Teatro, teatro, théâtre, 연극, o de la percepción sin comprender el idioma

Teatro, teatro, théatre, 연극, o de la percepción sin comprender el idioma

 
 
 
 

He visto obras de teatro en diversos idiomas. No creas LectEr que lo digo con el ánimo de que te creas que cuando he visto obras en francés, portugués o coreano, las he comprendido a la perfección. Pero una de las cosas que fue nueva para mí en algún Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, fue ese asunto de ver teatro con subtítulos. Fue raro y a veces incómodo porque los subtítulos estaban muy arriba o muy abajo y por obtuso que te parezca a veces me costaba ver las dos cosas al tiempo. Entonces en ocasiones decidía liberarme del texto y me dejaba disfrutar de lo que veía en las tablas, de aquello que los actores hacían y de sus gestos y de sus cuerpos en movimiento.

 
 
 
 

La experiencia de ver teatro en otros idiomas sin sentirme agobiado por la falta de comprensión cabal de esas lenguas, es algo que he hecho incluso desde antes de sentir la afinidad que siento hoy con este arte y antes de que supiera que algún día podría sentirme agobiado por una lengua que no domino. Viví entre 2001 y 2002 en Lille, al norte de Francia, siendo apenas un aprendiz de la lengua de Paul Eluard. Mi lugar favorito de esta ciudad era la Grand Place y allí podía durar horas dejando pasar el día. Leía algún libro a veces o me dedicaba solo a observar cómo la tarde de verano parecía no dejar escapar la luz del sol y veía como en el reloj del Théâtre du Nord, marcaba las 5, las 6, las 7, las 8, las 9 y casi las 10 todavía con un cielo casi crepuscular.

 
 

Vi entonces una valla de tela con la ilustración de un hombre empelucado y gran nariz: Le Misantrophe, de Molière. Me levanté del borde de la pila de la fuente y caminé para ver mejor esa imagen junto al teatro. En eso, aparecieron varias personas ataviadas a la antigua usanza y con modales ajenos al comienzo del siglo XXI. Decían cosas y reían y hacían bromas a los transeúntes. Una de las mujeres con gran peluca blanca y traje de hombros descubiertos y ceñido a la cintura, me dijo algo que no entendí; seguro me hizo una broma y después de la risa de otros curiosos, me entregó una boleta para ir a ver la obra.

 

Y fui. No comprendí los diálogos más que por pocas palabras, pero hoy, aún después de 18 años, conservo todavía bellas imágenes del vestuario de época, del narizonón que Alcestes llevaba, de unas escaleras en las que los actores se subían y hacían movimientos graciosos. Hasta recuerdo la voz chillona de Celimena, que los personajes masculinos fingían no percibir para encontrarla todavía suficientemente hermosa.

Pasaron los años y fui por fin haciéndome un asistente a obras de teatro. Por eso en febrero de 2010, poco después de comenzar mi vida en Porto Alegre, Brasil, resulté en uno de los teatros de la Casa Cultural Mário Quintana. Yo había estudiado portugués en Bogotá, pero tenía todavía un manejo del idioma “como de libro”. Así que comprendía ciertas cosas, pero todavía me abrumaba la conversación informal en las que la rapidez y el uso de expresiones cuesta trabajo a los principiantes hablantes de una lengua. Pero estaba allí paseando por aquel lugar enorme de varios pisos, leyendo letreros en portugués y tratando de comprender todo lo que podía. En uno de los pisos superiores había una fila de personas esperando por entrar. De nuevo un afiche (eh ahí la importancia de la publicidad) me invitó a arriesgarme a indagar. “É uma obra de teatro?”, pregunté a una mujer que tenía unos volantes en la mano. Comprendió mi portugués de hispanohablante y respondió: “É uma peça, sim. Se você quer pode ficar”. Me entregó un volante y se fue a hablar con otras personas.

 
 
 
 
 

El nombre de la obra parecía ser coR-po-co. Las letras en el afiche y en el volante estaban distribuidas de tal forma que había un juego de palabras entre corpo y porco (cuerpo y puerco), de modo que en realidad el nombre era Corpo Porco. Se trataba de un monólogo con movimientos extremos. La obra consistía en un trabajo físico muy fuerte por parte del actor. Nuevamente, no era yo un hablante con la competencia suficiente para comprender lo que el hombre dijo durante una hora y veinte minutos. Pero recuerdo la música (una de las canciones, lo supe mucho después, era de Apanhador Só, una banda local muy reconocida), los movimientos del hombre que parecía contar su vida, unas imágenes fabulosas gracias a la iluminación fucsia y azul claro y rojo que se modificaban cada tanto y bajo cada luz, el hombre era otro y era él mismo. Al final, el cuerpo del hombre casi llegaba a la desnudez y su piel estaba manchada de sustancias que asemejaban la sangre y las heces. Les debo el nombre del actor-dramaturgo, pero comprendí en esa obra el descenso de un hombre que veía la vida color rosa y comprende que también es en efecto una porquería.

 
 
 
 

Tengo la certeza LectEr de que comprender a cabalidad una obra de teatro implica altos niveles de competencia idiomática. En teoría, no basta con “ser un buen estudiante” del idioma ya que la vivencia en contexto permite encontrar en la lengua aspectos contextuales y afecciones que difícilmente enseña la academia. Yo he encontrado hablantes que han logrado niveles importantes “solo” siendo muy dedicados al estudio de una lengua. Pero también he conocido hablantes magníficos que estudiaron poco el idioma, aprendiéndolo en la convivencia. Lo ideal, lo han dicho muchos estudiosos, está en equilibrar el aprendizaje académico con la experiencia en los contextos. No pretendo teorizar y ser novedoso con teoría porque no es mi campo de estudio, pero me parece pertinente el comentario porque, ¿qué ocurre cuando ves una pieza teatral en un idoma que no has estudiado y cuya vivencia contextual se reduce a cuatro días?

 

Si has leído recientemente, LectEr, otra crónica mía, sabrás que por las cosas de la vida he resultado en Corea del Sur, en Ulsan. Antes de venir no tuve mucho tiempo de estudiar coreano, y el nivel de diferencia entre esta lengua y el español hace casi imposible comprender la lengua nativa si no se ha estudiado durante mucho tiempo. De modo que al principio, prender la televisión, por ejemplo, era un acto de leer imágenes y expresiones faciales. Por eso no indagué en mucho tiempo por el movimiento teatral en esta ciudad (que es bajo o acaso nulo, lo he sabido después de preguntar a varias personas).

Llegamos con Laura un miércoles a esta ciudad. El domingo siguiente salimos a caminar por el Gran Parque de Ulsan y nos gustó que algo se celebraba en ese final de verano, porque había varias actividades llevándose a cabo. Caminando el lugar, llegamos a un escenario en el que un hombre elegante anunciaba algo. Decidimos sentarnos y a los pocos minutos aparecieron unos actores con hanbok (traje tradicional coreano) y maquillaje y disfraces de algunos seres fantásticos.

 
 
 

LectEr, no comprendí nada de lo que dijeron. Ni una palabra. No comprendí lo que dijo el presentador ni la mujer que habló luego, a quien adjudiqué la dirección de la obra. No comprendí los comentarios que produjeron risas al público. Pero comprendí que la obra comenzó gracias a unos tambores y aquí te contaré mi obra de teatro; lo que yo creí ver esa tarde, lo que creo qué pasó.

 

El rey de una gran nación antigua de Oriente tiene problemas para dominar su reino. Varios seres fantásticos discuten a favor y en contra sobre prestarle ayuda. Una bruja intercede negativamente para que estos seres, a caso dioses, no den apoyo al rey. Pero su esposa lo presiona para que deje la pereza y ofrezca ofrendas a los dioses y así poder recibir sus favores. Esa es la historia que yo vi. Eso fue lo que interpretaron este grupo de ancianas que quizá no han sido actrices de toda la vida. Eso fue lo que yo vi que aplaudieron las personas del público. Eso fue lo que Laura y yo aplaudimos. Luego nos tomamos fotos con los actores.

 
 
 
 
 
 
 

Yo quedé con una sensación agradable porque nunca había experimentado tanta orientalidad. Nunca había ido a las obras del ballet chino en el Iberoamericano de Teatro y si acaso había visto algo de No en algún video. En un momento con Laura nos preguntamos cuál sería la historia real, pero ante la imposibilidad de saberlo decidimos quedarnos con nuestras propias historias. La de Laura consiste en un relato ancestral mítico en el que se enfrenta el bien y el mal; hay un rey avaro y una reina fuerte que lo domina; hay una batalla representada por personas del común; y hay escenas graciosas de leves castigos físicos como fuete en las nalgas y palmadas en los brazos y una que otra patada.

 

De modo que si bien no comprendimos el diálogo de los personajes, hubo elementos de la puesta en escena que nos llevaron a coincidir en ciertas cosas. Así que confirmo LectEr, lo que tú has vivido y lo que algunos teóricos del teatro han resaltado: el teatro es mucho más que un texto recitado por personas e implica una serie de elementos sensoriales que te permiten comprender algo de la historia que envuelven. Como seres lectores del mundo e intérpretes de nuestra realidad, hemos desarrollado capacidades semióticas que nos dejan leer incluso en contextos que asumimos ajenos. Nos permiten comprender aquello que está al alcance de los procesos que hemos cultivado para la lectura de las obras de arte y para el goce estético que podamos experimentar.

 

Pero no quiero LectEr que acabes de leer esta crónica creyendo que considero que da igual conocer o no el idioma de las obras de teatro a las que asistimos, o al menos que es una ventaja poder comprender el texto. Es claro que lo escrito por el dramaturgo es vital para un mejor entendimiento de la obra porque allí están presentes muchas de las marcas culturales que dan un carácter único a la pieza. De hecho, en el sentido más estricto, ni siquiera en las traducciones mejor realizadas (o las versiones en otros idiomas, como prefieren llamarlas algunos teóricos), es posible reproducir la carga cultural, el imaginario contextual y la construcción cognitiva que un idioma le da a sus hablantes. Porque alguna diferencia de la percepción de la realidad debe haber cuando un hispanohablante “regresa temprano a casa” o un brasileño “volta cedo na casa” o un anglófono “(he) comes back home early” o un coreano 그는 집에 일찍 도착했다. Alguna diferencia en la forma de construir la realidad debe haber cuando el hispanohablante “regresa”, el brasileño “volta”, el anglófono “come back” y el coreano 도착했다 (y todavía mucho más cuando en la oración coreana el verbo se escribe al final de la oración).

 
 
 
 
 

Y ya lo habrás visto LectEr, a pesar de todo ello, el arte nos da elementos suficientes para que comprendamos una obra. Cuánto comprendemos y cuánto queremos comprender es otra cosa. Así que si no lo has hecho, te animo a que la próxima vez que tengas la posibilidad de ver una obra de teatro en otro idioma, no lo dudes. Si bien el asunto de los subtítulos en el teatro no lo han acabado de inventar y puede ser muy molesto, no importa, dale. Ve, lee o deja de leer: disfruta. La experiencia estética que podrás tener será única, tuya, propia. Será diferente, algo quedará en tu recuerdo, en la piel, en la sensación que sólo el arte te permite vivir.

 

 
 
 

Las imágenes relacionadas a continuación fueron tomadas sin fines comerciales de: - Grabado de El misántropo: https://tinyurl.com/jmzhthy
- Fachada del Théâtre du Nord, de Lille, Francia: https://tinyurl.com/y45shqbm
- Patio interior de Casa da Cultura Mário Quintana, Porto Alegre, Brasil: http://detuoni.pw/Obras-Referenciais-Comerciais-Arquitetura-Comercial-t.html
- Terraza de Casa da Cultura Mário Quintana, Porto Alegre, Brasil: http://www.aaccmq.com.br/site/?p=559
- Gran Parque de Ulsan, Ulsan, Corea del Sur: https://tinyurl.com/yxdfuey8

Las imágenes de la obra de teatro coreana fueron tomadas por Laura Bautista.



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