La revelación de Chucurí: el oro del cacao en tiempos de angustia y persecución

 
 
 

Después de casi cuatro años de silencio abrumador, el subterráneo de la avenida Jiménez de nuevo abrió sus puertas a una sensacional temporada de monólogos. Y qué mejor manera de regresar del funesto letargo que esta obra, cuyos momentos nos hicieron recordar que San Vicente de Chucurí -tierra no solamente devastada por los signos de la tragedia que han permeado la historia de nuestro país, sino también condenada, durante muchos años, por el horror del anonimato- también es Colombia.
Con mucha vergüenza, tengo que reconocer que jamás había escuchado aquel nombre. Al principio creí que era una invención de Margarita (dramaturga de la obra), para justificar con magistral elocuencia, las atrocidades que se han vivido durante generaciones en el campo. .

 
 

Al igual que el pueblo Comala, ingeniado por Juan Rulfo como pretexto para cuestionar el horror vivido en los pueblos mexicanos; o la Santa María de Onetti, como un símbolo auténtico de perversión y silencio o, en el mejor de los casos; Macondo de García Márquez, en memoria del heroísmo y los secretos que una familia vivió en pleno terror de las bananeras; San Vicente de Chucurí no estaba exento de recrear, de la misma manera, tal vez a partir de la ficción, la miseria humana, la persecución y el olvido.
Pero bastó un momento, quizás el más oportuno, para comprender que los chucureños siempre han estado en nuestra geografía. No solamente fui partícipe de la angustia que una mujer tuvo que soportar para defender a muerte su tierra, sino la revelación de una costumbre, cuyo aire de melancolía única solo se puede vislumbrar en un pueblo místico e impregnado por la magia del cacao.

 
 

El infierno de María Evangelina


Mantenía su viejo radio en sintonía para enterarse de lo sucedido. Como siempre, mientras sembraba el oro del cacao con sus manos callosas, largas y flácidas, se entregaba a la paz que le ofrecía una tarde cualquiera de ardua jornada. Al igual que la modesta parcela; el radio diminuto y deteriorado por el tiempo era el mismo que su abuela, su madre y, seguramente, sus hijos conservarían, recelosos. Ese radio estaría por siempre en la memoria familiar.

 

Entre los bailes y arpegios de tiple que trascendían para amenizar el jolgorio, nunca faltaba la compañía incondicional del elixir de la región, pomposamente llamado cirrosis. Cada movimiento de esa danza recordaba un pasado, un presente y una posteridad únicas; afianzaba la identidad que solo el campo construye desde los profundos rincones de nuestro país. Lo que no sabíamos como espectadores o por lo menos, eso se aparentaba mientras disfrutábamos de aquella danza cautivadora, era que nos estábamos preparando para una confesión desgarradora.


 
 
 

No solo fueron las palabras cómplices, sino también el continuo grito que había sido silenciado por las armas y el peligro, y ahora estaba surgiendo de los albores del desamparo. No era posible que la tranquilidad de su abuela se viera truncada por la incomprensible estupidez de otros. De nada sirvieron las plegarias aceleradas, las persignaciones nerviosas, las oraciones entrecortadas por el espanto y la inesperada llegada de la muerte.
Total, la muerte de los años cincuenta había tocado a la puerta con el rugido estentóreo de las armas, sin conceder ni siquiera una oportunidad de escapatoria. La muerte, incoherente y abrupta, se había tomado los modestos y humildes cuartos de la casa donde hoy por hoy, en los instantes de soledad; María Evangelina no dejaba de contar, con un dolor oculto, las imágenes del horror como remedio para sobrellevar su desamparo..


Y como si eso no hubiera sido suficientemente terrorífico como para alimentar la memoria trágica; luego de otra carranga, a lo mejor para adentrarnos cada vez más al vasto mundo de San Vicente de Chucurí; la gran María Evangelina, acompañada por sus más leales vecinas, nos preparaba para otro momento de horror. La clave para aclamar el pasado sin necesidad de someterse a algún vínculo con la nostalgia, está en asumir una actitud de gallardía e insensibilidad. Pese a las lágrimas surgidas en su rostro famélico, ligeramente dibujado por las líneas del sufrimiento, nuestra heroína chucureña nos daba una lección asombrosa de valentía. Empezó a contarnos, a modo de homenaje un tanto gracioso, los ademanes y el léxico de su madre: Una mujer que al igual que ella tuvo que confrontar y superar las muertes pasadas.

 
 

De nuevo en la humilde casa se albergaba un aroma de extraña paz. Era el aliciente suficiente para no desfallecer en las arduas jornadas de trabajo en la tierra. Sin embargo, de nuevo la muerte, mucho más veterana e impasible, se presentó en una tarde de silenciosa armonía. De nuevo atravesó los conocidos pasillos y se ensañó con más furia para teñir de sangre cada rescoldo del humilde hogar. No bastó el sacrificio de los años cincuenta. La hambrienta parca, ahora con la cara de otra violencia, se había desquitado de la familia por presumir valentía y resistencia. María Evangelina se dio cuenta, no solamente por los chismes de la radio, sino por sus propios medios que, tanto en su familia como en todo San Vicente de Chucurí, había un derramamiento continuo de odio y muerte.

 

Lo que esconde el oro del cacao


Aparte de enseñarnos la magia que solo un pueblo ubicado en Santander puede reflejar, también nos dieron a probar un poco de cacao. Para nosotros fue grato que, sin perder la secuencia de la obra, los actores hubieran interactuado con el público. Si bien es cierto que en otras funciones, ese estilo se había experimentado, en esta ocasión fue excepcional.
Ese tipo de cercanía nos sirvió para reconocer con más fervor la tradición de un pueblo que no olvida su pasado. Por más que la muerte pretenda arrebatar cualquier vestigio de esperanza; los chucureños, definitivamente, nos dieron una lección de perseverancia y voluntad frente a las adversidades más atroces. Tuvimos la oportunidad de probar ese manjar blanco, y fue fascinante el sabor dulce que esconde aquel alimento tan pequeño. Con razón la familia de María Evangelina (ella misma y varios héroes de esa región) defendía con tesón su tierra.

 
 

El memorial de destierro y las fauces del odio coinciden, seguramente, con alguna parte de tu pasado. Las pequeñas lágrimas que se desprendieron de tus ojos mostraron la coincidencia con páginas que resguardan en tu memoria hechos similares. O tal vez, así como me lo confesaste cuando terminó la función fue por la conmoción de ver a una mujer luchando por su tierra. ¿Quién lo sabe?

Resultado del proyecto de grado de María Margarita Acevedo, la obra, originalmente llamada Trenzadas en el cacao, e interpretada por: José Pedrozo, Liliana Chacón, Karen Garavito y Margarita Acevedo, hizo su aparición en la temporada de monólogos, propuesto por la Universidad Distrital. Escrita por Margarita Acevedo, dirigida por Fernando Ospina y la asesoría regional de Oscar Jaimes y José Pedrozo, no solamente ha se han dado a conocer en Bogotá; estarán próximamente en Barrancabermeja, Carmen de Chucurí y Santander con el fin de recuperar la memoria histórica y la relevancia del papel de las mujeres. Después de cuatro años, el subterráneo de la Jiménez, templo del grupo ASAB, volvió a tomar un color único en aquel domingo de monólogos.


 
 
 

Las imágenes fueron cedidas por Caterine Alvarado.


Jefferson Echeverría Rodríguez.
Nacido en Bogotá, actualmente curso Licenciatura en Lingüística y Literatura en la Universidad La Gran Colombia. Influenciado por Chéjov, Iriarte, Onetti, entre otros, he visto la lectura y la escritura como un medio de aprendizaje constante para la formación de nuestras múltiples vidas. Correo: echeverria.jl89@gmail.com


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