Lo “poguiao” no me lo quita nadie: 3 performance en el primer Rock al Parque

Lo “poguiao” no me lo quita nadie: 3 performance en el primer Rock al Parque

 
 
 
 

En una bolsa en una caja en una bodega en Bogotá, está mi cuaderno en el que escribía algunos relatos por allá por 1995. En ese cuaderno de tapa blanda azul recogí los cinco autógrafos de los integrantes de Fobia una vez terminada la primera jornada de Rock al Parque. Fue un viernes 26 de mayo y la noche estaba a punto de entrar.



Ese día se selló mi historia como estudiante de la Universidad Nacional. Para entonces venía haciendo una pésima carrera como estudiante de Contaduría. Llevaba cinco semestres perdiendo materias o pasándolas con notas bajísimas. Durante mucho tiempo me había metido en la cabeza que era malo para las matemáticas, pero insistí hasta la nausea. Tanto, que en el primer semestre de 1995 inscribí por cuarta vez Matemáticas II. Yo sabía que no se podía ver una materia por cuarta vez, pero con el ánimo de pasarme de listo, la inscribí y como nadie dijo nada pues iba a las clases.

 
 
 
 

Gracias a eso fui uno de los primeros en llegar al parque Simón Bolívar ese viernes 26 de mayo. Y fue así porque ese día tenía una cita con el vicedecano académico de la Facultad de Ciencias Económicas. Así que a las 9:00 am llegué a su oficina y después del saludo todo pasó muy rápido:
- ¿Inscribió matemáticas II por cuarta vez?
- Sí profesor.
- ¡Pero usted sabe que eso no se puede muchacho!
- Ay profesor, no sabía – Mentí.
- Pida reintegro para el próximo semestre o piense si realmente esto es lo suyo…

 

Diez minutos después, LectEr, terminó la cita. Me encontré con algunos amigos y les conté que estaba fuera de la universidad. Lo lamentamos un rato, lloré y luego me despedí. No tenía yo todavía el discernimiento para ver que me estaba ocurriendo una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Po eso caminé triste las calles que llevan de la Universidad Nacional hasta el Simón Bolívar: 30 minutos quizá.

 
 
 
 
 
 

Con los amigos del barrio ya habíamos decidido asistir a Rock al Parque. No recuerdo la hora que habíamos acordado, pero sé que llegué mucho antes. Éramos quizá unas veinte personas en el público, y en tarima todavía se veían algunas personas haciendo los últimos ajustes: pruebas de sonido de los micrófonos, pruebas de instrumentos, de cables… ¿Recuerdas cómo era entonces LectEr? No había celular, pero aun así nos encontrábamos: “veámonos en las gradas de la derecha” o “llegue al frente como pueda” o “hágase detrás de la consola de sonido”. A algún sitio de estos fueron llegando los amigos y así fue llegando más público.

 

Lo que ocurría en ese tiempo era un performance interesante (recuerda lo que dice Buttler sobre el despliegue escénico que la sociedad nos enseña y que nos lleva a comportarnos así o asá). Como íbamos a un concierto de rock, pues había que asumir una actitud rockera: ropa raída, o ropa negra, o el abrigo de cuero antiguo de la abuela que había quedado por cosas en un armario de la casa, o la ropa "más loca" que no nos pondríamos en otro lugar. Eso hacía parte de ir al concierto: vestirse para la ocasión. Te vas de smoking LectEr a una boda o te pones el traje para la entrevista; te pones ropa ligera cuando vas a “tierra caliente” o te abrigas si vas al páramo. Entonces Rock al Parque para muchas personas era el momento de mostrarse rockero, era la oportunidad para lucir irreverente, era el evento preciso para ser “a cabalidad” lo que realmente querías ser pero solo podías interpretarlo a veces, era el momento para sentirte de otra manera sin que fueras de fondo un insolente.

Un presentador salió por fin al escenario con micrófono en mano y después de varios agradecimientos dio la bienvenida al Primer Festival Rock al Parque de la historia. No sé si en ese momento alguien pensó que 24 años más tarde el festival tendría la magnitud que tiene hoy y que sería considerado uno de los mejores espectáculos gratuitos de rock en América Latina. Entonces vino Vértigo, Danny Dodge, Why Six, Mr. Crowley, La Corte, Leit Motiv, 1280 Almas y Fobia.

 

A pesar de los 24 años de historia, hay cosas que no cambian. ¿Has visto LectEr que en la plazoleta del escenario principal de Rock al Parque se forma un tumulto de muchachos que nada temerosas se meten al pogo? Pues en ese 1995, ese viernes 26 de mayo, la tarde de ese día, yo participé del pogo a pesar de mis gafas. Tenía el pelo largo casi hasta los hombros con un semiafro de mi otrora cabello rizado. Y sí, poguiamos con los amigos y con decenas de desconocidos a los que nos gustaba practicar ese baile. De modo que éste es otro performance importante que nos permitía el rock. Con certeza hicimos parte del tumulto en alguno de los temas de Mr. Crowley, o de La Corte o 1280 Almas. Si estábamos sentados, abandonamos las gradas para llegar a la mitad de la plaza y brincar, darnos codazos, puntapiés y empellones. El olor del sudor de la muchachada no resultaba un hedor aunque lo fuera. La energía fluía por el cuerpo y cantando nos dábamos de trastes con esa dulce violencia de quien quiere disfrutar la música. El truco, claro, era no dejarte caer: si pasaba LectEr, te pisaban o te pateaban y eso, te aseguro, no era tan agradable. Pero a veces pasaba y a pesar de las gafas, te levantabas y magullada y dolorido seguías en el baile, en el movimiento, en el consumo de energía, en la excreción del fluido que tu piel expelía para refrescar el cuerpo. Hoy por supuesto ya no me meto al pogo, pero me parece fascinante que siga ocurriendo; si no pasa de moda, es porque nunca lo fue: es entonces un componente esencial de conciertos de rock con estas características. Lo disfrutamos entonces y lo disfrutan hoy también quienes participan en él: lo comenzaron los jóvenes ingleses en los conciertos de punk, pero lo acogimos en muchos lugares del mundo magullados de la dicha.

Una a una pasaron las bandas ese viernes. El primer día de Rock al Parque estaba por llegar a su fin, y nos sentimos increíblemente felices cuando anunciaron a Fobia. Meses antes un compañero de la Nacional me había grabado en un cassette varias canciones de esta banda: una mezcla de Fobia y Mundo Feliz, su primer y segundo trabajo, y dos o tres de Leche. Mis amigos enloquecieron cuando les di a escuchar este grupo. Nos gustó tanto que “repiratiamos” el cassette para cada uno. Así que estábamos listos para el cierre de ese primer día del festival. Estábamos dispuestos a cantar todas las canciones que nos sabíamos y lo hicimos: orgullosos y engreídos gritamos a todo pulmón.

 
 
 

Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que cuando los músicos subieron al escenario lucían un uniforme curioso. Yo no había visto eso antes. Las bandas bogotanas que me gustaban jamás se ponían en tanta cosa. Por eso experimenté algo de desconcierto cuando los Fobia salieron con sus trajes brillantes azul petróleo de pantalón bota campana y un logo rojo con una F en el pecho. Ya sabes LectEr, no fue desilusión, sólo cierta desorientación y perplejidad por algo que en ese momento me resultaba extraño. Pero allí teníamos a cuatro mexicanos que empezaron a tocar y a moverse por el escenario. Me gustaría recordar con qué canción comenzaron, pero no lo logro. Lo cierto es que faltaba algo: luego de un par de minutos, salió el quinto miembro de la banda con todo y su maravillosa apostura física: Leonardo de Lozanne cuan alto es. Y he ahí LectEr el tercer performance: los miembros de una banda de rock uniformados, haciendo gala de su estilo “alternativo” para el público bogotano.

 
 
 
 
 
 

Muchas veces habrás escuchado que suele hablarse de la “escena musical” y es que lo que pasa sobre el escenario es sin duda un despliegue histriónico que va más allá de la música. En ocasiones, el éxito de un cantante está sin duda en su voz, pero el espectáculo escénico que hace en tarima termina por cautivar al público. Lo que suele haber allí es una sensualidad que nos atrae: los artistas suelen poseer un encanto que fascina a los espectadores y que nos hace no sólo querer escuchar su música si no también verlos en vivo. No estoy diciendo que el resto de bandas de ese día no lo tuvieran; pero para nosotros ese primer día de Rock al Parque, ver a Fobia era estar frente a una banda que nos gustaba tanto que siempre llevábamos nuestro cassette a todas partes y nos dábamos mañana de ponerlo en todas las fiestas a que nos invitaban o en las que nos colábamos. Luego nos fuimos detrás de la tarima y allí vimos a los cinco mexicanos; ellos se acercaron a nosotros cuando gritamos sus nombres y fue en eso cuando me firmaron el cuaderno. Si hubiera habido celular, seguro tendríamos selfies.

 

Así viví el primer día de Rock al Parque; así lo vivimos con los amigos; así lo vivimos algunas centenas de amantes del rock que creímos en la propuesta y aprovechábamos cualquier evento gratuito de nuestras bandas preferidas. También estuvimos temprano el sábado y el domingo. No tuve dinero para ir el lunes a la Plaza de Toros (quizá la única vez que se cobró la entrada), de modo que no participé en el cierre. Mis padre no me dieron dinero, mucho menos después de que la noche del viernes 26 de mayo, después de mi regocijo por una fiesta de rock de tal magnitud, tuve que contarle a mi padre que ya no sería contador, que me habían sacado de la Universidad Nacional, que no sería rico. La furia le duro algunos meses, luego se le pasó; pero yo, 24 años después del primer Rock al Parque, todavía conservo los recuerdos, los autógrafos de Fobia y una hoja con la programación de ese festival. Como dice el dicho popular: “lo pogiao no me lo quita nadie”.


 

Las imágenes fueron tomadas sin fines comerciales de:
Señal memoria: https://www.youtube.com/watch?v=84DTd4OBC9Y
Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=PFwUJIMUx3o
Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Rock_al_Parque_1995#/media/Archivo:Andrea_Echeverry.jpg
https://www.rockalparque.gov.co/1995



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