De fábulas, ratas y delirios.

Serie de literatura distópica: segunda parte.

Al leer la última frase ─«hasta la vista, a los otros, como dice el otro»─, no tuve más alternativa que aceptar la existencia de una pronunciada aunque hasta ahora encubierta querencia literaria, una que, sin saberlo, ha signado mi devenir como lector: el placer por los libros protagonizadas por animales parlantes. Primero fueron Napoleón y Bola de nieve, los cerdos agitadores de Rebelión en la granja; después vino Popota, el endemoniado gato de El maestro y Margarita; y en los últimos días quien ha sabido hacerse a un lugar en el Olimpo de mi biblioteca, ha sido Gouri, el roedor cronista de La ciudad de las ratas (Ed. El cuenco de plata, 2009).

Este último libro, el cuarto dentro del decálogo de ficción que tiene Copi, es una novela corta, epistolar y fabulada, una que, contrario a las de Esopo, La Fontaine, Samaniego y demás fabulistas con las que crecimos las generaciones pre-Nickelodeon, se me antojó inmoral, psicótica, obscena, violenta, imprevisible, transgresora, alucinada, censurable, impía, pedófila, abrupta, iconoclasta, despiadada, apocalíptica, hereje, pornográfica, irreal, festiva, rabiosa, ilegal, excremental y delirante. En una palabra: ¡fabulosa!

 
 
 
 
 
 

Lo es por su trama absurda e inédita: la cotidianidad de una sociedad monárquica de ratas callejeras parisinas que, siempre desde su punto de vista y ataviados con sombreros de copa hechos de corchos y vestidos de gala hechos con papel higiénico cagado, describen la compleja relación que tienen con los humanos y los acontecimientos ocurridos durante un reivindicativo fin del mundo: «Ustedes, pobres Ratas, fueron designadas por mi, Diablo de las Ratas, para fundar una Ciudad de Ratas donde los hombres de buena voluntad encontrarán su lugar al lado de las Ratas».

También lo es por su prosa sencilla, cruda y a la vez filosófica, brillantemente disfrazada de falso naif pero destinada a cimbrar los pilares de nuestra hegemónica sociedad: «El Dios de los Hombres bajó los ojos, humillado. “No podemos esperar nada de él”, exclamó la Reina de las Ratas. “No está ahí su utilidad ─dijo la Serpiente Primer Ministro manifestándose por primera vez─, pero ahora podemos saber”. “¿Saber qué?”, preguntó la Reina de las Ratas. “Saber que no podemos esperar nada de él”, respondió con mucha razón la Serpiente».

 

Pero la verdadera genialidad del libro, la singularidad vital que explica la apabullante fascinación que experimenté desde el mismísimo capítulo de Advertencia ─una suerte de ante-prefacio que marca el ritmo de toda la obra─, fue la honestidad y compromiso narrativo del autor con la historia: Copi no solo decide contarla desde la primera persona de las ratas, dándoles voz propia a tan singulares animalejos sin quitarles un ápice de repulsión y vagabundería, sino que además, sagazmente, imagina el escenario que haría posible tan inverosímil suceso, uno en el que nosotros, las personas, podemos leer lo que escriben ellas, las ratas; al fin y al cabo estas, como todos sabemos, no hablan español ni francés sino, precisamente, «lengua de rata». Así las cosas, la única forma en que el libro podría existir, la única manera en que podríamos saber lo que pensaron, vieron y experimentaron los roedores, es si uno de ellos ─Gouri─ decide escribirle a algún humano ─Copi─ unas cartas contando sus memorias, y si este último, además, entiende ambos idiomas y se da a la tareas de traducir la correspondencia, aún con el riesgo de que algunos significados se pierdan en tan engorroso ejercicio: «porque las ratas ven al revés de los humanos y, cuando aprenden a trasponer su pensamiento en literatura (lo que es más corriente de lo que pensamos), dan vuelta la frase entera y el desciframiento no es siempre sencillo».

 
 
 

Y eso precisamente es lo que se debe esperar al leer La ciudad de las ratas: un libro escrito por una de ellas del que el gran escritor franco-argentino es tan solo su traductor, y uno más bien mediocre, debo añadir.
Aunque es claro porque disfruté tanto esta novela, en mi cabeza aún ronda la incógnita de las razones de ese descomunal goce por las obras en la que los animales parlantes son los protagonistas. ¿Será acaso una nostálgica forma de mantenerme en contacto con las inocentes fábulas que tanto impactaron mi niñez? ¿O por el contrario será una subrepticia manera de alejarme de estas leyéndolas desde las retorcidas mentes de sus autores? ¿Qué fue lo que motivó a Orwell, Bulgákov y Copi a darle voz a los animales? ¿Qué tienen en común Napoleón, Bola de nieve, Popota y Gouri? ¿Por qué diablos resultan siendo más creíbles las distopías literarias cuando son las bestias quienes reemplazan a los humanos? Aún no tengo las respuestas, pero quizás tenga que ver con el hecho, astutamente notado por la Reina de las Ratas, de que aunque los hombres no somos la única especie fallida de la creación, si que somos el yerro más estridente; tanto que quizás no estemos preparados para asumirlo en voz alta y aún necesitemos de cerdos, gatos y ratas que lo digan por nosotros.

 

Sobre el autor:

Juan Felipe Cardona

Soy un lector, es decir que elijo libros en vez de amontonarlos. Soy un escritor, porque encuentro en ese acto la mejor manera posible de vivir. Soy un hedonista, lo que significa que tengo muchos pecados pero ninguna culpa. El resto de mi biografía no importa: son simples anécdotas.

 

 

Las imágenes de esta crónica fueron obtenidas de las siguientes páginas web, sin ningún tipo de fin comercial:
PORTADA: https://www.elperiodico.com/es/barcelona/20180828/desde-flautista-hamelin-hasta-banksy-ratas-siempre-parte-imaginario-produccion-cultural-7007175
Imagen 1: https://www.abc.es/cultura/arte/abci-pompidou-protegera-grafiti-banksy-edificio-201806271412_noticia.html
Imagen 2: https://culturainquieta.com/es/arte/street-art/item/12876-blek-le-rat-la-gran-influencia-de-banksy-y-padre-del-stencil.html
Imagen 3:http://alarteporamor.blogspot.com/2011/12/graffiti-estarcido.html
Imagen 4: https://inrockslibros.wordpress.com/2010/03/13/copi-la-ciudad-de-las-ratas/



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