Lo que el diablo nos enseña

Poetas del infierno II

 

En el momento en el que no nos neguemos la posibilidad de ver más allá de lo que nuestras limitantes narices nos permitan ver, hallaremos un punto en el que el firmamento y la tierra se unan; y al lograrlo, también uniremos lo que está antes y después de estas representaciones físicas que por siglos nos han sido implantadas como verdades.
Lo anterior y lo posterior al firmamento y a la tierra son el cielo y el infierno. A todos, debería llegarnos un momento en el que la piel no nos limite, para poder experimentar lo inmenso de lo sublime, para acaparar lo esencial de lo bello, para perdernos en la verdadera experiencia de la disolución en la voluntad de lo natural, de lo telúrico, de lo cósmico

 
 
 

El cielo y el infierno son el paradigma que William Blake utiliza como cimiento de una obra en la que la ruptura y la desobediencia, entran a formar parte de una lógica secular, donde los valores históricos son revertidos y la experiencia humana, netamente humana, sin tintes de misticismos religiosos; abarca las dimensiones más sensibles de la existencia. En El matrimonio del cielo y el infierno de Blake, confluyen los más íntimos pensamientos del ser que se entrega a la sabiduría ancestral y se encamina a la plenitud de un existir liberador, estático, pero al mismo tiempo desafiante y osado. Al entrar en los dominios de este oximorón alucinante, escucho los ecos que todavía generan miedo en el rebaño de aferrados defensores del orden hierático, la esencia de este matrimonio es la invitación a una ruptura que confiere poder absoluto a la humanidad, ingreso en el claroscuro vedado por siglos y siglos, abrazo las bondades de la energía creadora.


Por sobre todo, el poeta se encamina a señalar de forma lacónica la aplastante represión que la empresa histórica de la religión y la fe occidental ha ejercido sobre los verdaderos artífices de la perfección: los seres humanos. El espíritu circundante en la obra de Blake emana de la sabiduría inherente al hombre que de ninguna manera se asemeja al arquetipo sumiso edificado, a través del tiempo, por generaciones de predicadores que enseñan el temor y la obediencia como quintaesencia de la integridad y; por otro lado, la libertad y la experiencia hedonista como óbice en la búsqueda de la perfección. La manumisión, para Blake, erige el verdadero espíritu de la condición que nos ha sido arrebatada, a través de la ortodoxia religiosa mediada por la exégesis de un cúmulo de textos; asumir estos versos es el más dulce y bizarro atentado contra las cadenas que anquilosan la autonomía, vértice imprescindible de la existencia.

El matrimonio del cielo y el infierno refleja el poder que el poeta atribuye a la fuerza de la energía vital que se funde en dos dimensiones: la espiritual y la física. Esta fuerza es solo entendible al alejarnos de la impronta maniquea que nos heredó ese neoplatonismo hegemónico que tomó forma en el medioevo y se fortificó, a través de la protección y paternalismo instaurado por la dinastía Carolingia en donde Benedicto y Escolástica fueron baluartes para lo que posteriormente llegaría a convertirse en un dogma enceguecedor y limitante. Para Blake el mundo siempre ha sido como debe ser y como siempre será: perfecto. El progreso solamente es alcanzado a través de un alineamiento de la percepción en la medida en que esta aprehenda los contrarios y los convierta en complementos, no en opuestos. Desde tal óptica solo podemos ver con borrosa perspectiva, la certeza que las creencias orientales y las amerindias primigenias proporcionaban a sus devotos; no hay bien ni mal absoluto, cada parte de la creación debe ser una perfecta simbiosis entre estas dos fuerzas. Los versos del poeta ofrecen un esclarecimiento si se quiere epifánico, nos revela la forma en que en el tiempo nuestra esencia y la de la creación han sido anulados; nos libera de las preconcepciones empobrecedoras y restrictivas a las que hemos rendido culto.

 

Blake deja hablar al demonio con su propia voz, y este no parece ser ese personaje perverso quien otrora condujera a la pareja bíblica a la perdición; por el contrario, el demonio menciona verdades que el dogma judeocristiano se ha encargado de ocultar:

Todas las Biblias o códigos sagrados han sido la causa de los Errores siguientes:
1. Que el Hombre posee dos principios reales de existencia: un Cuerpo y un Alma.
2. Que la Energía, llamada Mal, sólo nace del Cuerpo y que la Razón, llamada Bien, sólo nace del Alma.
3. Que Dios atormentará al Hombre en la Eternidad por seguir sus Energías.
Más los Contrarios siguientes son Verdaderos:
1. El Hombre no tiene un Cuerpo distinto de su Alma; pues lo que llamamos Cuerpo es una porción de Alma discernida por los cinco Sentidos, las puertas principales del Alma en esta era.
2. La Energía es la única vida y nace del Cuerpo; y la Razón es el límite o circunferencia periférica de la Energía.
3. Energía, Eterno Deleite

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El cuerpo, entonces, contrario al dogma neoplatónico, es una extensión del alma; y si esto compromete no solamente al cuerpo sino también al entorno y la realidad, mediados por la percepción, estamos al frente de un hallazgo revelador: William Blake se anticipa a una de las ideas de la fenomenología que Merleau-Ponty presenta en pleno siglo XX. Nos queda entonces la idea de una consciencia no escindida, compuesta por la sensación de indefensión, que fue separada por mucho tiempo para mantener el temor, y que otorgaba omnipotencia a una entidad de la que sólo se recibían señalamientos y juicios.

Desde este punto, ya que me adentré en el campo de la filosofía, no puedo pasar por alto una señal que me ha rondado la cabeza desde que tuve mis primeros contactos con la obra de este poeta: ¿El más nietzscheano de los poetas nació cien años antes que Nietzsche? o ¿El más blakeano de los filósofos nació cien años después que Blake?

 
 
 

Si bien la revolución poética de William Blake instituye un ataque frontal a las leyes morales y a la expropiación de la voluntad, por medio de la imposición de código; la propuesta de la voluntad de poder del filósofo alemán se enfoca en un objetivo paralelo, denunciar cómo la sumisión de la tradición occidental hace que el hombre se sustraiga de su condición de soberanía bajo el manto de las promesas y bondades que recibirá cuando deje este mundo; este ofrecimiento simplemente lo aleja de la realidad y de sí mismo. Es apenas evidente el mensaje que se entrelaza en las revelaciones de ambos, tanto el poeta como el filósofo aciertan en señalar cómo el único componente vinculante del hombre con el mundo, el cuerpo, es degradado a la categoría de herramienta del mal. ¿Qué habría pensado Diógenes de Sinope, el hedonista y cínico para quien el cuerpo era el templo sensorial y el mundo el escenario del placer? Quienes gustamos de la obra de Blake y disfrutamos las revelaciones de Nietzsche percibimos los fenómenos sin el manto que conduce a la obcecación.

 
 

Existe un doble sentido en la idea de infierno para Blake, en tanto se pueda asemejar con la dinámica del sufrimiento de la tradición judeocristiana: el infierno de la pobreza mental y el infierno de un sistema de imposición de valores. Sin embargo, no es este el que se encarga de describir cuando hilvana los Proverbios del infierno. Por el contrario, estos proverbios son particularmente una invitación a la liberación, si se quiere dionisiaca, del orden establecido que amputa las libertades humanas, un falso orden apolíneo. Es entonces reconocible el esfuerzo del vate por esbozar la equivalencia, o mejor, la igualdad entre Dios y el Hombre, de la que nunca debimos haber sido privados.


Es de suma importancia, reconocer el esfuerzo de los Proverbios del infierno por controvertir y ofrecer una dinámica que boicotea la tradición occidental, y una vez más volvemos al filósofo: transvalorar los valores. La sabiduría conseguida a partir de la senda torcida, el deseo como eje de poder humano y no como gestor de dolor o condena; edificar sobre las ruinas de un pasado coartador y aborrecible y, sobre todo, vivir las experiencia al límite; adentrarnos en el exceso para poder alcanzar la sapiencia; me refiero al exceso del ejercicio sensorial desde el cual las cosas aparecen como son: infinitas; y esto se logra cuando las puertas de la percepción se limpien, es decir, cuando desaparezca el yugo al que nos ha sometido la tradición y la imposición de normas. Y no, esto no lo extraje del segmento de la película de Coppola en donde Jim Morrison y Ray Manzarek están decidiendo el nombre de su banda: The Doors; porque es sabido este aparte abarca una relación total e influye casi de manera absoluta su ethos, y aunque Manzarek pensara que la acotación se refería al libro de Huxley, quien también entra en este aparente batiburrillo, debo mencionar que me encuentro con un sinnúmero de componentes en común que bien valdrían la pena tener en cuenta para alongar esta crónica, pero creo que esa será otra historia…






 


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