¿Con qué sueñan los algoritmos?

Hacer surrealismo es una actividad compleja. En una entrevista hace muchos años la escritora Herta Müller en The Paris Review, la escritora afirmó que para que el surrealismo funcione debía volverse real. Y eso es lo más difícil: hacer que los sueños y las locuras, que las frases desarmadas, los planos inclinados y los collages estrambóticos tengan un asiento en la realidad. Más allá de los sueños hay que saber organizar las imágenes. Me gusta el surrealismo cuando tiene ese dejo de terror, de pesadilla, porque es el punto preciso en el que algo familiar no funciona bien.

Los retratos de Mario Klingemann tienen ese aire aterrador. Conocí al artista en Twitter y quedé entre fascinado y aterrado con un GIF suyo. En una imagen entrecortada, llena de saltos y errores, un hombre viejo mira de lado y de repente estalla en una carcajada. En ese mismo momento sus ojos se ensombrecen, parecen desaparecer; antes que revelar, ocultan. El hombre podría estar haciendo fila en un banco o conduciendo; no lo puedo saber porque el fondo es una bruma pixelada de azul, negro y blanco. Sigo viendo el GIF y la risa del hombre se incrementa, es cada vez más cruel.

 
 
 

La página de Klingemann, www.quasimondo.com tiene muchas de estas imágenes en las que hay algo que no anda bien; los contornos se desdibujan, se confunden con la sombra que suele ser el fondo. Las personas sonríen, pero la sonrisa se ve desencajada, como si intentaran hablar; como si aludieran a un recuerdo distante. Por momentos, parecen ser otra persona. Me detengo en cada imagen porque cada una parece provenir de mis pesadillas: esas imágenes fugaces que se me escapan cuando intento mirarlas detenidamente. No lo puedo recordar, pero estos retratos me llevan a momentos o sensaciones de mi niñez. Como en los retratos de Klingemann, mis sueños también se muestran en blanco y negro; a veces evidencian un poco de color, difícil de notar. No puedo evitar hacerme preguntas, intentando en vano recordar: ¿De qué trataba el sueño? ¿qué había detrás? Otra imagen más aterradora, el contorno de una lámpara, o quizá una ventana, un punto de escape, con suerte. Si me detengo a mirar, la cara desaparece. Me hace recordar los retratos de Francis Bacon.

 
 

Mario Klingemann es un artista contemporáneo y en este mundo actual es difícil saber exactamente quién es el autor. Una parte del proceso ha sido, por decirlo de alguna forma, tercerizado a los algoritmos. Klingemann aprendió solo a programar en los ochentas. Se interesaba en mostrar la capacidad de crear algoritmos para sorprender y crear comportamientos autónomos. Luego llegó la moda de las redes neuronales y la inteligencia artificial; Klingemann encontró las herramientas adecuadas para llevar al límite sus ideas.
No es el momento para explicar en qué consisten las redes neuronales; pero en resumen, son una serie de algoritmos, de órdenes de computador, capaces de aprender, por ejemplo a reconocer una cara y a animarla como si hablara o riera o llorara. Sin embargo, viendo las imágenes de Klingemann, consideraré las redes neuronales como una variedad de magia negra.

 

El punto es que Klingemann entra al código con el que escribe los algoritmos y borra una parte al azar, de modo que ahora que este queda incompleto y se confunde, aunque no lo suficiente para dejar de funcionar. La serie se llama Neural Glitch, falla neuronal. Imagino un corto circuito en el cerebro que borra las delgadas fibras que mantienen unida la realidad, porque esta serie de retratos muestran las caras desarmadas y oscuras.
En “Ernst”, Klingemann sigue desestabilizando el lugar del artista remplazado por un algoritmo imperfecto, al tiempo que alude a su inspiración surrealista. El algoritmo de Klingemann extrae imágenes de Flickr y hace collages con el estilo de los grabados de Max Ernst. En blanco y negro, veo el hueso de una cadera pegado a un mecanismo de válvula y dos extensiones como piernas que están corriendo.

En otra imagen veo un tubo cilíndrico con dos codos, de uno sale un ramo de flores pequeñas, silvestres y de otro, una mano con las marcas para aprender quiromancia. Son tan absurdas como divertidas, aunque, entre ir y volver descubro un detalle truculento: todas están hechas con partes de cuerpos humanos: con las manos, caderas, torsos, cabezas, globos oculares y riñones, los grabados dan una sensación de monstruosidad, pegados a válvulas, tubos, soportes, agujas y plumas.
Siento que hay algo que no anda bien; es esto: el autor de estos arrebatos no es un humano. Nosotros no tenemos el monopolio de lo absurdo ni de la lucidez de las pesadillas, ni esa manera extraña a la que llaman, sin lograrlo, recuerdos de la niñez. Siento también un alivio: existe alguien con la voluntad de llevar más lejos el arte, de poner a soñar los algoritmos.

 
 


Las imágenes fueron tomadas sin fines comerciales de: Mario Klingeman. Twitter @quasimondo



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