde el 2006 liderado por el Museo de Bogotá y el Archivo Distrital. La exposición busca ser un álbum familiar en tres dimensiones, más que un cúmulo de imágenes, un gran álbum de memoria, recuerdos y cultura visual de Bogotá.
La exposición estará abierta hasta hasta el 17 de Marzo en la sede del museo:
Casa Sámano (Carrera 4 # 10-18).
Visitas comentadas todos los días, de martes a domingo a las 11:00 a.m. y 3:00 p.m.



Imágenes tomadas del álbum familiar : Agradecimiento especial a Libia Lurduy Ortegón y Claudia Lurduy Ortegón.
Imágenes exposición: Tomadas por la autora en Museo de Bogotá, exposición temporal: "¡Yo también tengo esa foto!"


 
 

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1 Comentar

  1. Juliana Méndez dice:

    Una crónica para recordar sus propias raíces. Mis padres me tuvieron a los veinte años, ambos habían nacido en Bogotá y provenían de familias campesinas que habían migrado de las periferias en búsqueda de un mejor estilo de vida en la capital del país, mi caótica Bogotá. En la casa de mi abuela materna, entre las cosas que se rehúsa a desechar, pequeños aterfactos de colores a través de los cuales podía ver a mis abuelos en su juventud por las calles del centro de la ciudad. En la casa de mis abuelos paternos aún permanece colgada en la habitación la fotografía de su boda. Para ellos una fotografía conmemoraba una fecha especial, mientras que para mi las dinámicas alrededor del arte han cambiado. Fui la primera en mi familia en tener un albúm de fotos y mi generación está marcada por la vanidad que se publica en las redes sociales. Un excelente texto para recordar lo íntimo y real detrás de una foto.

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