Doppelgänger es un doble andante.

Serie de literatura distópica: primera parte.
 
«Toda la iluminada escalera estaba atestada de gente. Ojos atentos le observaban desde todas partes… Cuando volvió en sí vio que los caballos lo llevaban por un camino desconocido. Bosques tenebrosos se extendían de izquierda a derecha. Todo era silencio y desolación. De pronto quedó petrificado de horror. En la oscuridad dos ojos flameantes le escrutaban con malevolencia e infernal regocijo»



Siempre he escuchado que los libros son terapéuticos. Quizás así sea. Lo que no suele decirse es que hay algunos, unos pocos, que vuelven tan mierda tu cabeza que pueden llevarte al psiquiátrico.
Este libro fue uno de esos.
Antes de leerlo, solo tenía un gran miedo. Mi psicóloga lo llamó síndrome del impostor. Bonito nombre, pensé. De lo que se trataba era de una permanente sensación de asfixia e intoxicación por la certeza de que todo lo conseguido, todos los reconocimientos y palmadas en la espalda, eran consecuencia de unos enigmáticos e inmerecidos golpes de suerte que en cualquier momento llegarían a su fin, develando finalmente, a ojos de propios y extraños, el patético alcance de mi bien escondida mediocridad. ¡Impostor!, gritarían los unos; ¡impostor!, sería el aullido que acompañaría sus dedos acusadores; ¡Impostor, impostor, impostor!
—No eres el único que lo siente, dijo ella.
—Me tiene sin puto cuidado, mentí.


La verdad es que su condescendiente apunte me llevó a cuestionar si, en efecto, esta era una paranoia tan común. ¿Dostoievski la habrá sentido?, me pregunté. Deseé que así fuera. Al fin y el cabo él, con su cabronamente desmedida genialidad, fue culpable de todas esas décadas desperdiciadas en la sosa política sin atender a mi verdadera vocación, convencido como estaba de que nunca podría osar llamarme escritor sin antes haber alcanzado una migaja de su jodido talento.


 
 
 
 


Me obsesioné con el tema. Tanto que terminé sumergiéndome entre los muchos archivos, compendios y análisis que sobre su obra se han escrito, en alfabeto latino y cirílico, con la paciencia del minero artesanal que aún no sabe lo que busca pero que tiene la certeza de reconocerlo al encontrarlo. No me equivoqué. En una de sus cartas personales hallé la inconfundible autocomplacencia que antecede a la caída: “Es una obra genial —escribió un joven y modesto Dostoievski pocas semanas antes de publicar el libro—. En todas partes el respeto de la gente es inmenso. Todos me toman por un prodigio. Me ha salido mejor imposible”.

Hablaba de El doble, su segunda novela, aquella en la que cuenta la historia de Yákov Petróvich Goliadkin, un tipo ni muy inteligente ni particularmente tonto, ni millonario ni pobre, ni del todo amable pero tampoco antisocial; simplemente un gris burócrata como tantos en la San Petersburgo imperial. Pero uno que, justo después de recibir un devastador golpe en su arribista y acomplejado ego, tuvo la trágica desventura de cruzarse con otro hombre, incuestionable y absolutamente idéntico a él, pero carente de sus muchas inseguridades; una versión mejorada, si se quiere. Este doble no sólo parece tener la capacidad sino además la disposición de arrebatarle el lugar que Goliadkin cree merecer en su oficina peterburguesa, en la sociedad rusa y en el mundo; tiene el talento de ser todo lo que él ha querido pero no ha podido ser. Y lo sabe. Los dos lo saben. El doble, perverso bribón, incluso parece disfrutarlo.

 

La novela resultó ser un completo fiasco. La crítica, unánimemente, la destrozó: insulsa, monótona, aburrida, patológica y repulsiva fueron algunos de los adjetivos recibidos. Fue de tal magnitud el golpe, que en pocos meses Dostoievski cambió radicalmente de opinión sobre la obra e incluso, como suele ocurrir en este tipo de tragedias, sobre sí mismo: “La idea de que he defraudado las expectativas y estropeado una cosa que podría haber sido grande me mata —anotaría en otra carta—. Goliadkin me resulta odioso. Hay mucho en él escrito a las apuradas y en estado de extenuación. Junto a páginas brillantes hay basura, porquería, se revuelve el estómago, no dan ganas de leerlo. Eso mismo me creó un infierno y terminé enfermando de aflicción”.



¡Eureka! Hela ahí: la irrefutable evidencia de que él, incluso él, el más genial escritor que haya vivido, se revolcó en el mismo pozo de vergonzosa medianía y pesado embozo que yo. Por lo menos en eso éramos iguales, y saberlo me dio la tranquilidad que necesitaba y que no había logrado encontrar en mi terapeuta.
La novela, cómo se fue revelando con mis pesquisas, nunca terminó de gustarle a su autor, incluso llegó a odiarla; tanto como para escribirla dos veces (hay una versión de 1846 y otra de 1866)* y para querer hacerlo una tercera, empezando desde cero, aunque el muy desgraciado se murió sin cumplir con esa solemne promesa. Las deudas y un leonino contrato editorial lo obligaron a publicarla así: incompleta, imperfecta y llena de yerros narrativos. Fue entonces cuando debió sentirse como yo, como un farsante, como un falso escritor incapaz de hacer de una buena idea un libro decente, por mucho que lo intentara a lo largo de veinte años de su vida. ¡Impostor, impostor, impostor!


 
«Todo al parecer, sin exceptuar a la Naturaleza misma, militaba contra el señor Goliadkin; pero él seguía en pie e invicto. En su fuero interno se daba por invicto. Estaba dispuesto a luchar. Bastaba ver la determinación y el vigor con que, tras su inicial sorpresa, se frotaba las manos para deducir que no se daría por vencido. No obstante, el peligro, un peligro evidente, le acechaba a la vuelta de la esquina»
 
 
 

Como era de esperarse, la lectura de las cartas inexorablemente me llevó hasta el propio libro. Tenía que leerlo para ser testigo presencial del día en que todo el mundo vio que el gran escritor estaba desnudo. Dos o tres sentadas fueron suficientes para terminarlo. Lo encontré enrevesado, confuso y, por momentos, sinceramente tedioso; sin duda la menos dostoievskiana de sus obras. Y aún así, a pesar de todas estas falencias, me atrapó como el olor de una botella de espirituoso barato pesca al borracho. Simplemente no pude soltarlo ni dejar de probarlo. Cada capítulo fue releído, cada hoja fue marcada con aquel chapucero doblez que suelo hacer en las esquinas de las páginas que considero memorables, y cada párrafo hizo que cuestionara mi habilidad como lector: ¿Goliadkin tiene un ataque de esquizofrenia? ¿Es el único que ve el parecido con su doble? ¿Los demás ignoran al doble? ¿Este siquiera existe? ¿Es consciente de que es un doble? ¿Es un elaborado complot? ¿Se trata de un recurso fantástico del escritor que debemos asumir como real en aras de la historia? ¿No entiendo lo que pasa porque la novela está terriblemente escrita o porque soy un terrible lector?



Lo leí de nuevo. Y después otra y otra y otra y otra vez, como un maldito orate, imaginando la neutra y cándida voz de mi psicóloga exponiendo con complacencia su avezado dictamen clínico: trastorno obsesivo compulsivo. Pero ella ignoraría que yo no era el problema: era el libro. Uno capaz de generar tal caos en el cerebro de su lector, uno con la capacidad de joder de tal forma mi psiquis, mi yo y mi ego, a pesar de sus errores de sintaxis y coherencia narrativa, tiene que ser una maldita obra de arte… Mierda, ¡tiene que ser un milagro!


Cuando finalmente pude dejarlo de lado, sentí como en la amígdala alojada en el seno de mi sistema límbico se engendraba un nuevo miedo capital: ya no era ser descubierto en la mediocridad; ahora era la existencia de un otro-yo que comparte todas mis cualidades, supera todas mis taras y cumple cabalmente con todas las expectativas que el mundo tuvo para mí; ahora era el temor de que, desde la seguridad que da el anonimato, aquel perverso ser se prepara para dar el zarpazo definitivo, presentarse ante mí y reemplazarme; ahora era la certidumbre de que su simple existencia prueba que la mía es un desperdicio y de que soy yo la defectuosa copia que sobra, una que, como aquellas viejas reproducciones que se hacían con papel carbón, son útiles tan solo por un perecedero momento para finalmente ser desechada.

 
 
«Vale más abordar la cosa desde otro ángulo. Lo que haré será convertirme en un observador desinteresado, y sanseacabó. Decir: “Soy un observador, un extraño, y nada más”. No soy responsable de nada de lo que pase. Eso es. Así será de ahora en adelante».
 

—Un estudio de la universidad de Adelaida probó que la posibilidad de que tengas un doble exacto es de una en un billón —dijo mi psicóloga en un científico y vano esfuerzo por tranquilizarme.
—Tiene que estar equivocado —los corregí, a ella y al maldito estudio— ¿De qué otra forma se puede explicar que los alemanes tengan una palabra para esa anomalía, para esos dobles andantes y fantasmagóricos que nos acechan? Doppelgänger. ¿Por qué demonios se tomarían el trabajo de darle nombre a algo que no existe, a algo que nadie ha visto, a algo por lo que ninguna persona ha perdido la razón?

Era una lógica irrefutable. Para probarlo no solo tenía a los alemanes de mi lado, sino además al mismo Dostoievski. En la primera carta en la que habla de la novela, escribió, tal vez a manera de perfida confesión: "Ahora soy un auténtico Goliadkin”. ¡Ahora soy el puto Goliadkin!, se atrevió a confesarle a su hermano. Entonces todo fue obvio para mí: El doble es una ficción, por supuesto que sí, no soy tan idiota para creer lo contrario; pero se le ocurrió porque en algún momento de su vida se cruzó con su propio Doppelgänger y eso, cómo a Goliadkin y como a cualquier otra persona, lo hizo cagar del susto y le hizo recordar que, aunque genio, no dejaba de ser otro humano más, reemplazable como el resto.
Una prestigiosa revista literaria moscovita ya había coqueteado con esta idea, aunque, debo decir, de una manera tristemente limitada por lo figurativo: “Es un remedo de Gógol –sentenció la publicación–, hasta tal punto que lo que resulta ya no es imitación, sino apropiación”. Aunque devastador y poético, el juicio se quedó corto ante la espectacularidad de la verdad, verdad de la que hasta el momento solo yo soy consciente: Dostoievski no se estaba apropiando de Gógol, y ni el más miope de los testigos podría decir que guardan el más remoto parecido físico; a quién ¡ estaba copiando era a su verdadero y ladino doble andante, que no era otro sino el célebre poeta Alexey Alexeyevich Perovsky. Algunos chillarán de indignación y me dirán que eso es imposible, que ellos solo compartieron este mundo por una década.

¿Y qué con eso? -Les responderé altivamente-.
¿Acaso las leyes no escritas de los Doppelgänger establecen una cota de tiempo para la coexistencia de las dos criaturas? ¡Por supuesto que no! Así que una década pudo ser más que suficiente para que las vidas del uno y del otro se cruzaran e, incluso, para que se eclipsaran. La similitud de sus rasgos, especialmente en sus respectivas juventudes, los delata. También el irrefutable hecho de que Pogorelsky, veinte años antes que Dostoievski, escribió su propia versión de la historia del doble, por demás un rotundo éxito literario. Lo que hizo el bueno de Dostoievski con su novela, les diré a mis críticos no sin antes hacer una dramática pausa, fue un desesperado esfuerzo por no quedar rezagado ante el granuja; un intento por imitarlo y mejorarlo para así merecer su lugar en el planeta. Pero chocó contra el fracaso y contra la irrefutable superioridad de su otro-yo. Exactamente igual que le pasó a Goliadkin; exactamente igual que me pasó a mí. ¡Impostores, impostores, impostores!

Descifrado el arcano, el sosiego retornó a mi alma. Supe que hay cosas peores que sentirse un fracasado con suerte. Tener un doble andante que te opaca, es una de ellas. No desecho la idea de que el mío existe y sigo convencido de que me ronda, preparándose para hacer su jugada y arrebatarme lo que por derecho me pertenece. Pero ahora sé que es posible vencerlo. Dostoievski perseveró. Tan solo me queda averiguar cómo putas lo hizo, como logró salir victorioso ante su Doppelgänger. No pasa un día sin que le ruegue a los dioses poder averiguarlo antes de su arribo.

—¿Y qué si tú elaborada hipótesis lo que prueba es exactamente lo contrario?, cuestionó mi psicóloga. ¿Qué pasa si Dostoievski era el doble perverso que le robó no solo la trama sino el prestigio a Pogorelsky?
—Cago en Dios, exhalé.

 

«La puerta se abrió sin crujir y en la habitación entró un hombre de mediana edad y estatura algo mayor a la media (...)
¡No pueden imaginarse cuánto me asombró su aparición! (...) Aunque no dudaba de que era la primera vez que lo veía, su andar, sus más pequeños movimientos y en general toda su apariencia me recordaban algo conocido y, por así decirlo, familiar (...)
—¿...con quién tengo el honor de hablar?
—Mi nombre —dijo el desconocido— no tiene ninguna importancia, e incluso me resultaría difícil anunciárselo, puesto que, hasta donde sé, no existe en el idioma ruso.
—¿Cómo es eso? (...)
—Así es, muy señor mío; el asunto es que no tengo nombre propio, y si tuviera que adoptar uno sin falta alguna, entonces lo más inmediato sería llamarme como usted (...)
—Pero dígame, dígame, por favor, ¿quién es usted?
—No otro más que usted mismo —respondió el desconocido—».
“Dvoinij”.

Pogorelsky.



 
 
 
 
 
 
 

*Este cronista recomienda leer El doble en la versión publicada por la editorial Eterna Cadencia. En ella encontrará las dos versiones escritas por Dostoievski así como sus apuntes y correcciones a la primera edición. Ni yo ni la revista Días Temáticos tenemos relación comercial o filial alguna con esta editorial; es tan solo una cordial consejo.




Las imágenes de esta crónica fueron obtenidas de las siguientes páginas web, sin ningún tipo de fin comercial:
PORTADA: LA LOCURA O EL TORMENTO DE LLAMARSE NADA". Juan M. Carrasco D.

Imagen 1: https://www.alohacriticon.com/literatura/adaptaciones-cinematograficas/fiodor-dostoievski-cine/
Imagen 2: https://fanficslandia.com/entrada/el-doppelg%C3%A4nger.172/
Imagen 3: https://galeriapuntorojo.wordpress.com/2014/03/21/doppelganger/
Imagen 4: Carátula de El Doble, aparecida en la revista literaria Novelas y Cuentos, nº 925, 1949.
Imagen 5: Gemelas identicas de Diane Arbus: https://lineassobrearte.files.wordpress.com/2015/01/gemelas-idc3a9nticas.jpg
Imagen 6: https://es.wikipedia.org/wiki/Doppelg%C3%A4nger
Imagen 7: Carátula de El Doble. Ed. Eterna Cadencia. 2016




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad