Cada uno con su infierno

Poetas del Infierno I


Hay una singular cantidad de elementos que siempre me han causado asombro cuando retomo las líneas de Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud y espero de alguna forma poder ser lo suficientemente acertado para, por lo menos, lograr presentar una idea parecida al meollo que se construye en tanto que las líneas desprendidas de ese averno personal podrían ser segmentos de los trazos más perturbadores de J.H. Füssli, Otto Rapp o Alfred Kubin. Tanto para Paul Claudel como para tantos otros, ese místico en estado salvaje se convirtió en un soporte fundamental para transitar la senda del regreso a las lindes de la fe: las epifanías de un alma atormentada siempre serán la mejor forma de adherirse a una esperanza que pueda exonerar la pesadumbre de no haber cumplido con lo que debe ser, esencialmente, inherente al hombre: transitar la senda del bien.


 

Me ha nacido la razón. El mundo es bueno. Bendeciré la vida. Amaré a mis hermanos. Estas ya no son promesas infantiles. Ni la esperanza de escapar a la vejez y a la muerte. Dios hace mi fuerza, y yo alabo a Dios.


 

Para la mayoría de los seres humanos es importante encontrar un instante en el que las cargas de la vida se vean balanceadas; un instante en el que se pagan todas las deudas contraídas en el trasegar, la poesía, indudablemente, se convierte en ocasiones en esa quintaesencia a la que acude el poeta para despojarse de la pesada carga a sus espaldas. En occidente, normalmente estamos expuestos a ese aciago destino del que somos presa cuando no practicamos la bondad, la piedad y otras tantas cosas que son enseñadas desde las líneas de un catecismo. Desde este ángulo, es apenas normal considerar que tenemos toda la vida para congraciarnos con ese demiurgo que propicia la sinergia natural de lo que nos rodea; eso, por supuesto, incluye todo y a todos, e incluso nos lleva a vivir una responsabilidad histórica que no puede ser aceptada con ligereza. Como en un país con adversidades económicas, nacemos adeudando y no hay más opción que vivir tratando de saldar a cuotas diarias lo que sin siquiera pedirlo ya nos ha sido impuesto y, por ende, sin entenderlo, hemos asumido.


 
 

Heredo de mis antepasados galos los ojos azul blancos, el juicio estrecho, y la torpeza en la lucha. Considero mi vestimenta tan bárbara como la suya. Pero no engraso mis cabellos. Los galos fueron desolladores de bestias, los incendiarios de hierbas más ineptos de su tiempo. De ellos heredo la idolatría y el amor al sacrilegio; -¡oh! Todos los vicios, cólera, lujuria-, magnífica la lujuria; - y sobre todo la mentira y pereza.


 

Todo se debe a la alquimia del verbo


Dentro de la fascinación que ocasionan las imágenes emergentes de Una temporada en el infierno, necesariamente hay que hacer hincapié en la referencia obligada que ocasiona gran sorpresa al lector que se encuentra con una voz poética y autobiográfica que apenas abandona los reductos de la adolescencia. Sí, el poeta de Charleville contaba con 19 años cuando decidió abandonar la poesía: ¿las letras de un ser con tan escasa experiencia en el mundo - nos arriesgamos a preguntamos- podrían ser tan acertadas al retratar lo que muchos, a través de largas vidas, no han podido? ¿ Puede ser el elixir que destila su obra el norte de otros seres humanos e incluso de una generación posterior de poetas?


Para Rimbaud, la experimentación con la palabra no comprometía solamente la descripción sensorial de un universo, sino el desajuste mismo de los sentidos que permite encontrarse con la esencia de lo visible y, de una manera acaso temeraria- con la imagen de lo desconocido. Mientras que Blake hablaba de la “higiene” de las puertas de la percepción:


 

Si las puertas de la percepción se depurasen todo aparecería a los hombre como realmente es: infinito. Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna.


 

tenemos en Rimbaud una verdadera transgresión de la mística poética de forma atrevida, deliberada y, a todas luces, reveladora. Sus cartas del vidente lo revelan manifestando la naturaleza de lo que debe ser el nuevo ejercicio poético:


 

Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas si yo sabré expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos.


 
 

Para la mayoría de los seres humanos es importante encontrar un instante en el que las cargas de la vida se vean balanceadas; un instante en el que se pagan todas las deudas contraídas en el trasegar, la poesía, indudablemente, se convierte en ocasiones en esa quintaesencia a la que acude el poeta para despojarse de la pesada carga a sus espaldas. En occidente, normalmente estamos expuestos a ese aciago destino del que somos presa cuando no practicamos la bondad, la piedad y otras tantas cosas que son enseñadas desde las líneas de un catecismo. Desde este ángulo, es apenas normal considerar que tenemos toda la vida para congraciarnos con ese demiurgo que propicia la sinergia natural de lo que nos rodea; eso, por supuesto, incluye todo y a todos, e incluso nos lleva a vivir una responsabilidad histórica que no puede ser aceptada con ligereza. Como en un país con adversidades económicas, nacemos adeudando y no hay más opción que vivir tratando de saldar a cuotas diarias lo que sin siquiera pedirlo ya nos ha sido impuesto y, por ende, sin entenderlo, hemos asumido.


El joven poeta cultiva una vocación noble, la de vagabundo. Su acercamiento al mundo se ajusta a dos componentes fundamentales: su grandioso acervo intelectual y su ambición por recorrer cada rincón que le fuese permitido. La curiosidad inherente del niño que ya en la adolescencia lleva en sí el germen de la irreverencia y el desarraigo guía sus pasos y lo convence de su más fehaciente verdad. No malgastará su existencia en ningún otro oficio, aborrecerá el sentimiento de subordinación y condenará de forma insolente todo lo que considera organizado, institucionalizado o de alguna forma corporativo; dentro de ello se incluye la escena literaria a la que tuvo acceso en su época, que tuvo la oportunidad de criticar y denigrar con sus armas más representativas: la profanación, a través de la acción y la coprolalia**.


Una temporada en el infierno es la compilación de memorias en la que se narran todas las experiencias de un ser que ha llegado a experimentar los más desconocidos sentimientos y se ha acercado a todo aquello que los demás seres humanos han temido. El clamor de un hombre atrapado en su historia y en la historia de su raza hace de los versos un puñado de imágenes en las que se ven reflejadas todas la almas humanas, dentro de todas las vivencias se erige la flaqueza de una fe enfermiza y desfalleciente que hace de la experiencia un cúmulo de desaciertos.


 

¡La sangre pagana retorna! El Espíritu está próximo, ¡por qué no me ayuda Cristo confiriéndole a mi alma nobleza y libertad? ¡AY! ¡el Evangelio ha muerto! ¡el Evangelio! ¡el Evangelio.
Espero a Dios con verdadera gula. Soy de raza inferior por toda la eternidad.


 

El poeta es un alma divagante que se ofrece al mejor postor, con tal de recibir la unción que le ofrezca la certeza de una perfección y lo acerque a la divinidad. Dentro de sus convicciones más arraigadas está la denigración de su raza; una raza venida a menos, un conjunto de seres de existencia bruta y estéril, acaso incipiente, pero al mismo tiempo dañina.


Paradójicamente, dentro del mismo lamento nace la voz triste y abnegada de la conversión y, entre tanto, la desazón y el desconcierto que no nos permite encasillar de forma acertada al poeta. Cuando el hombre de la “Mala sangre” empieza a mostrar sus más íntimas dolencias:


 

-¡Ah! Me encuentro tan abandonado que ofrezco cualquier a divina imagen mis impulsos hacia la perfección…


 

Y nos enfrenta a verdaderas infamias contra su naturaleza, arroja todo al abismo de un plumazo y nos empieza a hablar en tono de súplica; su señalamiento se transforma en plegaria, inicialmente individual, para acaso incitar a que se le tome como un ruego universal, que colinda con el espíritu de lo recibido en la catequesis.


La Noche del infierno inicia con la ingesta de un veneno que hace retorcer al poeta, quien no por ello maldice el brebaje. ¿Cómo bendecir los insoportables dolores que ocasiona el líquido que inevitablemente conduce a la muerte? El moribundo invita a buscar nuestro propio infierno; para él, todo inició en el bautismo y sin embargo, clama por piedad a ese dios del que ha maldecido. Las añoranzas de la infancia y de una vida frugal y bucólica terminan siendo un bálsamo que alivia momentáneamente el sufrimiento; pero el infierno no es uno, quien cree en él vive en él; así que el poeta, a través del ejemplo, induce al entendimiento de su estado, cada sensación de desasosiego, de dolor, de intranquilidad o de tristeza es en realidad el mismo averno, estas sensaciones se juntan para formar, casi sinfónicamente una rapsodia infernal.


 

Debería tener mi infierno para la cólera, mi infierno para el orgullo, y el infierno de la caricia; un concierto de infiernos.


 

Nunca será posible apropiarse de la totalidad de imágenes que el poeta de Charleville ha impreso en el universo de su obra; pero, de algún modo, existe un artificio de acercamiento que podría ser de utilidad para, por lo menos, aproximarnos al orbe de matices que propone. Hay que descomponer los elementos que le dan unidad a la alquimia del verbo, hay que dejar que cada palabra llegue a nuestros sentidos con la fuerza de un narcótico o la dulzura de la absenta*** (tan apetecida por los poetas y artistas de la época). La palabra debe ser el elixir y el veneno, el resultado de una bebida destilada que ocasiona alucinaciones, la palabra debe perforar la conciencia como el más afilado puñal que hiere de muerte y después debemos dejarla que cure con la dulzura con la que en su regazo lo haría una nodriza; la palabra es el todo y la nada, el α y el Ω, el principio y el fin, la palabra, en suma, debe ser la fuerza con la que creamos dioses y la forma en que irremediablemente terminamos sometidos a ellos y así, condenados y redimidos, podremos ingresar a ese mundo fantasmagórico que nos regaló Rimbaud.


 

*El Anacoreta es un religioso que abandona la sociedad para llevar una vida solitaria, dedicándose a la ascesis, la oración y la contemplación. El anacoretismo, se caracteriza por el aislamiento, el trabajo para el sustento y la austeridad de la vida.
** Patrón conductual que lleva al individuo a usar continuamente lenguaje obsceno o vulgar.
*** La absenta llamada también el Diablo Verde, es una bebida alcohólica con sabor a anís pero gusto amargo al final debido a que se obtiene de la combinación de distintas hierbas entre ellas la Artemisia absinthium. Al agregarle agua y azúcar obtiene un color lechozo. Se popularizó en Francia a finales del siglo XIX debido a la cantidad de escritores que la bebían buscando un estado de elevación poética debido a sus propiedades, quienes la ingerian llegaban incluso a experimentar estados alucinatorios. Su producción fue prohibida en 1915.


Imágenes tomadas de:
http://4.bp.blogspot.com/-vdW4ndUFES0/VEWGeXM5n4I/AAAAAAAACHs/hVXybVhQhj0/s1600/Arthur%2BRimbaud.jpg
http://deseosazulados.blogspot.com/2011/02/demonio-derrotado.html
http://www.cocinayvino.com/mundo-gourmet/especiales/leyenda-absenta-licor-hada-verde/
https://shewalkssoftly.com/2015/09/29/otto-rapp/



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