Lo que leían quienes murieron.

 
* En homenaje a los líderes y lideresas sociales, defensores y defensoras de derechos humanos asesinados en Colombia, en especial a las familias que compartieron conmigo sus historias literarias.


 

Especial Días Temáticos por los Derechos Humanos

 

Iniciamos nuestro tercer especial del año dedicado al arte y los derechos humanos, Especial DTDerechosHumanos en diálogo con el
Festival de Cine por los Derechos Humanos

Una serie semanal de crónicas sobre todas nuestras artes y su relación con los derechos humanos, además de recomendaciones especiales del Festival de Cine, sus invitados, películas, talleres y otras actividades. Esta semana reiteramos nuestro compromiso y convencimiento por la fuerza del arte como transformador social, su capacidad de creación, la necesidad de crear paz, reconciliación y apoyar a nuestros líderes sociales y culturales en Colombia. ¡Bienvenidos a apoyarlo y disfrutarlo!

1.


El libro quedó desparramado en la trocha, lomo arriba y con las hojas convertidas en un anárquico origami. El marcapáginas nunca apareció, pero las gotas de sangre señalaban la página exacta en la que fijaba sus ojos cuando se tragó los cinco tiros que lo mataron: era la 38. Lo recuerda porque es igual al calibre del arma del sicario. Aunque buscó, no pudo hallar en esos ensangrentados párrafos una frase notable que le diera sentido al desolador pero presagiado asesinato de su padre; una oración, cláusula o enunciado que por lo menos sirviera de literario panegírico. Nada. Era una de esas páginas argumentativamente muertas, llenas de descripciones tediosas que rara vez determinan el devenir de los personajes: el desvencijado color de una pared, el sonido de unos tacones al caminar por el piso de madera o el sabor del alquitrán de un cigarrillo a medio fumar. Eso fue lo que más la mortificó: saber que su padre murió leyendo, así no más, sin misticismo ni significado, en medio de un aburrido capítulo. Ese fue el último libro que J. empezó a leer y el único que dejó a medias porque le tocó y no porque quiso. Ella no ha sido capaz de botarlo pero tampoco de leerlo; por lo menos no esa copia arrugada y ensangrentada que le tocó como herencia macabra. Él era defensor de derechos humanos en el bajo Cauca antioqueño. A él le gustaba la literatura del boom latinoamericano. Él leía “Conversación en la catedral”, de Vargas Llosa, el día que lo mataron.

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¿Qué pasa con los libros cuando sus dueños mueren? De un viejo dramaturgo azerbaiyano aprendí que estos se van junto con ellos, es decir, que los libros también mueren. Siguen existiendo, desde luego, pero ya no son los mismos y esa también es una forma de fallecer. Al llegar a las manos del nuevo lector, al ser acomodados en una biblioteca diferente a aquella en la que pasaron los últimos veinte o treinta años, al rodearse de desconocidos vecinos de repisa con los que aún no tienen la confianza para discutir cuando todos duermen, los libros se vuelven otros. No podría ser diferente: ellos moldean la existencia de sus lectores y estos últimos, en contraprestación, los descifran y desglosan, cada uno desde su propia sustantividad, convirtiéndolos en objetos únicos, incluso con alma. Muerto el uno, se lleva el espíritu del otro, dejando atrás una serie de páginas, párrafos y letras prestos a ser resignificados, a ser resucitados.

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2.
Envuelto en papel madera, sellado con abundante cinta pegante y marcado con monocromáticos sellos postales que delataban el origen estatal de la encomienda: así llegó aquel paquete al pueblo. Si el bibliotecario se sorprendió, no fue por la solemnidad del embalaje. Al fin y al cabo, aunque se trataba de un pueblo mayoritariamente campesino y analfabeta, no era la primera vez que él recibía un libro desde la capital, uno solicitado en préstamo por alguno de sus vecinos. Su aturdimiento se debió, exclusivamente, al nombre del destinatario: Doña L.C. Normalmente, esperaría a que ella bajara al pueblo para entregarle su pedido, quizás aprovechando la misa de 7:00; el día de mercado o una de las muchas diligencias burocráticas que la anciana estaría obligaba a hacer. Pero este día no tenía nada de normal, no para ella en todo caso: Doña L.C había sido asesinada hacía dos semanas, posiblemente por orden de los mismos que un año antes desaparecieron a su esposo, que dos años atrás mataron a sus dos hijos, y que antes de eso obligaron a su familia a malvender las parcelas y huir. Ella era la última de los suyos, no había nadie más, nadie a quien entregarle el libro. Pensó en negarse a recibirlo: una simple frase aclarando que la señora “se había ido” ─eficaz eufemismo frente al que no se harían más preguntas─ bastaría para deshacerse de él. Nada quería más que eso: ya de por sí los muchachos lo veían sospechoso por ser el único gran lector en un pueblo en el que los libros eran peligrosos; como para ahora terminar encartado con la última pertenencia de una muerta, ¡de una ejecutada!

 

No fue capaz. La simple idea de despreciar la encomienda hizo que sus rodillas amenazaran con dejar de cumplir con su natural cometido. A ella ─recordó─, nadie la acompañó en sus correrías río abajo en busca de los cuerpos de sus seres queridos. Nadie la esperó en su casa, al llegar con los pies ampollados, después de peregrinar por todo el sistema burocrático en su búsqueda inútil por algo de justicia. Nadie la lloró al ser sepultada en una tumba sin nombre. Y ahora, ¿nadie recogería el libro que con tanta ilusión la vieja había encargado?

El bibliotecario firmó el recibido, guardó el paquete entre su mochila, esperó con paciencia el fin de la jornada laboral, y; amparado en las tinieblas en las que se sumen los pueblos pobres una vez se oculta el sol; caminó sigilosamente hasta el cementerio. Una vez allí, destapó con ceremonioso cuidado el envoltorio, se persignó, echó un par de avemarías, se tomó el último cuncho de aguardiente que guardaba en su macuto y, con la mísera luz de la linternita que colgaba en su llavero, leyó el libro en voz alta frente a la tumba anónima. Ella era defensora de derechos humanos en el sur de Córdoba. Ella disfrutaba de la poesía. Ella quería leer “Lo que no tiene nombre” de Piedad Bonnett, antes de ser asesinada.

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¿Qué pasa con los libros cuando sus dueños son asesinados? De un viejo periodista argentino aprendí que, así como las vidas de los lectores están hechas de libros ─es decir, de otras vidas─, las bibliotecas son organismos vivos en constante expansión que sobreviven a sus dueños y usuarios. No habría, entonces, mayor justicia poética y literaria que el hecho de que nosotros nos pudramos mientras nuestros libros permanecen enteros. Esa es cierta forma de inmortalidad: una en la que los libros que leemos nos sobreviven y nosotros trascendemos gracias a ellos.

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3.

Estaba en el cajón de la mesa de noche, guardado entre la carpeta de los diplomas, registros de nacimiento, títulos de propiedad y algunos dibujos hechos por sus hijos cuando aún eran pequeños. Lo había escondido, de eso no cabía duda; pero no como quien oculta un secreto pecaminoso, sino con el miramiento de quien resguarda lo que considera realmente preciado. El libro sólo fue encontrado por su esposo once años después de su desaparición y seis meses luego de que el Estado hallara y devolviera el cuerpo, o lo que quedaba de este. Antes, no se atrevió a mover ninguna de sus pertenencias, no fuera que la no-muerta, la siempreviva, apareciera.

 

El hallazgo lo tomó por sorpresa. Aparte del cúmulo de expedientes judiciales con los que siempre cargaba de arriba para abajo, o de los periódicos que le notificaban si alguno de sus defendidos había sido asesinado o si alguno de sus verdugos había sido nombrado en cargo de poder, nunca había visto que N. leyera, no por placer, no por ocio. Sin embargo, allí estaba el libro, lleno de anotaciones al margen con su inconfundible letra curva, fluida y homogénea, evidencia irrefutable de que el libro no solo le pertenecía sino que, por las últimas semanas, quizás meses, había sido leído y disfrutado profundamente. El marcapáginas permitía deducir tres cosas: que el libro lo consiguió en México durante el año que duró su autoexilio, que este fue un regalo que le hizo un tipo que no tenía reparo en firmar “con amor”, y que a ella solo le hizo falta el último capítulo para terminarlo; lo que probablemente hubiera hecho, a escondidas, de no haber sido secuestrada, torturada, desaparecida y asesinada.
Hallar el libro fue como volver a hablar con ella, y eso lo destrozó, tanto como haberla perdido por primera vez. Que guardara un secreto ─o dos─, no le importaba tanto; sino que este objeto literario le recordó lo poco que la conocía y el fracaso que fue como esposo, como amigo y como compañero: un libro ─ese libro─ era todo lo que ella necesitaba para escapar por un breve momento de ese infierno en el que se había tornado su existencia; pero a él no se le ocurrió regalárselo, tuvo que hacerlo otro. Se odió por eso. La seguía amando. Ella era defensora de derechos humanos en el norte del Cauca. A ella le gustaba la literatura fantástica. Ella estaba leyendo “El barón de Munchausen”, de Rudolf Erich Raspe, el día que desapareció.

 
 
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No son solo unas frías estadísticas, aunque tampoco son solo víctimas, héroes o heroínas. Son, además, lectores y lectoras, que no es poco. Preguntarnos por lo que leen los defensores y defensoras de derechos humanos, o por lo que leían justo cuando algún miserable decidió acabar con sus vidas, es devolverles parte de esa humanidad cotidiana que les ha sido negada; bien por la fuerza de las circunstancias o por el atrevimiento de sus verdugos devenidos en némesis. Leían, y al hacerlo quizás se inspiraban para continuar su labor. Leían, y a mi me gusta pensar que al hacerlo se quitaban ese pesado equipaje que se han echado encima. Leían y dejaron libros sin leer, y es una pena porque con ellos pudieron haber llenado el vacío que les dejó la guerra. Leían y cada palabra se apoderaba de un gran trozo de sus almas, cada página se tragaba sus entrañas… Pero las balas resultaron mucho más efectivas haciendo eso: mataron la vida, mataron el tiempo, mataron las páginas y mataron las palabras. Y sin embargo, ahí están sus libros y cada vez se publican más.


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**Tres historias he contado en esta crónica y tres historias son las que cuenta Raúl Camilo en su ópera prima, "Lo que siento por ti", película que hace parte de la selección oficial del 6to Festival Internacional de Cine por los Derechos Humanos. ¡Invito a verla!
https://cineporlosderechoshumanos.co/largometraje-ficcion/
Toda la información y programación del Festival de Cine por los Derechos Humanos encuéntrela en:

https://cineporlosderechoshumanos.co
 

Sobre el autor:

Juan Felipe Cardona

Soy un lector, es decir que elijo libros en vez de amontonarlos. Soy un escritor, porque encuentro en ese acto la mejor manera posible de vivir. Soy un hedonista, lo que significa que tengo muchos pecados pero ninguna culpa. El resto de mi biografía no importa: son simples anécdotas.


 


Las imágenes de esta crónica fueron obtenidas de las siguientes páginas web, sin ningún tipo de fin comercial:
PORTADA: Jaume Plensa, Según orden de aparición:
Imagen 1:Mural para la campaña #NotACrime sobre la crisis de derechos humanos en Irán. Sydney (Australia). Autor: Camo.
Imagen 2: Libro después de un ataque terrorista en Jerusalem. Reuters.
Imagen 3: Holland House, Kensington, London. Foto del interior de una librería bombardeada en la II Guerra Mundial. Corbis
Imagen 4: http://entrelasartes.org/asociacion/arte-en-la-escuela/para-revista/beatriz-gonz%C3%A1lez-pintora



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