Guadalupe años sin cuenta: la agonía de un país desgarrado por la violencia

Guadalupe años sin cuenta: la agonía de un país desgarrado por la violencia

Entre las calles estrechas del Centro Histórico de Bogotá, se erige una casa de arquitectura colonial con paramento colorido, techo en teja de barro y balcones elaborados en madera. Allí, alrededor de un patio central amplio, se interpreta la agonía de un país desgarrado por la violencia. Una noche fría y lluviosa, me encaminé hacia el Teatro de La Candelaria para llegar al encuentro acordado con Julián, un ilustrador que, tras haber sido reclutado por el Ejército Nacional, encontró la expiación a través del arte y la reparación de las víctimas del conflicto armado en nuestro país. Ambos entramos a la casa con el corazón dispuesto a conmoverse, pero sin conocimiento alguno sobre la obra de la que seríamos espectadores atentos: Guadalupe años sin cuenta.

Aquella noche presencié el asesinato de Guadalupe Salcedo Unda, comandante de uno de los grupos guerrilleros liberales que operaron en los Llanos Orientales desde 1949 hasta 1953. Julián y yo entramos a la sala, de repente, las sirenas de las patrullas me aturdieron y luego, justo al lado de mi oído izquierdo, la voz de un hombre se alzó entre la multitud ordenando al desmovilizado salir con las manos en alto. ¿Qué sucedió? Sobre mi cabeza, y la de todos los presentes, salieron disparadas las balas al ritmo de la marcha militar que acabarían con la paz en Colombia.

GUADALUPE 4

Durante la violenta persecución contra el liberalismo gaitanista por la policía del gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez, surgieron las guerrillas liberales. Ante mis ojos, desfilaban al menos seis hombres con sombrero de paja, franela, pantalón tuco y cotizas; sin duda, eran auténticos llaneros. Todos habían sido capturados, acusados de rebeldes y pronto verían el umbral de la muerte. Las tierras ganaderas se teñían de sangre tan roja como las convicciones políticas de quienes las trabajaban con esmero y la guadaña era empuñada con orgullo por el sargento Velandia.

GUADALUPE 3

Nunca había presenciado un encuentro tan memorable como el de Jerónimo y el soldado Robledo, ambos de humilde origen tolimense y con ansias de subsistir. Jerónimo había llegado a los Llanos para trabajar como jornalero de don Floro, un ganadero con poder territorial que lideraba el bloque de la guerrilla liberal en el departamento. Por otro lado, el soldado Robledo se había enlistado en el Ejército y aspiraba a los altos rangos, ―Julián sostenía mi mano con firmeza cada vez que rezumbaban las canciones que solía entonar junto a sus compañeros en el campo de entrenamiento y que dedicaba a la virgen, a su madre y a su novia―. En el mapa estratégico que se mostraba durante la rueda de prensa a los periodistas que provenían de diversas partes del mundo, ambos hombres fueron despojados de su humanidad y figuraban como chinchetas que representaban bandos contrarios. Luego, Jerónimo y el soldado Robledo serían arrojados a su propia suerte.

GUADALUPE 2

Corresponsales de Francia, Italia, Estados Unidos, Argentina y Brasil se encontraban expectantes ante la confirmación del destino ineludible de la patria colombiana: un golpe de estado militar. A pesar de la negativa del gobierno, desde las clases altas bogotanas se orquestaba, al son de las canciones llaneras, un plan para destituir al actual presidente. A lo largo de quince cuadros, un cuarteto ejecutaba composiciones que trataban sobre los hechos y los personajes de la obra. Un espacio de un par de minutos para diversificar el entretenimiento y, por supuesto, incitar la reflexión.

¿Qué clase de acto presencié?, me pregunté. Los acontecimientos versaban sobre la Historia de Colombia alrededor de los años cincuenta. Fui espectadora de lo que ya había leído en libros ―como Los ejércitos de Evelio Rosero o Desterrados de Alfredo Molano―, visto en la televisión o escuchado en la emisora que sintoniza mi madre cada mañana mientras prepara el desayuno; sin embargo, la experiencia había sido distinta. El Teatro de La Candelaria había sido fundado en 1966 por Santiago García, junto a un grupo de artistas e intelectuales de la Universidad Nacional, con el propósito de propiciar un teatro capaz de investigar y expresar de manera revolucionaria los conflictos del país y, de este modo, influir en su proceso histórico. Ignoro el alcance de la influencia que ha tenido el Teatro, pero soy consciente del impacto que tuvo en mí como sujeto histórico y de las inquietudes que me suscitó: ¿Cómo viven aquellas personas que cada día están frente al cañón y qué fantasmas persiguen a quienes están tras él? ¿Qué país da lugar a una lucha entre hermanos? ¿Qué información nos venden los medios de comunicación? Y ¿Qué espectros de la violencia, en realidad, se llegan a conocer en Bogotá como para afirmar que en Colombia no se ha vivido una guerra? Los cerros no son los únicos límites que separan a Bogotá del resto del país, la indiferencia es una barrera aun más grande por superar; a veces, la cruda violencia de nuestro conflicto está sentada junto a ti y te toma de la mano.

Imágenes usadas sin fines comerciales obtenidas de:
https://www.kioskoteatral.com/guadalupe-anos-sin-cuenta/


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