Frente a frente con el poeta

Poetas del infierno: final

 

No le fue necesario ir tan lejos. En cada esquina que recorrió, ignoró por mucho tiempo lo que se escondía, hasta que un buen día la certeza de la poesía le concedió las bondades del asombro y las profundidades de una nueva belleza, la que se esconde bajo el manto de la ordinariez y lo cotidiano. Volvía su mirada hacia atrás y se dibujaba en cada recuerdo una afluencia de desaciertos, su niñez minada de sentimientos incomprensibles, bordeando la desesperación, colindando acaso con la locura. Una herencia que jamás había pedido y que no pudo rechazar, porque simplemente era inherente a su naturaleza humana. El dolor que tantas veces lo había asediado volvió a incorporarse en su interior como ese visitante que no es bienvenido, que es insufrible, pero que finalmente se debe dejar entrar porque es más fuerte y el daño que infringe es más familiar que la incertidumbre que la ausencia de pesadumbre otorga. Es más noble vivir una vida de dolor que redima culpas y faltas, que ni siquiera es posible precisar si fueron merecidas o cometidas, y la forma más digna de seguir adelante es aceptar el malestar y hacer de este un aliado, para que el ensombrecimiento del alma no parezca ser vano.

 

Aprecia la belleza de la poesía, una poesía que aboga por el enaltecimiento de lo oscuro, de lo terrible y lo grotesco; esta se convierte en una compañera necesaria para sobrellevar la carga de esa existencia plagada de asedios anclados en un devenir insulso; el hombre común no entiende estas cosas, no alcanza a dimensionar la verdadera naturaleza de la divinidad que se desprende del adefesio; el desnudo ojo del incipiente humano es incapaz de ver más allá de un puñado de oraciones que proclaman lo escabroso como un acontecimiento genial, lo apoteósico de lo transgresor es un bocado que deleita a pocos y por ese mismo hecho, los separa de la horda de insensibilidad que caracteriza al pusilánime insulso. Él se sabe superior, magnánimo, titánico; pero vive apocado y acorralado por el mundo; un desacomodamiento constante lo acecha, es víctima del señalamiento que lo hace trastabillar y termina por no imponer la naturaleza divina de su estirpe. La maledicencia y la adoración a aquello vetado por siglos de pacatería, se convirtió en el lenitivo que lo mantiene en pie, en espera del próximo enfrentamiento, siempre está allí el anhelo de un momento de gloria, el enaltecimiento de una contienda perenne en la que se libra la razón de ser, la redención del atormentado.

 
 

Abre Las flores del mal y no puede menos que asombrarse. El primer poema escrito solo para él, una revelación que solo puede ser posible cuando un alma gemela sabía que sus palabras trascenderían en el tiempo, hasta llegar al verdadero destinatario para quien fueron escritas; tantos años aguardaron esos versos que ahora llegaban en un instante de absoluta urgencia, Baudelaire le escribía al lector, a la naturaleza de ese semejante que, como frente a un espejo, facilitaba la liberación de todas las desolaciones.
El poeta le habla al oído, le hace sentir que los tiempos se encargan de esconder la verdad para convertirla en un dogma maldito, nunca antes las palabras fueron tan reveladoras, se avecinaban versos preñados de imágenes espeluznantes que a fuerza del dolor y la iluminación tomaron forma, se convirtieron en el credo de tantos más a quienes las líneas describían y de forma amorosa recibían en la calidez de un verdadero festín de significados, la interpretación es siempre una extensión del ser mismo que se conjura con los versos para convertirse en una sola imagen.

 

El gran regalo de las líneas de este poeta es la certeza de ser concebidas para que se funden en la existencia de aquellos que las necesitan; es la apuesta de ser poesía en sí misma y valerse dentro de sus propias posibilidades simbólicas, es la audacia del arte por el arte.
Como letanías venidas de un reino escondido por la avezada práctica de una tradición pútrida, nuestro lector sucumbe al eco encantador de versos que otrora rompieron los paradigmas de la creación poética y ahora son un elixir constante que hace renacer la vida y la belleza donde alguna vez se dijo que solo existía blasfemia e imprecación:


La necedad, el error, el pecado, la tacañería,
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos,
Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas
.

 

No le es necesario mirar más lejos para encontrar esencia de la naturaleza humana, los versos del poeta son una consecución de verdades que se van arraigando en su memoria como imágenes traumáticas, que son las más duraderas y perturbadoras, pero que al final son la unidad de la certeza que nos ha sido ocultada desde tiempos inmemoriales.

 
Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este sabio químico.

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.
 
 
 

Qué otra cosa podría pensar de sí mismo si no es saberse la semilla de los frutos de una heredad conferida por siglos de negación de lo que es obvio, y humanamente tácito, sabemos quién reina nuestras decisiones de tal forma que la primera parte de esta dedicatoria es confirmada vehementemente. Somos proclives a la maldad porque es simplemente la forma en que siempre hemos sobrevivido, ojos abiertos, oídos atentos, nuestro lector se encuentra a gusto con cada revelación, presiente que la albergaba, un componente contenido en su existencia fortalecido cuando es vivido en comunión.



Cual un libertino pobre que besa y muerde
El seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos, al pasar, un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas.
 

Su placer se ha expandido de forma inescrupulosa; un hedonismo errado y mediocre que pone los sentimientos en un lugar olvidado para entregarse a artimañas insignificantes, placeres momentáneos, efímeros insustanciales. Un apiñamiento de gusanos que viven en su interior le indican la forma inconsciente en que sigue actuando, el malestar es continuo pero lo llena de soberbia porque ese cáliz mantiene altiva la sensación de querer seguir adelante; una marcha que no reconcilia, por el contrario, señala, juzga y lacera de forma constante, la lección no ha sido aprendida, el marasmo de lo negado sigue vigente y el tormento del verso es la fuerza que conmina a continuar.



Si , el tósigo, el estupro, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.



Es invitado a hacer del arrojo el lazarillo de su existencia, un alma valiente, arriesgada y poderosa es la de aquel que acepta su esencia y la muestra ante el mundo con la valentía del que sabe que su cruzada podrá ser infructuosa pero traerá consecuencias provenientes del dolor y la transgresión; es así como la culpa se desvanece y como se encaminará a enfrentar el ostracismo al que ha sido obligado. Es el momento de asumir de forma visceral lo poluto para poder aspirar a la elevación.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes
En la jaula infame de nuestros vicios,

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo se tragaría el mundo:
¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces, lector, este monstruo delicado,
—Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!


Y finalmente, para hacer transparente la enseñanza, nuestro lector se encuentra con una revelación final: el tedio es el mayor de los males humanos, ese mismo que para Blake convierte en maldito al hombre porque no obra; el que empuja aRimbaud al fuego que nace del coro de muchos infiernos juntos, ese mismo del que otros tantos han hecho eco para enaltecer el drama del hombre: Dante, Poe, Villon, Ciorán…

Un poeta que invita a tomarlo de la mano para transitar las sendas de la oscuridad en donde lo tenebroso y lo monstruoso se dilucidan como la más excelsa refinación de lo bello. Nuestro lector acepta este bautizo sin reparos, como advenedizo, tiene todo por aprender; de la muerte y la putrefacción se generan formas encantadoras de vida, del pecado y la corrupción del alma se puede llegar a aprender la verdad oculta y la esencia de la simbiosis de los elementos del mundo. Y lo más grandioso: ¡el símbolo! Gracias a su poder puede por fin darle una connotación verdadera a cada estrofa, a cada verso, a cada palabra; este hermano y semejante que es tan hipócrita como él, como nosotros, entrega su corazón y del mismo modo espera que a través del tiempo se perpetúe su legado como la nueva esperanza que reivindica a los seres sufrientes. Las flores del mal es el umbral a la aceptación del equilibrio que vetado siempre se le ha endilgado a Satán, cuando en realidad él es el artífice de una belleza inimaginable.


 

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