En la costa, donde la Casa Grande todavía sigue ensangrentada

Don Álvaro Cepeda Samudio:
Después de todo, aunque a la distinguidísima senadora se le antojó negar una vez, sin inmutarse, ni mostrar siquiera algún reparo de vergüenza; que esa masacre no era más que otro invento de la rancia organización criminal -la misma que se ha alimentado durante años por sus propios intereses para así resarcir su sed de gloria y poder-, muchos preferimos la versión suya de los hechos. Porque a pesar de que de ficción esté vertida, esta, su obra, no deja de pertenecer a ese margen contundente y fláccido entre la veracidad y la sustancia histórica que lo justifica.

Por ejemplo, la idea de establecer un diálogo entre dos soldados hambrientos, sin el convencimiento pleno de querer estar en esa situación, enfrentándose constantemente a la inclemente lluvia, con el uniforme ensopado y las botas lanzando ese crujido tímido e incómodo que solo se provoca cuando se ha caminado durante largas jornadas por el pantano; sirvió para que años después la ilustre Patricia Ariza (directora del teatro La Candelaria, cuya trayectoria ha sido de gran aporte en obras tales como 2006, El viento y la ceniza, Guadalupe Años Sin Cuenta) tomara la decisión de recrear, al detalle, el momento en que esos dos monaguillos del arte de la guerra, fueran cómplices de múltiples atropellos que mancharon su modesta reputación. Y qué mejor decisión para enfrentar esa peligrosa hazaña que incluir en el elenco a dos mujeres talentosas para que personificaran a tales desharrapados: hombres de la fuerza pública en su obra La Casa Grande.

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Había que presenciar también la cobardía que a leguas perfilaban los supuestos soldados, adoctrinados continuamente por un discurso de valentía, dignificada muchas veces por la sangre y el horror; los cuales eran la razón de peso para teñir de rojo toda la región Atlántica, para comprender de una vez por todas que el suceso no estaba tan distante de una masacre fija. Pero dejemos de ser tan sátiros con los pobres peones de la magna organización llamada United Fruit Company, por lo menos había uno que sí parecía tener agallas.

A lo mejor usted habría ido a esta función con su eterno compinche y alumno de toda la vida; Gabo. No cabría duda que, ante el terror por simbolizar semejante masacre (así parezca una auténtica fantasía del estilo más patente y reputado del universo cabaliano), y entre risitas escapadas de vez en cuando por la sutil perversión de reconocer a uno de los soldados cuando pretendía perseguir a la dama que se hallaba en una casa, espantada por el terror de las balas y los anuncios de muerte; también se habrían condolido al descubrir la noticia que había llegado en el turno de vigilancia de aquellos hombres. Luego de escuchar el sonido lejano y furioso de las torrenciales balas, seguido de gritos de dolor y anuncios hirientes, la aparición gradual, hecha por aquel narrador consumado, con el característico estilo de la frialdad noticiosa, mostraba un aspecto tranquilo, cuya expresión metódica y voz metálica auguraban la realización de las masacres más terribles, fabricadas por los más incoherentes narradores de la rancia estirpe criminal.

No en vano, su obra que, si bien para muchos célebres dirigentes es una aberración a la inteligencia democrática y un nefasto cuestionamiento sobre sus multitudinarias y acertadas decisiones que tanto han contribuido al fortalecimiento de ese país inventado por ellos mismos, aún es una obra que pone en tela de juicio revelaciones un tanto incómodas, pero necesarias de rescatar.

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Si usted hubiera tenido la oportunidad de asistir a esa representación y, si la muerte no hubiera acudido a su existencia en ese fatídico octubre en Nueva York, seguramente sentiría un hálito de satisfacción al darse cuenta que por lo menos existe una generación todavía interesada por algunos eventos del pasado, y en esta obra se hace énfasis en ello, pues la secuencia de sucesos no solo estuvo centrada en los diálogos, también en la ambientación de los hechos, que resultaron tan reales como trágicos.

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Me imagino que usted recuerda también a uno de ellos, sí, a ese que empezó a mascullar el tabaco extraído de su guerrera caqui, seguramente entibiada por el reciente sopor de la noche. No sé, al principio lo noté algo convencido. Su silencio perturbador mostraba un aire de repudio por su condición, tal vez como si quisiera renegar por ese presente que le había tocado asumir. Pero, ¡qué va! ¡Pura entelequia! Su determinación se veía constantemente postergada porque, a pesar de su inconformismo y de enfrentar la verdadera cara del dolor; principalmente por la gente de su región, estaba en juego la palabra, ese máximo juramento que le había hecho a la patria como soldado. Por esa razón, era una obligación más que definitiva, la de nunca contrariar a los altos mandos, ante todo: “obedecer era una costumbre”.

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Porque si muchos no supimos cómo disimular la consternación y la rabia (así ese evento no hubiera existido en las páginas de la historia de nuestros egregios patricios de la democracia), y eso que solamente hemos sido testigos indirectos de esa tragedia inventada, no entiendo cómo pudieron haberlo asimilado ustedes que tuvieron la oportunidad de vivirlo en carne viva. Me imagino el asombro que los cómplices amigos habrían mostrado; se habrían contenido de lanzarse algunas miradas de rabia, evitarían a toda costa murmurar hasta finalizada la función. Seguramente usted, al transitar por los alrededores de los palacios ilustres, con la espontaneidad que tanto lo ha caracterizado, se olvidaría definitivamente de los amenazantes reproches de los dueños de esta Casa Grande llamada Colombia, y su voz, quizás extendiéndose con el mismo calibre de los sonidos de ultratumba, lanzaría, sin sonrojarse, un determinante ¡hijueputas! que restallaría en los burocratizados oídos de aquellos célebres doctores; los ilustres dogmáticos que aún siguen negando ese evento tan real y tan grotesco, como lo fue la mal llamada masacre de las bananeras.

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Escrita y dirigida por la gran Patricia Ariza, el grupo Tramaluna nuevamente hace su aparición con la fantástica obra Los Soldados. Recopila uno de los hechos más trascendentales que ha marcado la historia de Colombia, basada en la magistral obra de Álvaro Cepeda Samudio: La Casa Grande. Durante el Festival Mujeres en escena por la paz, a partir del 6 de agosto, esta obra hará su aparición en el teatro estudio La Quinta Porra.

Imágenes tomadas sin fines comerciales de:
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https://www.contagioradio.com/teatro-soldados-bananeras/


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