Un camino muy caluroso que congela el alma

 
 

La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y esperada oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante.
Haroldo Conti, (1925 – desaparecido desde 1976)

 

Cuando estábamos en la universidad comprábamos boletas para ir a la Cinemateca Distrital para ver películas de Pasolini. Con los carrizos sonrosados por las escenas de Saló o de Calígula, salíamos después a libar uno o dos néctares de lúpulo, acompañados de féminas que no nos volvería a hablar sino dos o tres semanas después. Pues entre las obras cinematográficas que disfrutamos por ese entonces, hay una que los invito a recordar hoy, particularmente por su contenido político. Se trata de La Noche de los Lápices-, un texto fílmico que nos remite a la problemática político – social que vivió Argentina durante la dictadura cívico militar (1976 - 1983) comandada por Videla. Hoy todavía resuenan entre las conversaciones y anécdotas universitarias la voz meliflua de Charly García:

 

Intentamos imitarlo, mientras comentamos la forma en que la película de Héctor Olivera (1986), Pablito y sus amigos combaten el dolor de la represión y la angustia de la muerte inminente con las canciones de Sui Generis o conversando mientras están semidesnudos, aislados y con los ojos vendados. Con todo, estos recuerdos no son más sino la puerta de entrada al lugar del que les quiero hablar hoy.

Y no fue gracias a la película que supe de su existencia, más bien fue por la sugerencia de una compañera de estudio; una de esas paisas entradoras que le gusta compartir lo que conoce y quien se interesa por multiplicar entre sus cercano y conocidos cosas nuevas. Pues bien, salí muy temprano, con el morral al hombro; dentro de él un par de manzanas y una botella de agua. Parecen lugares comunes, pero en realidad se trataba de un tentempié mientras llegaba la hora del almuerzo. Dejé el apartamento y tomé un taxi, en medio de una mañana de verano, clima al que no logro adecuarme, puede ser por mi condición de cachaco.; en realidad me di cuenta que la temperatura estaba realmente alta, inclusive para los lugareños.

Llegué sobre las 10:30 a.m. al ESMA, ubicado en el histórico barrio de Núñez, a quince minutos del Monumental Antonio Vespucio Liberti, el estadio de River. La construcción comprende 17 hectáreas en las que se distribuyen edificios, parqueaderos, enfermería, taller de mecánica y por supuesto, el casino de oficiales. Un lugar rodeado por frondosos árboles y con amplias alamedas que entran en diálogo con los edificios de arquitectura moderna, grandes ventanales y fachadas fastuosas. Es un lugar atravesado por un aire caliente, del que nos podemos resguardar a lado de árboles cuyas cortezas tienen las cicatrices de una historia que pretendieron ocultar.

Cuando el visitante ingresa a las instalaciones lo primero que sorprende es la aparente paz del lugar, sumado a que los curadores se han preocupado por mantener intactas las señales y nombre de las calles, así como los diseños y colores de las fachadas. Todo lo anterior suena apropiado si se piensa en el papel de la conservación de monumentos, piezas de museo u obras de arte. Con todo, nos encontramos en las instalaciones en donde funcionó la Escuela de Mecánica de la Armada de Argentina, ESMA, lugar que se convirtió en el epicentro de los horrores y vejámenes durante los oscuro años de la dictadura, expresamente el temible y mal recordado casino de oficiales.

Y es que la impresión de desasosiego que nos golpea al ingresar es abrumadora, la fachada está rodeada por un gran muro de cristal en el que se ven ciento de fotografías en blanco y negro, “tipo documento”, de personas que no tienen nombre; parecen impávidos, algo así como la colección de negativos olvidados por algún mensajero o fotógrafo descuidado… La perilla de la puerta conserva la pintura de la época, desgastada por el uso y la industria. Después del hall, un sujeto muy amable me invita a ver un video antes de iniciar el recorrido. Son casi veinte minutos en los que se explican las condiciones en que se dio la dictadura y sus consecuencias; en inevitable pensar en mi casa, en mi país y en mis vecinos, mucho dolor y rabia contenidos.

 

El recorrido me lleva entonces al sótano del casino de oficiales. A este lugar eran conducidos los raptados para ser interrogados y torturados. Las paredes conservan los rastros del dolor y del maltrato, huellas que dejaron algunos de los que cayeron en manos de los súcubos que atizaban este círculo infernal. Menos de media hora en el lugar es suficiente para que la espalda se me llene de nudos, la energía en muy fuerte y el peso de la atmósfera produce mareo y nauseas. En una zona del sótano o sector cuatro, se conservan las celdas en las que se confinaban a los cautivos, al otro extremo el piso está todavía delineado por las que fueron en algún momento las divisiones o paredes falsas de las secciones de esta prisión de horrores. En la pared del fondo, otra vez, fotografías en blanco y negro, similares a las que aparecen en la entrada.

 

Se descubre entonces que son los rostros de quienes murieron en el lugar. Sus captores llevaban un organizado registro en el que se fotografiaba a cada uno de ellos recién ingresaban, así como antes y después de cada tortura. Rostros pálidos de seres a quienes les fueron desprendiendo el alma a girones; el cansancio y la zozobra son evidentes. De muchos de ellos no hay rastros hoy, salvo por el heroico acto del fotógrafo, Lisando Raúl Cobos, quien sacó muchos negativos de manera clandestina; elementos que se convirtieron en pieza clave para la denuncia y sanción a los culpables, en épocas posteriores a la dictadura. Después de una hora en el lugar es mejor salir a tomas aire...

Al salir del sótano se llega a un pequeño parqueadero que a su vez servía como helipuerto. Desde allí salieron, infinidad de veces, los vuelos de la muerte; el último de los viajes que realizaban los cautivos, para terminar, amarrados de pies y manos, con los ojos vendados, sedados, ¡Vivos! dentro de un saco en los que eran arrojados desde la altura al rio de La Plata.

Es un lugar con una carga histórica que procura dejar en el visitante una sensación de culpa compartida por complicidad y por omisión; pienso entonces en la exposición de Jesús Abad Colorado y recreo el estrés compartido en los dos recorridos. Dos realidades distantes, pero no distintas.

Después de subir por la escalera del edificio, al lado de los lujos que compartían los oficiales, se llega a La Capucha. Un altillo en el que se construyeron celdas y calabozos no mayores a un metro y medio, en las que confinaban a otros cautivos. Allí mismo se encontrarán los lugares en los que se seleccionaban las prendas y pertenencias de los detenidos – desaparecidos, un par de baños pequeños y dos salas de parto, en las que nacieron muchos niños que fueron separados de sus padres y entregados a familias del régimen “para limpiar a las nuevas generaciones del oprobioso socialismo”.

 

Y entonces la desolación vuelve a aparecer, hace mucho calor, me tomo un sorbo de agua y aspiro el aire enrarecido, así que me imagino a todas las personas que debieron pasar épocas de verano sofocante, metida cada una en su pequeña celda, con los músculos contraídos o entumecidos por la incomodidad de las posiciones que debían mantener, imagino la sed que debieron pasar, imagino el dolor y entonces siento que no debo beber agua, que cometo una injuria si lo hago. Entonces, cierro mi botella, la guardo, me seco el sudor de la frente y emprendo la huida. No es cobardía, son las inmensas ganas de llorar que me aprietan la garganta y que quieren salir como un torrente sin barreras.

 

Entonces vuelven a mi mente las imágenes de La Noche de los Lápices y me doy cuenta que la realidad superó mil por ciento la ficción en este caso. El ESMA es un lugar que ese debe conocer y visitar, no por morbo, sino para que no olvidemos, pues el problema de los desaparecidos y de la persecución se convirtió en parte del paisaje entre nosotros. Hemos naturalizado tanto el dolor que no nos tomamos un minuto para ponernos en los zapatos del otro. Nos hace falta tanta humanidad.

 

Salgo del lugar, hace calor, mucho, más calor del que comúnmente hace en un verano bonaerense. Camino entones por las callecitas aledañas al Casino de Oficiales y muerdo una manzana de las que había puesto en el morral. Está amarga… ese día no almorcé, preferí ir en búsqueda del Jardín Japonés para limpiar el alma.

Para las referencias de las imágenes:
Todas las fotografías fueron tomadas por este humilde servidor.


Los comentarios están cerrados.

Publicidad