EL VODEVIL DE LAS MERETRICES OLVIDADAS EN UN CABARET

No siempre en un burdel se suele hablar de los pasados, menos cuando no hay posibilidad de salvación para remediar aquello que, constantemente, nos suele condenar a la culpa. Por lo general, allí, en esa cloaca del mundo, se torna una justificación creíble aquello que oculta la cara de ese demonio llamado frustración, máximo cómplice de la miseria humana.

Tampoco está permitido manifestar una prueba de debilidad, sobre todo cuando de los amoríos ilusorios solo queda el rezago mínimo e innecesario que se resguarda en la memoria. Y cada vez que el orgullo se desvanece, es un paso inevitable a la humillación, al ruego constante, al impulso por arrastrarse en el arrepentimiento. Es imposible hallar algún remedo de sensibilidad. En esas cuatro paredes se ahuyenta por completo cualquier vestigio de bondad (y si la hay, es por el cumplimiento sensato y profesional al deber que les ha encomendado esa extraña existencia).

La vida es un pretexto ofrecido por las circunstancias, la supervivencia es el único recurso; lo que importa es lo que se haga con el cuerpo. Al carajo el alma; el deseo queda reducido a un mínimo cáliz de vino que se ofrece como aperitivo para celebrar el triunfo del pago. El arte deja de ser un mito; lamentablemente se desvirtúa la idea de la inspiración, el deseo de la renovación del alma, son las fauces de la lujuria vulgar, la perversión común, lo que convierte todo en un trabajo simple, en una obligación diaria de satisfacción limitada.

De esta manera, el siguiente no es un homenaje para radicalizar la figura de un cura insurrecto -ni más faltaba-; tampoco es un recurso literario para dogmatizar una ideología política; ni mucho menos una declaración para que, ustedes como lectores, modifiquen su concepción de igualdad, democracia y justicia con la imagen de este personaje: Camilo Torres. Mi intención solamente procura que busquemos en esta crónica su figura: un ejemplo de inconformismo y constancia ante las múltiples instituciones que, la mayoría de veces, suelen castrar nuestras percepciones e iniciativas de cambio, aunque parezca uno mínimo.

No importa que haya una Susana en el mundo capaz de amar sufridamente a un tal Fierro; que el matrimonio de la Hortensia hubiera culminado en un delirio de doce años así hoy sea tan solo añicos configurados por la gloria del ayer; que la ropa de Pamela las consuma el hollín y la miseria del tiempo, así como ha sido su vida, desordenada e incierta, o, por el contrario, que la vanidad, conjugada con la nobleza de una Perla torpemente ensimismada en su laberinto de emociones, en sus secretos conmovedores, hubieran sido la razón necesaria para sobrellevar el desgano.

 

Todo debe ser parte del espectáculo. No importa si el conflicto del corazón está invadiendo los nervios. Hay que mirarse al espejo, dibujar con o sin delicadeza el carmín de los labios, ensayar todo lo que sea necesario en las pistas de baile. No puede haber ningún error. Por eso hasta el ajuste de las medias que marcan el volumen de las piernas, el aroma a deseo alcanzable, debe parecer consecuente con el aroma de la sed insaciable de aquellos que se alquilan para disimular el cariño en manos ajenas y desconocidas. Tras el telón, el público de clientes voraces que está entregado al fervor de sus deseos reprimidos, a su posible incapacidad sexual o a su delirante pacto con el destierro y la soledad, no puede saber las diatribas que se presentan a diario tras los telones.

Por más que la tragedia penetre en los orinales y que el aliento de la muerte se filtre por el aroma seductor del perfume barato (de cualquier cabaret común de la Tasca setentera), “el show debe continuar”; así sentencia siempre la imponente Hortensia. Cuando se sale al escenario como verdadera meretriz cada una se debe a su público. No importa qué tan destruida se esté, el bullicio debe alertar las venas, los chiflidos deben convertirse en una razón para inflar esa sensación inexplicable que se percibe en el pecho. Cuando suena la canción, así el pianista sea el cachondo de Ferro, la adrenalina y el fervor deben complementarse con el compás de una danza escurridiza.

 

Por algo el café San Moritz (lugar cuya gloria de generaciones anteriores ahora es un fantasma engreído que se ha ensañado en sus ruinas) cuenta con las mejores bailarinas y cantantes para el deleite de los borrachines libidinosos que frecuentan el lugar. Las luces multicolores deben iluminar con precisión sus rostros palidecidos por el cansancio, el deterioro de sus vidas no puede vislumbrarse, para eso sus vestidos orlados de un brillo enceguecedor, aparte de definirle perfectamente sus curvas, muestran un deleite visual a los clientes, a esa comunidad insaciable.

Poco o nada debe importar la revelación divina de Susana producto del desamor, el odio y las frustraciones que minuto a minuto las ha llevado a la locura, a cometer actos de deshonra que no dejan de parecer pataletas emocionales. Una verdadera meretriz seguidora de la música de María Ronchita Alonso, Daniela Romo o Yuri, no tiene permitido meterse en asuntos abstractos del alma, de la moral, de lo espiritual. Para eso están las señoritas recatadas y de distinguida estirpe que les atañen esas responsabilidades. En cambio ellas, por orden de la patrona, de las huestes sobrenaturales del azar impasible y las veleidades de los lujuriosos diletantes que invierten su esfuerzo en los atributos, los mismos que la misma desgracia les ha brindado como un castigo a su mediocridad, están en la obligación moral de apabullar la dignidad común por asumir obligatoriamente otro código de honor, mucho más arriesgado y vertiginoso pero, al mismo tiempo, con mayor posibilidad para alcanzar la gloria que se adquiere todas las noches al son de los aplausos, los silbidos, los cumplidos vulgares y las caricias inesperadas.

Con la dirección de Javier Mauricio Forero, la actuación de Ángel Bohórques, German Oviedo, Rubén López, Sergio Devia y Oscar Mejía, el grupo Desexamble teatro cabaret está exhibiendo su obra llamada Tasca de señoritas en el Teatro García Márquez.

Crédito de las fotos:
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