LA ELEGÍA DE CAMILO: UN CANTO A LA AÑORANZA Y A LA FATALIDAD

La elegía de Camilo: un canto a la añoranza y a la fatalidad

Aclaración necesaria

El impulso de transformación era su verdadero templo. La obsesión por una nueva perspectiva de la bondad, la misericordia y la voluntad del espíritu se convirtieron en su imprescindible consagración. Más allá de considerarlo un ícono entre lo infame y lo ejemplar, un paradigma de la soberbia y la justicia, una mezcla de austeridad y rebelión; fue, ante todo, una voz imperante en muchos sectores de la conciencia popular.

No pretendo favorecer una tendencia política, ni mucho menos justificar las acciones que perjudicaron las vidas, unas inocentes; otras, tan sólo entes de la comunidad colombiana; todo por salvaguardar las esperanzas de aquello llamado “causa noble”. Tampoco es de mi interés proponer que se levante una efigie dorada a un hombre que manifestó ideales de revolución (palabra tan mentada en muchas organizaciones a lo largo de nuestras generaciones); cuyo final trágico pareció engrandecer su imagen de mártir y héroe.

Bien lo aclara Patricia Ariza -directora de la obra-, antes de empezar la función: “ya no queremos que haya más jóvenes que tomen las armas como único medio de inconformismo ante las adversidades de libertad que posiblemente se suelen presentar en un país antidemocrático.

De esta manera, el siguiente no es un homenaje para radicalizar la figura de un cura insurrecto -ni más faltaba-; tampoco es un recurso literario para dogmatizar una ideología política; ni mucho menos una declaración para que, ustedes como lectores, modifiquen su concepción de igualdad, democracia y justicia con la imagen de este personaje: Camilo Torres. Mi intención solamente procura que busquemos en esta crónica su figura: un ejemplo de inconformismo y constancia ante las múltiples instituciones que, la mayoría de veces, suelen castrar nuestras percepciones e iniciativas de cambio, aunque parezca uno mínimo.

La dimisión a una vida común

Era una deidad envuelta en una atractiva túnica negra. Sus cachos de macho cabrío se alzaban imponentes, mientras en sus letanías parecía augurar el destino de un hombre que empezaba a desafiar el destino que otros habían marcado para él. Su voz era la de una lamentación; cada vez me convencía más de ello. Sobre todo, cuando su tono, un tanto agudo, un tanto suplicante, murmuraba el rezo en un latín de ultratumba. ¡Hasta la muerte misma se compadeció del peso que quería asumir en su espalda!

Una atmósfera de los sesenta me indicaba que posiblemente habíamos regresado a aquellos instantes de blanco y negro. Los altares rodeados de imágenes donde sobresalía una multitud que parecía aglomerarse ante la efigie de su héroe caído, retrataban el espíritu de una generación delirante. El rigor de la nostalgia era más evidente, principalmente, cuando una de las voces del ayer había surgido en una manta blanca. Otro era el hombre que, al parecer, había escapado de un anonimato forzado; en un discurso desgarrador demostraba cómo habían silenciado la voz de la esperanza, cómo habían sepultado la imagen de un cristo caído llamado Camilo.

Su aspecto se encarnaba en otros rostros. A veces regresaba a su juventud, precisamente donde su madre le imploraba que regresara a la comodidad de su círculo. Allí era donde debería estar siempre, le reprochaba la mujer que le dio la vida. Allí, en el lugar donde la academia le ofrecía un prestigio, las oportunidades eran más que suficientes para continuar con las buenas costumbres familiares. Pero era imposible para alguien a quien el carácter aventurero e inquieto, se ostentaba en el deseo de justicia. Por eso el abandono al hogar, la renuncia a lo más preciado, el adiós impasible a su novia, el acto de indiferencia a sus amigos. La vida espiritual lo aclamaba. El llamado monástico lo seducía al punto de abandonarlo todo, los placeres carnales empezaban a menguar para que la santidad surgiera.

 

Otras veces aparecía en los ceremoniales religiosos más solemnes. Su rostro adoptaba una nueva forma, personificaba la esperanza y la convicción por encontrar una verdadera senda hacia la misericordia. Por eso, cuando se enfrentaba a los rigores del monasterio, cada acto era sagrado para su nuevo ciclo. Era un hijo de Dios al que ya no le interesaba el pasado. Había encontrado la esencia anhelada. La misión de socorrer a los menesterosos confluía, con el de un espíritu servicial. De ahí, los movimientos de las túnicas, las manos aferradas a las sillas enfiladas para disponerse a aprender el legado divino.

De ninguna manera, en aquel espíritu inconforme y vertiginoso, aún se resguardaba la idea de insurrección. Estaba lejos de mostrarse como verdugo y mártir, de fenecer a las inclemencias del campo y al horror del desamparo. Tan solo era un sacerdote más que se estaba formando para servir a Dios y a su congregación.

La rebelión divina

Por un lado de la procesión, el grupo de sacerdotes ataviados en túnicas carmesíes, transitan lentamente hacia la entrada del inmenso palacio de tela. En sus maneras refinadas, sus pregones modestos y en los crucifijos, iluminados por una luz amarillenta, se hallaban los pasos de la fe, predicada por generaciones. Eran muy pocos, evidentemente, los que elevaban las plegarias e intercedían por los devotos. Había que rezar por ellos en la comodidad de los templos, sobre todo porque eran los anatemas, los marginados de la sociedad. Cualquier intento de manifestar una ayuda, una protección a esos ángeles caídos, sin el consentimiento de ellos, era una afrenta a los designios de la sana doctrina; una obsesión por generar controversia en la gente, una demostración de manchar con ideales políticos, la inmaculada espiritualidad de los siervos.

En cambio, por el otro lado, un remedo de sacerdote, cuyas túnicas raídas me obligaban a creer que, más allá de un ejemplo auténtico de humildad, personificaba la pobreza extrema. A su alrededor, un grupo reducido de gente, al parecer, azotada por el desprecio, los vejámenes de la guerra, la cicatriz de un conjunto de tragedias que poco a poco los habían sepultado en un olvido forzoso.

Pero lo más impactante no fue adentrarse en esa notoria diferencia de concepciones sobre la condición humana. Era algo que se destinaba más allá de la fe: escuchar al envalentonado sacerdote anónimo. Con el arma suficiente para emplear al mismo tiempo una súplica o una plegaria de fe, provocaba un nuevo rumbo en la vida cristiana, desviada de los trances comunes, organizada con el debido ímpetu por “los siglos de los siglos”.

Parece que su figura escuálida y demasiado trajinada, contrastaba con un vozarrón aguerrido y solitario. Al parecer, involuntariamente o con la plena conciencia de lo que estaba arengando, se convertía en mártir; prolongaba la razón primitiva que todo cristiano debería tener: el amor al prójimo. Fue la razón necesaria para que otro joven sacerdote llamado Camilo empezara a asumir las riendas por la causa de ellos, los desadaptados, indolentes y empobrecidos por la persecución y las privaciones: Era la nueva cara del cura Camilo.

La expulsión: el camino de insurrección es un verdadero sacrilegio

Tampoco fue impedimento para su deseo, alzarse por completo contra todo precepto. La opción era considerarse en completa rebeldía y salir por los escabrosos e inciertos caminos, o seguir aceptando órdenes de los eruditos sagrados.

Su expulsión, no la consideré como un digno espectáculo de un renuente guerrillero, sino la de muchos que asumen el reto de abandonarlo todo por su ideal. Por eso lo vi más como un triunfo a sí mismo. En ningún momento experimentaba arrebatos de joven sin criterio, era la deuda que estaba saldándose a sí mismo. No cometería el mismo pecado de Judas, no traicionaría sus verdaderos principios, los mismos que se estaba formando desde muy tierna edad.

 

Verlo expuesto a la mirada siniestra de los máximos jerarcas completamente informados de acciones reprobables, lo surcaban por los nuevos terrenos del martirio, de un sufrimiento inesperado. Los gestos de desaprobación, los reproches severos, la determinación unánime de excomulgarlo y despojarlo de los hábitos; en vez de reducirlo al polvo y a la mendicidad intelectual, le provocaron el deseo de atravesar otros caminos, de asumir la travesía del evangelio. Quizás había sentido lo mismo que sintió Jesús cuando fue criticado por los fariseos. A lo mejor, en ese instante de escarnio, surgía la idea de creerse mártir y, por lo tanto, su alma escuchaba el llamamiento a la restauración tanto espiritual como social.

De nuevo la deidad, mucho más cauta, mucho más distante, transitaba en un templo oculto, cuya luz se desparramaba en su rostro lastimero para aparentar miedo. A paso vacilante, de nuevo barbotaba los rezos en un latín perfectamente acentuado. En sus palabras por fin se escribía el fin de su destino inventado. Poco a poco se moría el nuevo mártir, en la inclemencia del frío y en los arrebatos de la soledad.

Escrita y dirigida por Patricia Ariza, la obra Camilo surgió del grupo Teatro La Candelaria desde el año 2013 como un referente histórico para rescatar la memoria de uno de los precursores de la Teología de la liberación en Colombia. (Tomado del periódico El Espectador)

Crédito de las fotos:
https://bit.ly/2U20c1W
https://bit.ly/2IenCPo
https://bit.ly/2WJQGlB


Los comentarios están cerrados.

Publicidad