La oportunidad de los feos.

 

La fealdad está más cerca de lo que creemos. Nos sentimos irremediablemente imbuidos por una fijación hacia su opuesto creyendo que solo vivimos en función de apreciar lo bello y que esto, como verdad, es una sensación liberadora. La apreciación de la gracia que se asemeja a lo bien hecho, a lo organizado, a la simetría de lo apolíneo, pareciera que desplaza los linderos de aquello con lo que no nos queremos encontrar, lo contrahecho, lo deforme, lo grotesco, lo feo. Ese malestar instantáneo que nos provoca la confrontación con aquello que se escapa al código, al paradigma, al arquetipo con el que nos hemos obligado a convivir a fuerza de una inconsciente inoculación externa, nos deja agotados, desprotegidos, vulnerables y, si se me permite, derrotados. Sí, hay efectivamente una derrota latente al interactuar con aquello que desencaja, porque no es verdad que la armonía ejerza un poder más grande que el que ejerce la discrepancia, solo es cuestión de mirar atrás. ¡Qué tan vulnerable nos pudimos haber sentido al ser confrontados con algo que chocaba con nuestra concepción de lo tolerable, de lo aceptable!


Ahora bien, hemos venido siendo engañados durante mucho tiempo con la consigna utilizada para denotar lo que no es agradable, decoroso o bien presentado. Para las mentes enanas la dimensión de la estética solamente tiene competencia con aquello armonioso y digerible, regulado y encasillado en esa codificación odiosa de lo aparentemente admisible. Al momento de emitir un juicio sobre algún objeto en particular, y cuando este no se asemeja a los patrones de belleza anquilosados por tanto tiempo, solemos escuchar, con dejo de erudición, un inmenso gazapo: es antiestético. ¡Falacia rampante! A menos de que el juicioso letrado se encuentre todavía estancado en concepciones de retórica clásica, esta aseveración, a estas alturas, es simplemente anacrónica y bochornosa. ¿Acaso no nos hemos percatado en esta instancia que para describir la experiencia estética es necesario generar el contexto dentro del que el objeto se juzga? Esto hace imprescindible una sujeción al mensaje implícito en lo observado, a su intensión. En otras palabras, tanto lo bello como lo feo tienen la potestad de generar categorías que se desprenden de su apreciación en cuanto es experiencia estética y de su descripción en cuanto se acogen al juicio estético.

Es sabido que desde siempre ha existido una forma de propiciar que lo feo o lo grotesco ganen tolerancia en cuanto a su apariencia, pero aun más en cuanto a su función. La comicidad se ha encargado de reducir la brecha entre lo que es aborrecible y lo que es tolerable; cuando lo repugnante se esconde bajo el faldón afable de lo cómico, la aprensión de lo deforme no se convierte en trauma. Por muchos siglos nos han vendido la idea de que lo gracioso es el reducto más efectivo para caricaturizar lo inaceptable, lo grotesco, y hacerlo accesible a nuestra realidad. No obstante, aunque no lo considero un acercamiento errado, es hora de que le quitemos esos matices atenuantes a lo que de una vez por todas debemos aceptar como es: lo feo es feo y no debe haber otra forma de verlo, mucho menos de admitirlo o asimilarlo.


La abyección es la sensación que aniquila la tranquilidad y nos lleva a una lucha entre la aceptación y el rechazo, entre el acercamiento morboso y el repudio. Experimentar esta conmoción nos transporta al limbo de desasosiego en el que queremos mirar pero no miramos, en el que sabemos que debemos aceptar y sin embargo nos alejamos renuentemente, a paso lento, como si no quisiéramos hacerlo, como si esperáramos que una fuerza externa nos sujetara y condujera al encuentro con lo que abominamos. La abyección sostiene en su dinámica el poder de una perversión de la que solo somos conscientes cuando nos sabemos atrapados en el fárrago de encontrones entre nuestra sensibilidad y nuestra sensatez, entre nuestro discernimiento y la irremediable irracionalidad que nos arroja al deleite de la experiencia que solo el desajuste y la perturbación pueden perpetrar.

Dejemos a un lado la dinámica del observador y adentrémonos en un campo más complejo, más tormentoso y desconcertante: ser el portador de fealdad, ser consciente del peso que representa llevar el sino de la deformidad, tener que cargar con el lastre de la desproporción, ser por siempre el objeto juzgado, vivir el odio individual hacia sí mismo porque se es consciente de ser el motivo de la abyección que inevitablemente se erige en otros. El ser humano de semblante grotesco no es portador de una dignidad genuina, es el instrumento de la curiosidad, el garante de la reprobación en este escenario en el que solo es aceptable lo simétrico, lo armonioso que, aunque se mire con detenimiento, en ocasiones ni siquiera posee el talante de esa idealización concebida como belleza, solo refleja una apariencia ordinaria o acaso un aspecto normal.


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El narrador y personaje principal de La noche de los feos es consciente de su apariencia y sabe que es el objeto observado; al igual que la mujer con quien compartiría esa noche, es consecuente con su desgracia. Esta singular pareja comparte las laceraciones del alma que han venido siendo grabadas por constantes desaciertos, por ser también conscientes de que la belleza siempre será para ellos una condición inaccesible. Pareciera que sus oportunidades de interactuar de manera justificada estuvieran sometidas solamente al círculo de aquellos que comparten su condición, rostros desfigurados de seres que con complicidad o por simple solidaridad, acaso, se aproximan.



Una sala de cine es la excusa perfecta de nuestro narrador para incitar este particular episodio, un lugar a donde van ciertos mortales a apreciar la fabulación personificada por otros mortales, inalcanzables, excepcionales, bellos. Un cine es un lugar de emancipación del tormento para almas solitarias y sin embargo, pocos asisten solos a una función. Quizá alguno de los que lo hacen solos, lo hagan porque la deformidad de su rostro le priva de la posibilidad de encontrar con quien compartir esta experiencia. El cine es el cómplice perfecto de brazos que tras una elongación y con la excusa de un estiramiento se posan sobre un hombro para terminar en un abrazo; es el secuaz de dedos que se entrecruzan, es el garante de apasionados besos. Pero nuestros personajes solo tienen la posibilidad de escudriñar entre sus soledades individuales y su tedio apremiante; por un motivo del azar se examinan mutuamente con la complicidad que solo la identidad de la fealdad les ofrece. Ya ha habido tiempo para reconocerse, nuestro narrador guarda inevitablemente la frustración y el rencor contra sí mismo, contra dios, jamás contra quienes la vida les ha sonreído con un rostro armonioso, un acto noble a todas luces. La función termina y con arrojo decide acercarse a esa otra fealdad, a invitarle a un café y ocurre un evento que si bien redime no deja de ser una imagen desconcertante: el cortejo de un hombre con el rostro desfigurado a una mujer en igualdad de condiciones. El café se llena de “ murmullos, tosecitas, falsas carrasperas de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico”, estas dos fealdades, juntas, comiendo un helado o tomando un café, son un espectáculo digno de un freak show de circo, con la ventaja de que no hay que pagar por verlas.
 

Pareciera que los feos solamente pueden llegar a un contacto íntimo con otros feos y, como si fuera poco, la complicidad de la oscuridad hace de cualquier ofrecimiento un atractivo desafío en el que por un instante se pase por alto lo que es evidente. Pero hay que aterrizar la escena, el tacto no miente y a él, en este caso, se le atribuye la capacidad de hacer lo que solo los ojos podrían hacer. Ese par de deformes se observaron con las manos, con los dedos, con la piel, se complacieron con la sensación que en un instante los puso a la altura de los seres humanos normales, se deleitarton recorriendo los lugares convencionales que en su lugar recorrería cualquier mortal, hasta que la valentía, o la estupidez, los embargó y se decidieron por desenmascarar la falacia que estaban viviendo; optaron por desengañarse llevando el tacto hacia sus rostros. La exploración de surcos extraños y lisuras que abruptamente nacen donde no pertenecen generó la conmoción, luego las lágrimas, la desgracia de reconocerse, de recordarse y, finalmente, la felicidad de saberse auténticos.

***

 


La noche de los feos, de Mario Benedetti, es una narración cargada de contrastes, de honestidad y desolación. Se me antoja pensar que se asemeja a una radiografía de la condición humana. Los seres humanos no necesitamos enfrentar una deformidad propia para sentirnos incómodos, basta revisarnos y empezar a enlistar todo aquello que nos falta. En una sociedad invadida de superficialidad y estulticia no podemos menos que ofrecernos solidaridad incondicional, porque la inmensa mayoria somos feos, porque nunca seremos admirados por nuestra apariencia y nuestro último consuelo se reduce a un cumplido de otra naturaleza, como el que Alcibiades le manifestara a Sócrates en el banquete: él es feo cuando calla y bello cuando habla.

La belleza siempre ha sido sinónimo de libertad, pero la fealdad ha irrumpido arrebatándole esta cualidad. Es necesario conocer la fealdad para apreciar la belleza, es cierto, pero sin la profunda dualidad que lo opuesto a lo bello nos ofrece vagaríamos por la insulsa sensación de lo común, de lo frecuente; nos negaríamos a abrir el portal hacia lo verdaderamente extraordinario.

 
 


Fotografías tomadas sin fines comerciales de:


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